8 julio, 2020

El vallenato y los aportes musicales de los hermanos Támara Bermúdez

Los hermanos Támara cimentaron con su acordeón bases importantes de lo que llamamos música vallenata. Un alumno aventajado de Porfirio y Gilberto, que tomó elementos del estilo de ellos, Abel Antonio Villa, considerado un juglar del vallenato, representó la trascendencia musical que tuvieron los hijos de Candelaria, Eugenia y José Eugenio.

El juglar de la música vallenata Abel Antonio Villa mencionó en una tertulia musical organizada por Comfamiliar, Atlántico, y dirigida por Mariano Candela, que en sus inicios musicales influyeron Rafita Camacho y Porfirio Támara, a los que identifica como músicos famosos del pueblo de Bálsamo. Hubo otro músico influyente en la vida de Abel Antonio, a quien menciona en otras entrevistas: Gilberto Bermúdez Támara, quien estuvo unido por lazos de sangre con Porfirio.

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Bálsamo, Magdalena, donde habitaban Porfirio y Rafita, surgió a mediados del siglo XIX a orillas de la quebrada a la que le dieron el mismo nombre de la población, y en el área de influencia de la ciénaga de Zapayán. En sus inicios fue poblada por extractores de bálsamo y desde 1908 perteneció al municipio de Pedraza, actualmente al de Concordia. Gilberto, por su parte, habitaba en Piedras de Moler, a orillas de la misma ciénaga y era el compañero sentimental de Anita Villa, tía por vía materna de Abel Antonio Villa.


Gilberto y Porfirio compartían un tronco familiar común, tanto materno como paterno, eran hijos de un mismo padre, José Eugenio Bermúdez Andrade, y de dos hermanas, Candelaria y Eugenia Támara Isaza. Esta es una historia que inició a finales del siglo XIX cuando José Eugenio, de descendencia antioqueña, comerciante, enamorador y andariego, conoció a Candelaria, en Bálsamo, donde ella se había radicado tras mudarse de lo que hoy es el departamento de Córdoba que para entonces era Bolívar.
Estaba recién llegada a Bálsamo cuando supo que alguien pedía que, mientras estuviera en ese lugar, le rezaran siquiera un ave María al cadáver que transportaba. Era José Eugenio que iba de Cerro de San Antonio hacia Chibolo con el cadáver de su compañera sentimental. Candelaria, quien siempre se destacó por conocer las sagradas escrituras, orar y cantar en latín, organizar fiestas patronales y rezar en los velorios.

Él la vio llegar, la observó con detenimiento e interés, irradiaba juventud, era un ser extraño en ese lugar de gente de piel quemada por el humor húmedo de la tierra y el sol calcinante de casi todo el día. Debió preguntarse cómo había llegado allí aquella mujer de estatura alta, de piel acanelada, de ojos grandes y expresivos, cejas pobladas, de boca pequeña y labios delineados, cabellos largos y ondulados. Sin embargo, había una explicación: un grupo de parientes de ellas eran residentes en esa localidad.

La vio, se interesó en ella, la contempló, mientras, ella, de pie y con un velo de color negro y transparente sobre su cabeza, rezaba algunas oraciones. La observó, en absoluto silencio mientras ella, con un rosario de pepitas negras en las manos, cumplía los quince pasos del santo rosario. Después que terminó de rezar, José Eugenio, en agradecimiento, le dio la mano y le extendió una sonrisa gratificante. Entonces fue tiempo de seguir andando con el cadáver, se fueron bordeando la ciénaga de Zapayán, para después internarse por la montaña y llegar a Chibolo, donde sepultó a quien había sido su compañera sentimental.

Debió ser antes de partir cuando juró que regresaría, porque volvió detrás de esa mujer que por momentos lo había hecho olvidar lo que vivía. Él, que era un hombre de estatura mediana, de tez clara, ojos de miel, avispado, jocoso y de trato ameno, como lo describe su bisnieta Carmen Consuelo Moya Támara, con información recogida entre su abuela y tías abuelas, volvió tras de ella. La conquistó con su zalamería de comerciante que recorría los pueblos y montañas pobladas, proponiendo su mercancía.

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Le prometió amarla, hacerla su mujer, lo cumplió porque se fueron a vivir juntos, fijaron su hogar en Bálsamo, y con el tiempo, la constancia y el orden, levantaron un patrimonio que hizo de la pareja una sociedad con grandes rendimientos económicos. Vinieron los hijos, en total fueron ocho, cinco hombres y tres mujeres, entre ellos Manuel, Porfirio y César, quienes, como acordeoneros, compositores y cantantes, aportaron con sus notas musicales al forjamiento de lo que para entonces era llamada música de acordeón y después vallenata.

