Opinar sobre lo que fue la trayectoria política y personal de Alfonso Campo Soto, del que estamos celebrando con dolor su novenario, es conmovedor, porque fue un hombre apasionado, casi obsesivo por el servicio público y el ejercicio de la política, en la que tuvo sinsabores y alegrías. Entendía y vivía la política como la exposición de ideas, iniciativas y debates.
Fue un amante convencido de la paz y sin embargo una víctima de la violencia, le tocó soportar dos terribles secuestros, y con todo en su corazón no le escuchamos la sed de desquite. Fue un dirigente del Partido Conservador, pero de corte progresista y social. Hizo parte de esa línea combativa y progresista que representó al interior de su partido el dirigente antioqueño Jota Emilio Valderrama, prematuramente desaparecido.
Tuvo importantes cargos, fue buen amigo y aunque muchos no lo creyeron porque respiraba por los poros la política, tuvo visión de negocios y barrios como Don Alberto se abrieron en terrenos de su propiedad. Eso sí, nunca aprovechó sus influencias o la posición que le ofrecía la actividad política para hacerse a un negocio, a una propiedad o a nutrirse de algún beneficio particular. Fue un verdadero gladiador.





