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Historias - 16 enero, 2023

Fabio López, el acordeonero de todos los festivales – parte 1

“Una vez llegó un señor por ahí, como mandado de Dios, vendiendo un acordeoncito de dos teclados que traía en un saco de algodón…”, relata Fabio López.

“Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’, de Leandro Díaz”: Fabio López. FOTO: ALEXANDER GUTIÉRREZ.
“Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’, de Leandro Díaz”: Fabio López. FOTO: ALEXANDER GUTIÉRREZ.
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El sol de enero es abrasador en San Diego. Rescoldos de brisas decembrinas aún se dejan sentir. Algunos vecinos del pueblo ven pasar las horas del domingo sentados en la terraza de sus viviendas, al abrigo de árboles de mango y de higuito. Otros, hacen cualquier cosa. Barrer el frente, tomarse unos tragos o reparar en el foráneo. Un poblador del barrio Arabia apura los tragos de una garrafa de cerveza mientras escucha canciones de Diomedes Díaz. Tiene fama de bebedor empedernido, según se aprecia. 

A través del equipo de sonido, se siguen una decena de canciones de Diomedes, entre ellas, La Juntera. Fabio López –el acordeonero de todos los festivales–, también habitante del barrio Arabia, ha salido a una diligencia, pero no demora en llegar a casa. 

Ay, las sabanas de La Junta/ Testigo de mi sufrir/ Ay, las sabanas de La Junta/ Testigo de mi sufrir/ Ellas le pueden decir/ Lo mucho que usted me gusta/ Ellas le pueden decir/ Lo mucho que usted me gusta.

–Buenos días, ¿cómo está? –saluda Fabio López desde la terraza de su cuchitril. Yo había pensado que hiciéramos esta entrevista aquí –dice al visitante, ya dentro de su pequeño domicilio, que sirve a la vez de cuarto y sala de recepción, ¡pero oiga esa bulla del vecino! 

–¿No hay patio? – Inquiere el visitante.

–Sí, pero aquí no – dice, señalando la casa contigua que es de su propiedad y tiene en arriendo. Vamos a la otra casa –repone. Creo que allá hay menos interferencia. 

En la cuadra inmediatamente anterior –o posterior, según se esté ubicado– vive Nellys Doria, con quien Fabio tuvo a sus dos hijas, Liliana y Fabiola López. Allí está la tienda de víveres que juntos impulsaron y hoy es administrada por Liliana. Desde la sombra brindada por la techumbre de la tienda, Nellys ve venir a Fabio y al visitante.

–¿Qué van a hacer? –pregunta Nellys con un asomo de curiosidad. 

–Una entrevista –responde el visitante.

–¿Sabe una cosa? –continúa Nellys. Fabio le ha entregado casi toda su vida al folclor vallenato y aún no ha recibido ningún reconocimiento. 

Fabio, natural de San Diego, es de mirar sosegado, pómulos y ceño marcado y cabello entrecano. Camina con calma y paciencia, así como aprendió a tocar el acordeón cuando era un muchacho de tan solo 16 años, sin instructor y desafiando los pronósticos desalentadores de varios coterráneos. Nellys, oriunda de Montería, es de fácil palabra y trato comedido. En su piel y en uno de sus ojos, parecen estar las huellas de algún padecimiento sobre el cual el visitante prefiere reservarse las preguntas. 

Una vez dentro de la casa, en un pequeño patio donde hay flores trinitarias, Nellys y Fabio cuentan a dos voces su historia de vida en San Diego.

“Hace más de 30 años que pudimos obtener estos lotes y empezamos a construir. Antes de eso, deambulábamos por casi la mitad del pueblo alquilando casas. Vivimos en un cuarto de barro, en el que de noche quedábamos apretujados. Eran casas en las que había tres y cuatro familias. Después, hicimos dos casas, una en la que vive Nellys y otra, en la que vivo yo. Ella ha venido trabajando y sacando su casa adelante”.

