Cualquiera que se detuviera ante el monumento vivo de la presencia de Leandro Díaz intuía que era un hombre cincelado para la posteridad, incluso sin saberlo autor de sus canciones.
Bastaba con detallar su cabeza de busto griego, con sus cuencas de luna mirando más allá del tiempo, los rizos turbulentos de su cabello como corona de laurel al triunfo de la inteligencia, su andar pasilento iluminado por la lámpara de su razón en medio de la oscuridad.
LA LUZ DE LA CREACIÓN
La lucidez de las canciones de Leandro no está dada por el hecho de valorar que el compositor es ciego; es lo contrario, logran la luz de la creación más allá del límite que nos haga suponer su ceguera. Los sentidos despiertan los ánimos del creador, pero la clarividencia se logra al superar la percepción inmediata del mundo que ellos nos presentan.
