Pero, hubo una circunstancia que hizo cambiar el rumbo sentimental de la familia Bermúdez Tamara. José Eugenio, enamorador permanente, se trenzó en una relación amorosa con Eugenia, hermana de Candelaria, y, según la tradición oral, la embarazó. Notificada Candelaria de lo que sucedía tomó dos determinaciones: hizo que José Eugenio contrajera matrimonio con su hermana y se separó de su marido.


Los esposos fijaron su residencia en Piedras de Moler, donde nació Gilberto Bermúdez Támara, quien recogió de esta última familia su aptitud para la música. Es que Candelaria interpretaba el acordeón, cantaba, escribía versos y los declamaba. Fue ella, la que, habiendo heredado la vena musical de su padre, le compró un acordeón a sus hijos para evitar que salieran a la calle, regalo que llevó a que Manuel, César y Porfirio se hicieran destacados intérpretes de este instrumento.

El acordeón, según el investigador Joaquín Viloria para el siglo decimonónico tuvo en el río Magdalena uno de los canales de ingreso al país y el puerto de Sabanilla, que era el de Barranquilla, uno de los lugares por donde llegó. Para este mismo siglo esta ciudad se convirtió en el principal mercado hacia donde se conducían, por el río Magdalena, los pobladores de sus orillas o de las ciénagas enlazadas con esta arteria. En ese lugar se vendía este artefacto musical, el que también se comerciaba en Plato, El Piñón, Chibolo, último pueblo donde, según Pacho Rada, podía adquirirse en cualquier parte.

Manuel fue el primero en destacarse con el instrumento, lo que permitió que se convirtiera en uno de los modelos inspiradores de César, asegura la hija de este último, Leonilde Tamara. Sin embargo, su muerte prematura cortó su prometedora relación con el acordeón y la música. Manuel, cinco días después de su matrimonio, que fue un acontecimiento social y musical local, murió de tétano. Durante mucho tiempo se dijo que había sido debido a la venganza de una mujer quien, despechada, tras su matrimonio, que aseguró que si no era para ella no sería para nadie.

Porfirio, pese a la muerte de su madre, quien era su apoyo musical, continuó escudriñando el acordeón y sacándoles notas acompasadas, lo que le permitió ser conocido y considerado un referente musical del Bajo Magdalena. Además de músico era un asiduo lector y escritor de poemas y se atrevió, como sus hermanos Eusebio y Rubén, a escribir versos.

Edilma Movilla Támara recuerda con detalles una de los versos de autoría de Eusebio: “Ruge la mar, se encrespa y se agita, la luna, ave de luz, prepara el vuelo, al momento de su faz, levantada da un beso al mar y se agiganta al cielo”.

Ella conserva un libro que fue de propiedad de Porfirio, en el que se encuentran anotaciones hechas a mano por él, con excelente caligrafía, en 1918, entre ellas un poema de autoría del acordeonero: “Cuando presiento que no habré de aberos (ver), más triste con la pluma en la mano, desearé cuanto mi alma piensa y mi corazón”.

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Su escenario musical fueron los merengues o cumbiones que lo hacían desplazarse de Bálsamo a pueblos circunvecinos a amenizarlos. Eran rondas de bailes donde, los fines de semana, lo parejos con velas o mechones en manos giraban, de forma contraria a como lo hace el reloj, en torno al conjunto compuesto por el acordeón, la guacharaca y la caja. El merengue era una música asociada con la cumbia, de la que este acordeonero fue uno de sus compositores.

También amenizaba parrandas en tiempos en que la música que llaman vallenata carecía de letras y no existía el conjunto conformado por caja, guachara y acordeón, que fue un invento de Abel Antonio Villa. Además, lo hizo cuando se escucharon las primeras canciones grabadas, al compás de un acordeón, con fines comerciales.

De Porfirio se dice que las notas emanadas de su acordeón eran dulce, acompasadas y rápidas. Esta última característica hace que el acordeonero Aníbal Velásquez sea comparado con él. De esa época queda el nombre de canciones como La Tabla, que cantó en 1940 en un encuentro musical con Pacho Rada, cuando este fue llevado por Valentín Palacín, en plena fiesta de la Cruz de Mayo, para la inauguración y bendición de la recién construida iglesia de Bálsamo.

De ese evento recuerda Oscar Moya Rivera, que Pacho Rada trepado en una mesa en la entrada de la iglesia, cantó unos versos: “Caramba son verdades (bis)/Yo he venido a este pueblo/ Caramba son verdades/ A ser padrino de esta iglesia/ Caramba son verdades/ Valentín es mi compadre/ Caramba son verdades/ Aniceta mi comadre”.