–¿Qué actividad comercial tenían en el pueblo? –Pregunta el visitante.

–Mi comienzo –dice Nellys– fue trabajando en casa de familia

–Y el mío, en la música, dice Fabio.

Nellys, de 68 años, llegó a San Diego a la edad de 18 “buscando nuevos horizontes”, según relata Fabio. Cuando se conocieron, él ya digitaba muy bien el acordeón y se ganaba sus centavos en parrandas locales. Nellys tenía dos hijos. Se ayudaron mutuamente. Forjaron la casa y la tienda. Ella consiguió trabajar como madre comunitaria por espacio de 15 años. “La historia es larga”, asegura Nellys, pero ahí están. Hoy por hoy, no comparten vínculo sentimental, pero mantienen la amistad. Inclusive, Nellys atiende a Fabio con la comida.

–Lo que él quiera comer, se le brinda –apunta Nellys.

–Yo todavía soy de esta casa –asegura Fabio entre risas. 

Nellys sale a atender sus quehaceres. El visitante queda a solas con Fabio, quien narra una de sus primeros encuentros con el acordeón.

“Una vez llegó un señor por ahí, como mandado de Dios, vendiendo un acordeoncito de dos teclados que traía en un saco de algodón. Estaba en mal estado. Recuerdo que lo arregló un señor que se llamaba Carlos Noriega ‘Carlitos’, de ahí de La Paz. Aprendí solo. Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’. –Hay un señor que vende un acordeoncito barato. Vamos a comprarlo y lo mandamos a arreglar y ahí voy aprendiendo poco a poco, dije a mi papá en ese entonces. 

¿Y después de arreglado el acordeón? –Inquiere el visitante.

–Pasaron tres años y yo todavía no pintaba. Me demoré mucho porque no tuve maestro. Pero de tres años para allá, comencé a tararear las primeras canciones y tocaba con unos amigos de La Paz.

Continuará…

ALEXANDER GUTIÉRREZ/ EL PILÓN

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16 enero, 2023

Fabio López, el acordeonero de todos los festivales – parte 1

“Una vez llegó un señor por ahí, como mandado de Dios, vendiendo un acordeoncito de dos teclados que traía en un saco de algodón…”, relata Fabio López.


“Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’, de Leandro Díaz”: Fabio López. FOTO: ALEXANDER GUTIÉRREZ.
“Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’, de Leandro Díaz”: Fabio López. FOTO: ALEXANDER GUTIÉRREZ.
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El sol de enero es abrasador en San Diego. Rescoldos de brisas decembrinas aún se dejan sentir. Algunos vecinos del pueblo ven pasar las horas del domingo sentados en la terraza de sus viviendas, al abrigo de árboles de mango y de higuito. Otros, hacen cualquier cosa. Barrer el frente, tomarse unos tragos o reparar en el foráneo. Un poblador del barrio Arabia apura los tragos de una garrafa de cerveza mientras escucha canciones de Diomedes Díaz. Tiene fama de bebedor empedernido, según se aprecia. 

A través del equipo de sonido, se siguen una decena de canciones de Diomedes, entre ellas, La Juntera. Fabio López –el acordeonero de todos los festivales–, también habitante del barrio Arabia, ha salido a una diligencia, pero no demora en llegar a casa. 

Ay, las sabanas de La Junta/ Testigo de mi sufrir/ Ay, las sabanas de La Junta/ Testigo de mi sufrir/ Ellas le pueden decir/ Lo mucho que usted me gusta/ Ellas le pueden decir/ Lo mucho que usted me gusta.

–Buenos días, ¿cómo está? –saluda Fabio López desde la terraza de su cuchitril. Yo había pensado que hiciéramos esta entrevista aquí –dice al visitante, ya dentro de su pequeño domicilio, que sirve a la vez de cuarto y sala de recepción, ¡pero oiga esa bulla del vecino! 

–¿No hay patio? – Inquiere el visitante.

