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Crónica - 8 octubre, 2022

Cuando los sueños dictan las canciones

Llegar a San José de Oriente, corregimiento de La Paz, es sentirse en una pequeña patria nortesantandereana. 

Magie Vergel cuenta su historia de vida. De derecha a izquierda le acompañan su hija Kelly, una niña del vecindario y su nieta, Sofía Bustos. FOTO: ALEX GUTIÉRREZ.
Magie Vergel cuenta su historia de vida. De derecha a izquierda le acompañan su hija Kelly, una niña del vecindario y su nieta, Sofía Bustos. FOTO: ALEX GUTIÉRREZ.

Magie Vergel ha regresado del campo para recibir la visita del periodista que quiere conocer sus obras líricas. En la olla de peltre puesta en la estufa rebulle el agua para el café. Sus nietos, hijas y niños curiosos del vecindario crean un ambiente propicio para la narración de historias. Se muestran ávidos del momento en que algún reportero desconocido vendrá a escuchar las coplas de la cantautora. Los rostros cándidos reflejan la expectativa de una reunión casual, pero agradable, con un foráneo. Cinco de la tarde. Las montañas hacen gala de su imponencia. El sol muere en el poniente y una miríada de nubes grises empieza a teñir el cielo. 

Llegar a San José de Oriente, corregimiento de La Paz, es sentirse en una pequeña patria nortesantandereana. Como a otros territorios del Cesar, atravesados por la Serranía del Perijá, allí también arribaron migrantes andinos desde mediados del pasado siglo, en ocasión de las guerras partidistas. En el libro ‘Los perros de puente tabla’, el desaparecido periodista de La Paz, Luis Alberto Díaz Araújo, señala que “la gente de Ábrego, Norte de Santander llegó con la cebolla, ya que son expertos en esos cultivos, y gracias a esa dinámica San José se convirtió en el primer pueblo cebollero de la Costa”. 

En la actualidad, San José tiene un estimado de 7.000 habitantes, cuenta con una placa huella que facilita el tráfico vehicular desde y hacia La Paz y proliferan, además de la cebolla, cultivos de café, aguacate, cereales, hortalizas y frutales, distribuidos en 16 veredas. En una de ellas –El Tesoro- Magie Vergel y su marido, Alirio Carvajalino, cultivan maíz, café, cilantro, fríjol, verduras, tubérculos, plátanos y hortalizas. La rutina es de martes a sábado y, a veces, hasta el domingo.

-Allá, la soledad me inspira –dice con sonrisa candorosa. La falta que me hacen los hijos o la falta que me hace estar acá, estimula mi canto. He compuesto varias canciones.

Magie Vergel canta una de las canciones de su autoría. FOTO: ALEX GUTIÉRREZ.

Tendría unos 7 años cuando compuso la primera canción. Vivía en el municipio de Ábrego, Norte de Santander, con sus padres, Elsida Cárdenas y Antonio Vergel. De esos tiempos recuerda que en el colegio donde cursó hasta segundo de primaria, las profesoras le decían ‘Florecita azul’ y la escogían para cantar y recitar poemas. También era habitual cantar rancheras y vallenatos. De hecho, el delirio de su madre era cantar a todo pulmón ‘Sigo siendo el rey’, de Vicente Fernández. 

La primera pareja sentimental, con quien tuvo sus dos primeros hijos –Leidy Lorena y Porfirio Andrés-, era, según refiere, de costumbres posesivas. La mantenía en un mutismo que apagó sus cantos por varios años. Para entonces, ya había arribado a San José. Eran los primeros años de la década del 90. Llegaría –después de quedar viuda- en compañía de Alirio Carvajalino. Con él todo ha sido diferente. -El marido que tengo ahora si me deja hablar y cantar –menciona entre risas. En ocasiones le da pena cantar en público y son sus últimas hijas –Kelly y Adoración- las que entonan sus versos. 

– ¿De quién heredó la vena musical? –Pregunto.

-De mi mamá, creo. Porque yo la escuchaba cantar. Cantaba bonito. Sentía esa emoción de querer escucharla más y más.

– ¿Cómo se da su arribo al Corregimiento de San José?

-Resulta que mi mamá murió, mi papá se vino y nos trajo a vivir a la finca. Papá también era de Ábrego, pero no recuerdo bien por qué él se permitió esa aventura. Creo que había amigos de él que habían venido acá y lo invitaron a que se viniera a trabajar, que aquí era muy bueno y sí, ¡pa’ qué! Era la bonanza de la cebolla, eran cebollales que se daban, buenísimo. Una vez aquí, papá consiguió otra mujer. 

Al invitar a Kelly –penúltima hija de Magie- a terciar en la conversación, refiere que la primera vez que cantó fue cuando su mamá compuso una canción para un mandatario de turno. Posteriormente, participó en unas fiestas del pueblo y, en adelante, empezó a hacer presentaciones, en distintos lugares, con el respaldo del proyecto ‘Son de paz’, de la Organización de las Naciones Unidas. En 2016, en Manaure, Cesar, hizo parte de un evento que fue transmitido por Canal Institucional.  

Adoración, última de las hijas de Magie canta ‘Guitarra vieja’, de Kaleth Morales. FOTO: ALEX GUTIÉRREZ.