Porfirio también incursionó en el aire del son, compuso una canción en la que narra un conflicto que se dio entre sus paisanos Buenaventura de Aguas y Luis Fernando Consuegra. Su vida musical comenzó a los 14 años y a los 23 ya era un músico conocido y cuando murió, después de enfermar en la década del 40, era un acordeonero de renombre, tanto que, entre su familia, los Támara, se asegura que el viejo Emiliano le mandó razones para tener una piqueria.

La casa de Porfirio Támara Bermúdez era el epicentro musical de la zona de influencia de la ciénaga de Zapayán. Allí aprendió a tocar el acordeón Rafael Camacho, quien es el autor de la canción ‘La Varita de Caña’. A su casa iban a tocar acordeón Abel Antonio Villa, Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Gilberto Bermúdez, Juancho Polo Valencia y Pacho Rada, de ahí que su vivienda fuera escenario de piquerias y parrandas.

En esos encuentros musicales y reuniones de amigos participaba otro de los Támara, César, a quien conocían como Porfirito, quien además de interpretar el acordeón, era compositor. En su formación musical, a más de su hermano Manuel, participó Gilberto Bermúdez. Pese a lo sucedido entre el padre de los dos y las madres de ambos, Candelaria no le guardó rencor a su hermana, durante su existir fue su consejera y quizá su apoyo económico, pues tenía poder monetario y por ende medios cómo hacerlo.

César Augusto era de estatura mediana, piel trigueña, cabello castaño, de ojos color miel, de nariz y boca grande. De temperamento fuerte, frentero al momento de manifestarse sobre lo que no le gustaba, pero también era de trato cordial y educado. Cultivó el hábito de la lectura, especialmente de la prensa, aunque fuera un periódico de ayer.

Este, junto a Rafael Camacho, tuvo la oportunidad de grabar en una de las casas disqueras de Barranquilla, la que fue propiciada por Juan Cañarete, quien estuvo ligado con Bálsamo, tras unirse sentimentalmente con una mujer de este lugar.

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La oportunidad se frustró, la que sí fue grabada fue la composición de su autoría, ‘La negra, mi comadre’, por parte de Guillermo Buitrago con el nombre de ‘La hija de mi comadre’, introduciéndole, además, modificaciones a letra. Esta canción nació del matrimonio de su sobrina, María de los Santos Movilla Támara con Pablo José De la Cruz, quienes se fueron a vivir en la montaña, como llamaba a la zona rural de Monterrubio, Magdalena. La mamá de la Negra, María Támara, quedó triste tras la partida de su hija, entonces César le cantó:

Ay que dolor tan grande
Pa’ esa madre
Ese fue el destino
Que ella quiso”
.

Otro motivo para inspirarse fue el acordeón, el título de la canción fue ‘El Moruno Negro’, que fue la manera como llamaron a este modelo de instrumento, que era de una sola hilera de teclados, que llegó a Colombia a finales de la década del treinta del siglo pasado. Uno de estas características le regaló, tras una colecta pública, una junta organizada en su pueblo para tal fin, liderada por Julio García. Lo fueron a comprar a Barranquilla, pero Julio no lo conoció porque cuando llegaron de Barranquilla con el acordeón había muerto y sus deudos lo lloraban y velaban.

Otra canción de su autoría fue ‘Maritza’, que dedicó a la docente Maritza De León, quien había ido de Heredia a Bálsamo a desempeñarse en este cargo, en la que, además, menciona a dos hermanas de la profesora. José Palacín, habitante de este último lugar, quien por años ha atesorado información sobre los hermanos Támara, recuerda fragmentos de esta composición: “Verdad que Maritza es bella, Isabel por su elegancia, los hombres sueñan con ella, porque parece una santa”. Otra parte dice: “Ena se pone brava porque le canto a Maritza, son charadas de Támara, pa’ elogiar a esa señorita”.

También le cantó a Evaristo Surdís, cuando en 1970, se lanzó a la presidencia de la república. Uno de los versos de esta composición decía: “Evaristo Surdís es eminente, es ministro de Relaciones Exteriores, y está capacitado para ser presidente”.

Ellos, los Támaras, cimentaron con su acordeón bases importantes de lo que llamamos música vallenata. Un alumno aventajado de Porfirio y Gilberto, que tomó elementos del estilo de ellos, Abel Antonio Villa, considerado un juglar del vallenato, representó la trascendencia musical que tuvieron los hijos de Candelaria, Eugenia y José Eugenio.

Por Álvaro Rojano Osorio