–Sí, pero aquí no – dice, señalando la casa contigua que es de su propiedad y tiene en arriendo. Vamos a la otra casa –repone. Creo que allá hay menos interferencia. 

En la cuadra inmediatamente anterior –o posterior, según se esté ubicado– vive Nellys Doria, con quien Fabio tuvo a sus dos hijas, Liliana y Fabiola López. Allí está la tienda de víveres que juntos impulsaron y hoy es administrada por Liliana. Desde la sombra brindada por la techumbre de la tienda, Nellys ve venir a Fabio y al visitante.

–¿Qué van a hacer? –pregunta Nellys con un asomo de curiosidad. 

–Una entrevista –responde el visitante.

–¿Sabe una cosa? –continúa Nellys. Fabio le ha entregado casi toda su vida al folclor vallenato y aún no ha recibido ningún reconocimiento. 

Fabio, natural de San Diego, es de mirar sosegado, pómulos y ceño marcado y cabello entrecano. Camina con calma y paciencia, así como aprendió a tocar el acordeón cuando era un muchacho de tan solo 16 años, sin instructor y desafiando los pronósticos desalentadores de varios coterráneos. Nellys, oriunda de Montería, es de fácil palabra y trato comedido. En su piel y en uno de sus ojos, parecen estar las huellas de algún padecimiento sobre el cual el visitante prefiere reservarse las preguntas. 

Una vez dentro de la casa, en un pequeño patio donde hay flores trinitarias, Nellys y Fabio cuentan a dos voces su historia de vida en San Diego.

“Hace más de 30 años que pudimos obtener estos lotes y empezamos a construir. Antes de eso, deambulábamos por casi la mitad del pueblo alquilando casas. Vivimos en un cuarto de barro, en el que de noche quedábamos apretujados. Eran casas en las que había tres y cuatro familias. Después, hicimos dos casas, una en la que vive Nellys y otra, en la que vivo yo. Ella ha venido trabajando y sacando su casa adelante”.

–¿Qué actividad comercial tenían en el pueblo? –Pregunta el visitante.

–Mi comienzo –dice Nellys– fue trabajando en casa de familia

–Y el mío, en la música, dice Fabio.

Nellys, de 68 años, llegó a San Diego a la edad de 18 “buscando nuevos horizontes”, según relata Fabio. Cuando se conocieron, él ya digitaba muy bien el acordeón y se ganaba sus centavos en parrandas locales. Nellys tenía dos hijos. Se ayudaron mutuamente. Forjaron la casa y la tienda. Ella consiguió trabajar como madre comunitaria por espacio de 15 años. “La historia es larga”, asegura Nellys, pero ahí están. Hoy por hoy, no comparten vínculo sentimental, pero mantienen la amistad. Inclusive, Nellys atiende a Fabio con la comida.

–Lo que él quiera comer, se le brinda –apunta Nellys.

–Yo todavía soy de esta casa –asegura Fabio entre risas. 

Nellys sale a atender sus quehaceres. El visitante queda a solas con Fabio, quien narra una de sus primeros encuentros con el acordeón.

“Una vez llegó un señor por ahí, como mandado de Dios, vendiendo un acordeoncito de dos teclados que traía en un saco de algodón. Estaba en mal estado. Recuerdo que lo arregló un señor que se llamaba Carlos Noriega ‘Carlitos’, de ahí de La Paz. Aprendí solo. Después de darle por mucho tiempo, cogí la melodía de ‘Lucero espiritual’ y de ‘La primavera’. –Hay un señor que vende un acordeoncito barato. Vamos a comprarlo y lo mandamos a arreglar y ahí voy aprendiendo poco a poco, dije a mi papá en ese entonces. 

¿Y después de arreglado el acordeón? –Inquiere el visitante.

–Pasaron tres años y yo todavía no pintaba. Me demoré mucho porque no tuve maestro. Pero de tres años para allá, comencé a tararear las primeras canciones y tocaba con unos amigos de La Paz.

Continuará…

ALEXANDER GUTIÉRREZ/ EL PILÓN