En ese momento, Magie advierte que la olla del café ha quedado prendida, que se está quemando y le ordena –a su hija- que apague el fogón y sirva el tinto para la visita. Mientras bebo el café a sorbos pausados, Magie canta dos de sus composiciones.

En el tiempo pasado/ la violencia llegó/ cuando grupos armados/ de mi pueblo se adueñaron/ Ay, la gente temía/ cuando se oscurecía/ porque ellos se llevaban/ hasta el que nada les debía/ a muchos desplazaron/ de sus tierras marcharon/ y a la ciudad llegaron/ pero ellos no sabían/ que era vivir en la ciudad/ Ay, muchos murieron/ y muchos se quedaron/ sumergidos en la tristeza/ porque no regresaron/ a trabajar a sus tierras.

Hoy/ de regreso a mi pueblo/ mi pueblito natal/porque el presidente firmó un proceso de paz/ ay, que se acabe la guerra/ que se acabe la violencia/ pa’ que vivamos en paz/ San José de Oriente/ es un pueblo bonito/ donde la gente llega/ y aquí se quiere quedar/ que se acabe la guerra/ que se acabe la violencia/ pa’ que vivamos en paz.

Tengo otra pa’ los niños –declara. Me dijeron que iban a hacer un evento, pa’ que yo la cantara.

Hey/ no dejemos nuestros hijos solos/ acompañémoslos por favor/ ay, no permitas que toquen las armas/ que mejor toquen el acordeón/ o que toquen una linda guitarra/ pa’ que su vida la vivan mejor/ que César López toque la guitarra/ pa’ que suene en toda mi región.

Su nieta –Sofía Bustos- acompaña la entonación y le recuerda la estrofa siguiente. Hey, no dejemos nuestros hijos solos/ acompañémoslos por favor/ acompañemos los niños al parque/ para que vayan detrás de un balón/ o que escuchen una linda guitarra/ pa’ que su vida la vivan mejor/ ay, no dejemos que vayan al monte/ pa que no sean carne de cañón/ ay, no permitas que nadie se acerque/ para que dañe sus sueños por Dios. 

-Mire como tiene su nieta esa memoria tan fresca –apunto.

-Ah, sí, a ella le gusta una en particular, la que compuse sobre un sueño que tuve con mi mamá –asegura Vergel.

Esta es la historia/ yo quiero contarles/ pues era mi madre/ que en un accidente/ en coma quedó/pasaban los años/ y ella dormía/ pues era mi madre/ yo a Dios le pedía/ que devolviera a mi madre/ que era la vida mía.

Sentada en su cama/ allá le pedía/ madre mía, vuelve/ porque yo te necesito/ porque tú eres mi vida/ y sin ti no puedo vivir/ madre mía, vuelve/ porque yo te necesito/ porque tú eres la vida mía/ y a Dios del cielo/ yo a él le pedía/ que devolviera a mi madre/ que era la vida mía/ sentada en su cama/ me quedé dormida/ y unas manos tan suaves/ acariciaban mi rostro/ y con un beso en la frente/ yo me desperté/ al abrir mis ojos/ pues era mi madre/ que había regresado de ese sueño profundo.

– ¿Hace cuánto tuvo ese sueño? –Interrogo.

– Ese sueño lo tuve hace alrededor de ocho años. Tenía 11 años cuando ella murió. Fue raro, porque no veía a mi madre fallecida, sino que estaba en coma, producto de un accidente. 

Magie cree que el sueño con su madre tiene que ver con el hecho de que no le permitieron verla por última vez, antes del ingreso a la cripta funeraria. Había sido ella quien la acompañó en sus últimos años, en el padecimiento de una enfermedad terminal que la mantuvo postrada en cama hasta la hora de la muerte. Tratando de explicar las dimensiones del sueño, dice que “quedó dormida y sentía que su madre le pasaba las manos por la cara, que la besó y cuando despierta, la ve a ella, real, pero en el mismo sueño”.

Fue víctima de la violencia guerrillera y paramilitar de finales del noventa y principios del dos mil. Varias veces tuvo que abandonar la finca y dejar que se perdieran innumerables cosechas. Refiere que, en una ocasión, su esposo libró de morir a uno de sus labradores que tildaron de guerrillero. También, rememora el triste episodio de José Chunga Reyes, quien para la época era conocido como ‘el cebollero mayor de San José de Oriente’. Lo asesinaron vilmente después de que un emisario de la guerrilla despilfarró la cuota que Reyes había dado y anunció a sus superiores el falso testimonio de que el cebollero “les manda a decir que vayan a trabajar”.

– ¿Allá en la finca usted canta? –pregunto, queriendo cambiar el tenor de estos lóbregos recuerdos de la violencia armada.

– Sí, por lo menos cuando estoy haciendo la comida, el desayuno. A veces llega mi marido, encuentra el radio apagado y dice: “ya estás, ya estás entonada”. Y yo le digo sí, ya, mi amor. Le estoy haciendo una canción a él. El 15 de octubre cumplimos 25 años de estar juntos.

El 15 de octubre/ es una fecha especial/ donde cumple años este bonito hogar/ hace 25 años dos corazones se unieron/ para amarse de verdad/ aquí estamos juntos/ siempre estaremos así/ cuando él está caído yo le doy la mano/ y cuando yo me he caído él me ha levantado/ y allí estaremos juntos/ hasta que Dios nos separe.