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Volver a Colombia siempre tiene un impacto distinto, como si esta tierra tuviera la capacidad de reconectar cada fibra de tu ser con lo esencial.
Volver a Colombia siempre tiene un impacto distinto, como si esta tierra tuviera la capacidad de reconectar cada fibra de tu ser con lo esencial. Este viaje no solo me permitió encontrarme con mi familia, sino también reflexionar sobre esas lecciones que la vida nos regala cuando menos las esperamos, escondidas en los detalles más simples. Una de ellas me sorprendió en Barranquilla, frente al mar, mientras el sol se despedía tiñendo el cielo de naranja.
Una tarde en Barranquilla, mientras el sol teñía el cielo de un naranja brillante, me encontré frente al mar. Las olas rompían con fuerza, pero el horizonte era tranquilo, casi hipnótico.
Fue entonces cuando lo vi: un niño, quizá de trece años, sobre una tabla de surf. Desde la orilla, parecía un profesional. Se deslizaba sobre el agua como si hubiera nacido ahí, como si las olas fueran parte de su cuerpo. Cada movimiento suyo era seguro, casi coreografiado, y su equilibrio tenía algo de magia.
Lo que despertó mi curiosidad y me llevó a investigar un poco más. Según la International Surfing Association (ISA), el surf es mucho más que un deporte moderno; es una práctica con raíces ancestrales que se remonta a más de 3.000 años en la Polinesia. En aquel entonces, no solo se trataba de deslizarse sobre las olas, sino de un ritual cargado de simbolismo, donde el mar era visto como una fuerza sagrada y las olas representaban un desafío personal y espiritual. Los surfistas hawaianos veían el mar como una fuerza divina y a las olas como un reto personal. Esa conexión con el agua, esa capacidad de adaptarse a su fuerza, sigue siendo la esencia del surf hoy en día.
Asombrada por la destreza del niño. Me pregunté cuántas veces habría caído antes de lograr algo así. Porque, como todo en la vida, aprender a surfear implica caer. Tragar agua. Sentir miedo. Y aun así levantarse, intentarlo de nuevo y seguir.
Lo curioso es que el surf, aunque nunca fue lo mío, ya había cruzado mi vida antes. Lo intenté por primera vez en Tarifa, en el sur de España, y luego en San Sebastián, al norte.
Ambas experiencias fueron desastrosas. Tragué tanta agua salada que por un momento pensé que iba a ahogarme. No logré pararme en la tabla ni una sola vez. Fue incómodo, frustrante y, lo confieso, hasta un poco humillante.
Y mientras veía a ese niño, algo hizo clic en mi mente. No es que él hubiera nacido con un talento sobrenatural para dominar el mar. Es que había practicado. Había caído. Había tragado agua, igual que yo. La diferencia es que él siguió intentándolo.
Y ahí estaba la lección: no importa si estás aprendiendo a surfear o enfrentándote a las olas metafóricas de la vida, el proceso siempre es el mismo. Al principio, caes. Tragas agua. Te frustras. Pero con el tiempo y la práctica, encuentras el equilibrio. Aprendes a leer las olas, a moverte con ellas en lugar de contra ellas.
El niño en su tabla me recordó algo fundamental: no se trata solo de llegar a la cima de la ola, sino de disfrutar el proceso. De aprender a caer, de reírte de tus propios errores, de sentir orgullo cada vez que logras mantenerte de pie, aunque sea solo por unos segundos.
Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en cómo el mar, con toda su inmensidad y su fuerza, tiene esa manera tan simple de darnos lecciones profundas. Y pienso en ese niño, desconocido pero inolvidable, como una metáfora de lo que todos podemos ser: personas aprendiendo a surfear las olas de la vida, una caída a la vez
Por: Brenda Barbosa Arzuza.
Volver a Colombia siempre tiene un impacto distinto, como si esta tierra tuviera la capacidad de reconectar cada fibra de tu ser con lo esencial.
Volver a Colombia siempre tiene un impacto distinto, como si esta tierra tuviera la capacidad de reconectar cada fibra de tu ser con lo esencial. Este viaje no solo me permitió encontrarme con mi familia, sino también reflexionar sobre esas lecciones que la vida nos regala cuando menos las esperamos, escondidas en los detalles más simples. Una de ellas me sorprendió en Barranquilla, frente al mar, mientras el sol se despedía tiñendo el cielo de naranja.
Una tarde en Barranquilla, mientras el sol teñía el cielo de un naranja brillante, me encontré frente al mar. Las olas rompían con fuerza, pero el horizonte era tranquilo, casi hipnótico.
Fue entonces cuando lo vi: un niño, quizá de trece años, sobre una tabla de surf. Desde la orilla, parecía un profesional. Se deslizaba sobre el agua como si hubiera nacido ahí, como si las olas fueran parte de su cuerpo. Cada movimiento suyo era seguro, casi coreografiado, y su equilibrio tenía algo de magia.
Lo que despertó mi curiosidad y me llevó a investigar un poco más. Según la International Surfing Association (ISA), el surf es mucho más que un deporte moderno; es una práctica con raíces ancestrales que se remonta a más de 3.000 años en la Polinesia. En aquel entonces, no solo se trataba de deslizarse sobre las olas, sino de un ritual cargado de simbolismo, donde el mar era visto como una fuerza sagrada y las olas representaban un desafío personal y espiritual. Los surfistas hawaianos veían el mar como una fuerza divina y a las olas como un reto personal. Esa conexión con el agua, esa capacidad de adaptarse a su fuerza, sigue siendo la esencia del surf hoy en día.
Asombrada por la destreza del niño. Me pregunté cuántas veces habría caído antes de lograr algo así. Porque, como todo en la vida, aprender a surfear implica caer. Tragar agua. Sentir miedo. Y aun así levantarse, intentarlo de nuevo y seguir.
Lo curioso es que el surf, aunque nunca fue lo mío, ya había cruzado mi vida antes. Lo intenté por primera vez en Tarifa, en el sur de España, y luego en San Sebastián, al norte.
Ambas experiencias fueron desastrosas. Tragué tanta agua salada que por un momento pensé que iba a ahogarme. No logré pararme en la tabla ni una sola vez. Fue incómodo, frustrante y, lo confieso, hasta un poco humillante.
Y mientras veía a ese niño, algo hizo clic en mi mente. No es que él hubiera nacido con un talento sobrenatural para dominar el mar. Es que había practicado. Había caído. Había tragado agua, igual que yo. La diferencia es que él siguió intentándolo.
Y ahí estaba la lección: no importa si estás aprendiendo a surfear o enfrentándote a las olas metafóricas de la vida, el proceso siempre es el mismo. Al principio, caes. Tragas agua. Te frustras. Pero con el tiempo y la práctica, encuentras el equilibrio. Aprendes a leer las olas, a moverte con ellas en lugar de contra ellas.
El niño en su tabla me recordó algo fundamental: no se trata solo de llegar a la cima de la ola, sino de disfrutar el proceso. De aprender a caer, de reírte de tus propios errores, de sentir orgullo cada vez que logras mantenerte de pie, aunque sea solo por unos segundos.
Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en cómo el mar, con toda su inmensidad y su fuerza, tiene esa manera tan simple de darnos lecciones profundas. Y pienso en ese niño, desconocido pero inolvidable, como una metáfora de lo que todos podemos ser: personas aprendiendo a surfear las olas de la vida, una caída a la vez
Por: Brenda Barbosa Arzuza.