Por Juan Rincón Vanegas
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El hombre que vivió en tinieblas porque Dios quiso dejarle sin oficio uno de sus sentidos para cambiárselos por ojos en el alma, tuvo motivos valederos para estar feliz porque un escultor quiso añadirle un monumento a su inmortalidad.
Un monumento que está ubicado en el lugar exacto, el lugar donde el maestro ciego del vallenato comenzó a granjearse su fama a través de sus bellos cantos. Esos cantos de versos chiquiticos y bajiticos de melodía, esos cantos donde se pinta la belleza de una mujer que al caminar hace sonreír la sabana y de la diosa que cuando mueve el caderaje hace poner al rey más engreído.






