En su famosa novela ‘Crónica de una muerte anunciada’, Gabriel García Márquez revela prontamente el desenlace de su trama al anunciar que “Nunca hubo una muerte más anunciada” que la de Santiago Nasar. Esta portentosa obra literaria, que hoy recordamos de manera interesada, brilla por la crueldad del designio que reconstruye, pero también por la inclemencia del entorno social que retrata.
Con una leve adaptación, esta frase también podría servirnos para narrar el final trágico del mural “Valledupar, tierra de Dioses”, en la Capital Mundial del Vallenato: una ciudad que, extrañamente, entierra de la manera más espantosa las expresiones que reflejan su tradición oral y musical.
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En realidad, nunca hubo un olvido más anunciado que el del mural del artista Germán Piedrahita en la Plaza Alfonso López. El olvido, recuerden, se estaba preparando desde el momento en que resonó la noticia en las redes sociales de una destrucción realizada a plena luz del día –desde la misma Alcaldía de Valledupar con brocha y pintura blanca– y que centenares de personas replicaron su indignación con comentarios malhumorados.











