CULTURA

Los Cuentos de Pepe: La mujer que juró ser fiel

A propósito del centenario de su natalicio, EL PILÓN rescata la faceta narrativa de Pepe Castro. En este cuento, nos recuerda que ni el juramento más sagrado sobrevive al paso del tiempo y al fuego de la vida. 

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Los cuentos de Pepe: Foto: Creada por Gemini

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​En algún pueblo de la Provincia vivió un matrimonio muy feliz, aun cuando lastimosamente Dios no los premió con hijos. El cónyuge vivía locamente enamorado de su mujer y ella le correspondía de igual forma, tanto que no se separaban ni de noche ni de día. Juan y Antonia, que así se llamaban, eran propietarios de una hermosa finca que cuidaban con esmero, la cual estaba situada en la vega de uno de nuestros ríos, y por eso contaba con pasto fresco y en verano la producción de algarrobilla era tal, que la vendían en sacos de fique a los vecinos. 

Sus ganados estaban muy bien acreditados, así como sus vacas eran las más lecheras de la región. Además, habían comprado a don Luis Guillermo López un toro cebú puro, que era el tesoro de la hacienda, y por lo mismo lo cuidaban con esmero, en particular el joven administrador, que era muy trabajador y lo tenía mimado con sus atenciones. Este hombre, eficiente en su trabajo, se ganaba con toda honradez el sueldo que le pagaban, al atender muy bien sus obligaciones en la finca. En fin, se había ganado toda la confianza del matrimonio, al que respetaba y apreciaba.

​Todo marchaba de maravilla para Juan y Antonia, quienes vivían en la misma finca. El dormitorio contaba con una cama de matrimonio siempre bien tendida y con un hermoso chinchorro guajiro, en el que Juan se acostaba por ratos, pero la mayoría del tiempo compartía con Antonia la cama en un permanente juego de caricias y de besos. Era un auténtico nido de amor y no tenían más que agradecer a Dios, aun cuando un hijo era la única carencia. Con la ilusión de tener uno, trabajaron con mucho orden y mantenían la casa como una tacita de plata, siempre limpia y acogedora. No faltaba el buen termo con café, para que sus amigos y ellos lo tomaran cuando quisieran; así como en la nevera se podían encontrar bebidas campesinas, como chicha de maíz endulzada con panela, agua de panela con limón, agua de maíz y dulces de leche y papayita. En el congelador no faltaba una guartinaja ni la carne de punta gorda. El patio estaba repleto de gallinas, así como una roza vecina los surtía de yuca harinosa y plátanos para consumir en sopas y asados que acompañaban con el queso fresco de la hacienda.

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