Manuel Zapata Olivella tiene una tristeza que no le dejará dormir esta noche. Por sus largas y pobladas patillas parece estacionado en otro tiempo. Las cinco intervenciones quirúrgicas que le han practicado y el mal de Parkinson, nada disimulable en sus manos, lo hacen ver como un hombre cansado.
Es una noche de agosto de 2002. El maestro está hospedado en casa de su amigo Alberto Hernández Vásquez, en el barrio Costa de Oro, en Montería. En el jardín, una de sus sobrinas me pide regresar por la mañana, porque en ese instante concedía una entrevista para la televisión local, y lo veía muy agotado.
No. Es mejor esperar, aunque diga que no. Es necesaria una primera impresión y por lo menos un breve cruce de palabras. Cuando los auxiliares con cables y cámaras empezaron a salir, di pasos temerosos hacia dentro de la casa.











