Eran casi las nueve de la noche cuando el ‘Conde’ Alario, uno de los más cercanos amigos de ‘Juancho’, recibió la noticia. De inmediato acudió a la Plaza Santander, cuya enorme concurrencia arrastraba sus últimos cristos de esperanza. Atónitos en el imprevisto acertijo mortal, divisó al capitán Rumbo, a ‘Cochevo’, ‘Miromel’ y ‘Rafico’, Alfredo Márquez y Sandro Zuchini, esos camaradas de ‘La Flotica’, con quienes ‘Juancho’ hubiera compartido felices instantes de juventud. “Ojalá sea un malentendido”, clamaban al cielo, como esperando un eco benevolente en el infinito vacío.
Era una alucinación tardía, por supuesto, porque las sombras contrariadas del destino ya habían echado sus raíces en la tierra de Cesarí y el más virtuoso discípulo de Francisco Moscote, escrito en el libro de Dios, habría de conmover un ángel toda vez que pudiera escuchar en las alturas las sublimes notas de un acordeón.
DOLOR DE PUEBLO











