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Especial - 2 noviembre, 2020

“El Comandante Serpa”: Samper

Palabras del expresidente Ernesto Samper Pizano en la entrega del premio de ‘Vivamos Humanos Alfonso Lopez Michelsen’ al doctor Horacio Serpa Uribe por su contribución a la defensa de los Derechos Humanos. Bogotá Noviembre 2018.

Horacio Serpa Uribe siendo un joven estudiante.
Horacio Serpa Uribe siendo un joven estudiante.

Queridos amigos:

Al comenzar unas pocas, pero sentidas palabras para recordar al Maestro de maestros, Bernardo Gaitán Mahecha, cuya familia recibirá, en su nombre, un testimonio de nuestro reconocimiento por su infatigable labor en pro del Derecho Humanitario de Colombia. Bernardo Gaitán nos enseñó a pensar y a encontrar en los entresijos de las leyes esa idea civilizadora de la justicia de la cual hablara Montesquieu.

Nos reunimos también  ésta mañana para rendirle un homenaje a una de esas personas que aborrecen los homenajes. Venimos a honrar a Horacio Serpa que es una forma de honrar los valores por los cuales él ha luchado toda su vida: la verdad, la lealtad, el compromiso con la gente.

Si pudiera escoger algún medio audiovisual para sintetizar mi relación de tantos años y cicatrices con Horacio Serpa, con  el “Comandante Serpa” como le digo coloquialmente,  intentaría hacer una colección de fotografías memorables. Fotografías como las que vamos a mostrar en el video que han preparado, con mucho cariño, las chicas de Vivamos Humanos,  encabezadas por Isabelita Martínez quien, como siempre, ha sido alma y vida de esta conmemoración. Una primera foto mostraría la noche de mi atentado, el 3 de Marzo de 1989, cuando el expresidente López Michelsen, mientras yo yacía como un colador en una cama de cuidados intensivos atendido por el hasta hoy mi médico personal Alonso Gómez, me mandó  con Jacquie tres razones para que estuviera tranquilo; es decir, para que no temiera de que pudiera llegar alguien, como en las peores películas de vaqueros, a rematarme.


Horacio Serpa en una de sus fervientes intervenciones en el Congreso de la República.

La primera decía que la clínica donde yo estaba, a pesar de ser pública, había sido modernizada durante su gobierno. La segunda, que la Policía se había hecho cargo del primer anillo de seguridad alrededor del edificio y la tercera que Horacio se acababa de retirar de la Procuraduría para hacerse cargo de la jefatura del debate de mi entonces incipiente campaña a la Presidencia.

Esa noche dormí más tranquilo que la noche en que él me explicó, en medio de una de esas tantas adorables crisis que vivimos durante mi gobierno, porque había soltado el “me suena, me suena” que vinculaba la DEA con el intento de secuestro de mi abogado defensor Antonio José Cancino. “No quiero causarle ningún problema al gobierno y mucho menos a usted, me dijo. Si lo mejor para el país es que me vaya, cuente con mi renuncia”, me dijo con ese tonito que utilizan los santandereanos para ponerle énfasis a ciertas frases de esas en que uno, al final, no sabe si lo están regañando o tratándolo como un minusválido auditivo.

A mí no me va a dejar encartado aquí, le dije, con esos dos o tres gringos pendejos que quieren tumbarme, aquí nos quedamos los dos como siameses para lo que venga” y asunto concluido.

Salió sonriente de mi despacho. Colecciono también la fotografía del día en que usted con su sonoro ‘mamola’ ante el Senado le explicó al mundo el significado de mi frase ‘Aquí estoy y aquí me quedo’.


Serpa siempre fue el fiel escudero del expresidente Ernesto Samper.

Y de España guardo también la fotografía memorable de su lanzamiento internacional en la Feria de Sevilla cuando miles de personas le pidieron su autógrafo sin que nadie osara aclararles que usted no era Juan Valdez.

Serpa es de esas personas en vía de extinción que piensan lo que dicen y dicen lo que piensan. Que creen más en los valores éticos que en los valores bursátiles. Que vienen a este mundo con un GPS de principios morales colocando el alma que les permite tomar decisiones justas en momentos exactos, eso que llaman historia.

Como el día que tomó la decisión de hacerse cargo, en el peor momento del narcoterrorismo, del combate a Pablo Escobar a quien calificó como el enemigo número uno de Colombia. Entonces el nombre de Escobar aun no figuraba en las carteleras de las series internacionales de películas de hoy sobre bandidos ejemplares, creativos, heroicos y hasta buenos amantes.

En otro de esos momentos Serpa enfrentó también, como Ministro del Interior, el terrorismo de derecha que estaba liquidando a los líderes de la Unión Patriótica como hoy vuelve a hacerlo con los líderes sociales por atreverse a defender la paz. ¡Sí, la paz!  La única pasión de Horacio que supera la que tiene por Rosita que ha sido su brújula de vida, ha sido su apuesta permanente y persistente por otra mujer a la cual le ha dedicado viajes, horas de insomnio, conversaciones fatigosas y muchas lágrimas así digan que los santandereanos no lloran.

