Ha estado sobre el tapete el asunto de los macabros falsos positivos. “Las evidencias de esta audiencia (Casanare) coinciden con otras en Norte de Santander, Dabeiba o la costa Caribe y muestran que, a pesar de diversidades regionales, los falsos positivos siguieron un patrón criminal común. Estos asesinatos fueron el resultado de la política de premiar las bajas, por encima de eventuales capturas o del logro de seguridad en un territorio”, sostiene el constitucionalista y analista Rodrigo Uprimny.
Así continúa su columna en El Espectador: “La presión asfixiante de altos mandos, como el General Montoya, a las unidades militares para que presentaran esas bajas, incluso en regiones en que había pocos combates, generó el incentivo macabro de que oficiales y suboficiales engañaran a jóvenes pobres, que eran secuestrados y asesinados para ser reportados como muertos en combate. El círculo atroz se cerraba porque quienes cometían esos crímenes, en vez de ser sancionados por sus superiores, eran premiados y condecorados y avanzaban en la carrera militar, mientras que quienes se resistían a esas prácticas eran marginados o incluso asesinados, como le sucedió al valiente subteniente Suárez Caro”
“El resultado: los falsos positivos fueron masivos entre 2003 y 2008, al punto de que superaron los 6.400 casos, según ha documentado la JEP. Más del doble de todos los asesinatos y desapariciones ocurridos durante la dictadura de Pinochet”.





