16 agosto, 2021

El trágico final de Héctor Zuleta, la ‘esperanza’ del vallenato

Héctor Arturo nació el 29 de septiembre de 1960 en Villanueva, la Cuna de Acordeones, y murió de manera confusa en Valledupar el 8 de agosto de 1982. Ese día se convirtió en una quimera de llanto y dolor para el mundo vallenato.

Héctor Arturo Zuleta Díaz, considerado por los folcloristas y tratadistas del tema como la esperanza del folclor, cuya vida fue truncada por la violencia que siempre ha carcomido al país, murió trágicamente a los 22 años de edad, en la cumbre de su carrera, destacándose no solo como el acordeonero que digitaba muy rápido el acordeón, sino como uno de los mejores creadores de melodías en el folclor vallenato, y más de eso, un excelso compositor. A tan temprana edad, de su inspiración quedaron para la posterioridad 45 canciones que todavía se escuchan en el tiempo presente y son tarareadas por sus miles de seguidores.

Héctor Arturo nació el 29 de septiembre de 1960 en Villanueva, la Cuna de Acordeones, y murió de manera confusa en Valledupar el 8 de agosto de 1982. Ese día se convirtió en una quimera de llanto y dolor para el mundo vallenato; los amantes de nuestra música vernácula no lo podían creer, no daban crédito a las noticias radiales de la muerte de Héctor. ¡Qué tristeza sentimos aún con su partida tan tempranera!

INSIGNE TROVADOR

Hijo del inmortal Emiliano Zuleta Baquero y la señora Carmen Díaz, sin proponérselo se convirtió en un tratadista musical, y con su pluma impresa en sus composiciones magistrales era la esperanza del folclor, pero una mano cobarde truncó su vida y sus sueños. En 1987, el compositor costumbrista Juan Segundo Lagos plasmó para la inmortalidad lo que representaba Héctor Arturo para el folclor con la inspiración ‘El difunto trovador’, que grabaron los Hermanos Zuleta, sus hermanos; una canción con un deje musical de tristeza y dolor que se escuchaba en las cantinas y tertuliaderos de manera sucesiva, recordando a ese trovador que dejó huellas imborrables en la música vallenata.

Al describir a Héctor Zuleta, Juan Segundo Lagos dice dos verdades. Su primera composición fue ‘Homenaje a la vieja Sara’, que le grabaron sus hermanos en el LP ‘El reencuentro’, en 1975. En dicha composición se notan sus versos chiquiticos, que en la misma línea los arregla su hermano Emilianito, demostrando una misma escuela musical heredada de su padre, pero llenos de una inmensa melodía que ratificaba la digitación y el talento de ambos. 

La otra verdad de Juan Segundo Lagos al describir a Héctor fue decir que difícilmente lo hayan superado, muy cerca han estado ‘Juancho’ Rois y el propio Emilianito, y en ese lamento de Lagos, que se convierte en nostalgia, porque el vallenato sueña que ojalá volviera Héctor, y así es… Héctor era la esperanza del folclor.

INFANCIA CON TALENTO

Los recuerdos de su niñez se remontan a su residencia con sus padres Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Díaz, allá en el barrio San Luis, en la calle 10 con carrera séptima, diagonal a la casa de don Tirso Rosado Amaya. Casa famosa, porque allí nació la dinastía Zuleta.

Héctor contaba con 10 años de edad, y estaba internado en el mítico colegio Santo Tomás de Villanueva, donde compartía aulas con Efrén Olivares Rodríguez, Indalecio y Felipe Dangond. Por esa época, ya Héctor Arturo hacía sus pininos con el acordeón de dos letras, que tocaba con los hermanos Olivares, donde Gonzalo, Ariel y ‘Tico’ ejecutaban el acordeón, y cuando el viejo Emiliano se iba para su finca en la serranía de Villanueva, Héctor le cogía el instrumento prestado, porque ‘El Viejo Mile’ no quería que fuera acordeonero a tan temprana edad, sino que se dedicara a los estudios.

Cuando le cogió el gusto al acordeón, que aprendió a interpretar solo, lo acompañaban siempre, en casa de los Olivares, Fred Quintero, en la caja, y Dairo Sierra, en la guacharaca; ‘Tico Gua’ Arango y Fabel Martínez Rodríguez hacían los coros, también ejecutaba el acordeón José Granados Baquero. Por esa época, ‘El Mura’ Gómez, quien ya no está en el mundo terrenal, se encargaba de sacar a Héctor del internado, y lo regresaba en la madrugada con la complicidad de otros internos, utilizando unas sábanas para lograr las bajadas y subidas del segundo piso donde funcionaba el internado.

Pasado un año de haber iniciado su proceso de aprendizaje, ya Héctor Arturo se había convertido en un prodigio tocando el acordeón, caracterizándose además como un desordenado y jocoso por excelencia. Más adelante, entabló una amistad entrañable con otro gran acordeonero villanuevero, Jesualdo Bolaño, conocido cariñosamente como ‘Bolañito’. Las parrandas continuaban, no solo en el patio de los hermanos Olivares, también en el patio de la matrona villanuevera Rafaela Dolores Daza, por seguridad y comodidad.

ARTISTA CONSAGRADO

Luego vino su consagración como artista al lado de otro grande, Adaníes Díaz. Juntos grabaron tres trabajos musicales para la historia: ‘Especiales’, ‘Pico y espuela’, en 1980, y ‘Nuevamente inolvidables’, en 1981. Fueron la locura musical de la época, y se convirtieron en los artistas más vendidos y solicitados. Héctor, el mejor creador de notas musicales, el más rápido ejecutando esas notas, y Adaníes con una voz melodiosa, un deje musical auténtico y fuera de serie.

Héctor Arturo, quien además fue un consagrado compositor, dejó para la historia melodías que no han pasado de moda: ‘Flor de mayo’,  grabada por Jorge Oñate y Raúl ‘Chiche’ Martínez en el año 1979 en el trabajo ‘Siempre unidos’, obra que también grabó su hermano Poncho Zuleta con el rey vallenato Julio Rojas Buendía. Sin lugar a dudas, el que más le grabó fue el inmortal Diomedes Díaz: ‘Me deja el avión’, en 1977; ‘Vendo el alma’ y ‘Firme como siempre’, en 1978; ‘Penas de un soldado’, en 1979; 

Héctor Arturo Zuleta Díaz murió en la cima de su carrera musical a los 22 años de edad, destacándose como el mejor acordeonero de su época. Era un dechado de virtudes a la hora de interpretar el acordeón. También se destacó como un gran verseador, repentista como su padre. Todavía se siente en lontananza que Héctor Zuleta era la esperanza del folclor.

Por: Hernán Baquero Bracho