Lo que pasa es que  los santandereanos sí lloran pero lloran a escondidas. Esa mujer-obsesión es La Paz de Colombia.  La misma paz a la cual hoy nos estamos  asomando, esa paz, compleja y esquiva, la hemos venido buscando con Serpa desde que nos conocimos en Barrancabermeja, su ciudad preferida la cual se le parece mucho a Nueva York.

Entonces yo coordinaba la campaña de nuestro jefe ideológico Alfonso López Michelsen y él me llevaba unos cuantos años de experiencia, los mismos de ahora si no me fallan las matemáticas. Desde entonces hemos venido hablando, como loras mojadas, de banderas del Poder Popular,  nuestro proyecto político que, con el del Nuevo Liberalismo, fueron los únicos proyectos renovadores dentro de  la política tradicional a finales del pasado siglo. Alternativas de cambio en medio del cuarto cerrado del Frente Nacional y la horca caudina del modelo neoliberal de los noventa que nos costó, con la apertura económica sangre, sudor y lágrimas.

Como anacoretas del pasado Serpa y yo todavía vibramos cuando nos hablan de justicia social, de soberanía, de integración regional, de  discriminalizar la cadena de las drogas para no seguir golpeando sus eslabones débiles, de la ‘Casa Grande’ que es Suramérica, del derecho de los migrantes venezolanos a tener derechos, del Sur.  Juntos hemos recorrido la geografía nacional, palmo a palmo. Muchas campañas en que su vibrato se acostumbró a convivir con mi aburrido acento nasal.

Gracias a éstas correrías nuestro sistema digestivo está hoy aun preparado para comer desde un cuy en Nariño hasta un friche en Riohacha. En el Poder Popular hicimos del gaminismo una forma de lucha política. Lo nuestro siempre fue la calle y por la calle llegamos a Palacio. Pero no llegamos solos. Llegamos con esa “chusma” que tanto despreciaron los medios de comunicación que nunca nos quisieron: los vendedores ambulantes, los de los de los sanandresitos,  los paneleros,  los pequeños propietarios de vivienda, los pensionados perseguidos entonces como hoy,  los maestros reivindicados y los estudiantes alborotados. Llegaron también los afros sonrientes del Pacífico, los creyentes de todos los credos y los representantes de todos los sexos.


Muchos atribuyen el triunfo de Ernesto Samper en la gesta presidencial al leal trabajo de Horacio Serpa.

Nuestras batallas eran de románticos contra pragmáticos. Idealistas contra calculadores. Populistas descarados contra neoliberales vergonzantes. Aunque, devolviendo la película,  tal vez cometimos el sacrilegio de pensar en algún momento que podíamos pintar nuestro sueño de rojo y convertirlo en el del Partido Liberal. La osadía de pensar  que las grandes figuras históricas que  convirtieron el liberalismo en un equipo de héroes podían ser emuladas para enfrentar  nuevas tempestades.

Tal vez nos equivocamos y lo hicimos muy tarde, hoy, cuando ya  no estamos en edad de cambiar  de señora,  de equipo de futbol ni de Partido político. Aunque, pensándolo bien, tal vez si exista una salida para esquivar a quien se ha convertido en el ‘jefe eterno’ de lo que queda de lo que fuimos que es bastante poco. Podemos intentar una transfusión a los jóvenes liberales de nuestros sueños socialistas democráticos que seguirán siendo los mismos mientras haya pobreza sin libertad en el mundo.  No importa, comandante, que ya estemos en la sala de embarque hacia lo que Nietzsche llamaba el puerto de arribo definitivo.

Todavía queda tiempo para soñar y luchar, siempre lo habrá. Para enseñarles a los jóvenes que lo que importa, como enseña el Quijote, no es solo luchar sino luchar por un ideal. Para ser solidarios con las causas actuales que son las mismas que defendimos con otra cara: solidarios con los estudiantes que piden más educación pública, con las víctimas del conflicto a los que les están negando sus espacios, con los enemigos del nuevo modelo ‘Hood-Robin’ que busca que los de abajo paguen con Iva las rebajas de impuestos a los de arriba, con los cocaleros en vísperas de ser fumigados, con los guardianes de los páramos, los ríos y los animales, con los que están sentados enfrente de sillas vacías de la Habana y quienes defienden nuestro Sisbén en las nuevas colas de los hospitales.

Espacios para soñar y luchar por unos nuevos referentes que eviten que el mercado, fuente de corrupción, acabe con la idea del servicio público que lo convirtieron a usted, Horacio, en los mismos grandes ciudadanos que fueron en otras épocas don Miguel Samper Agudelo, mi antepasado y su coterráneo, don Aquileo Parra. El referente de la lealtad por encima de todo. El referente de la coherencia en el pensamiento. El referente del compromiso con los de abajo. El referente de la defensa de la gente inocente en medio del conflicto armado que es, precisamente, por lo que hoy estamos haciéndole este homenaje más que merecido a nombre del Derecho Internacional Humanitario de Colombia. ¡Comandante Serpa: por la paz, la igualdad y la vida hasta siempre!