Por Efraín Quintero Molina
Decano Facultad de Bellas Artes U.P.C.
A Leandro lo conocí muy niño, una mañana cualquiera en la finca “El Oscuro” del Negro Calde en la región de los Brasiles. Él estaba banqueteado en un taburete de cuero debajo de unos arboles corpulentos y frondosos que depositaban una sombra fresca sobre la tierra mojada del patio. Un lugar maravilloso donde la imaginación retozaba de un lado para el otro. Allí en ese lugar paradisiaco, lleno de aves silvestres,solían disfrutar de largas parrandas los amigos del Negro, un hombre especial, atento y excelente anfitrión.
Yo venia agarrado de la mano de mi padre, temiéndole a los perros que formaron una algarabía cuando el carro entró y se estacionó debajo de los arboles. Eran las diez de la mañana.






