Resulta extraño que el vallenato, una música autóctona obediente a la tradición oral sucedida en el valle de Upar, la provincia colindada entre montañas ajena al mar, haya terminado identificada con el acordeón, un instrumento músico europeo creado para abrazar la soledad de los navegantes que esperanzaban llegar al horizonte, una vez tomaron para sí lo que dieron llamar el nuevo mundo.
Los que psicoanalizan nuestro globo terráqueo como una cabeza loca que gira con su tema, dirán que ello sucedió porque el vallenato llenó con el acordeón su vacío de mar, replicado en las olas musicales en el vaivén de su fuelle; pero la razón puede ser más profunda: contener un mar de sentimientos en el pecho.
No menos extraño en el mundo vallenato que ese acordeón universal haya terminado identificado con el ser más provinciano. Y a su turno los más entendidos del acordeón, los grandes acordeoneros de la gran saga vallenata, reconozcan su estirpe entroncada a un hombre y lo señalen con su nombre: “ese es el hombre”; exclaman al unísono: ¡Luis Enrique Martínez!
















