Desde que empecé a interesarme por el tema de las comunicaciones en general, y fue mucho después de oír como todas las mañanas mi señor padre, Darío Alfonso Leguízamo Royeth, dedicaba un comentario en voz alta a las noticias que emitía un señor de nombre Yamid Amat, a través de Caracol Radio, me convenzo cada día más que el papel de los periodistas y comunicadores sociales en el trabajo coyuntural de construir Nación ha perdido vigencia.
Empiezo por decir que la mayoría, y allí por supuesto me incluyo, nos dejamos absorber por la eterna discusión de si la fecha tradicional de la celebración de nuestro día debe mantenerse en el 9 de Febrero, o debemos aceptar la impuesta por la Ley 918 de 2004, o sea, el 4 de Agosto, aprobada por el Congreso de la República y donde se especifica que la misma fue hecha “con meros propósitos declarativos, para la protección laboral y social de la actividad periodística y de comunicación, a fin de garantizar su libertad e independencia profesional”.
Particularmente, estoy convencido que el momento histórico del surgimiento de la fecha tradicional reviste un momento cumbre de nuestra historia, cuando el 9 de febrero de 1791 salió a la opinión pública el periódico de la ciudad capital, Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá, dirigido en ese momento por el literato cubano Manuel del Socorro Rodríguez.











