La última vez que vi al ‘Ídolo de las multitudes’ en un espectáculo, fue en Manaure, La Guajira, en agosto de 2013. Ese día cantó con Rafael Santos, su hijo favorito (lo dijo él allí), y narró un estribillo que para muchos desató risas, incluso para él y Santos: “pero pensándolo bien qué voy hacer yo muerto ahora, a tres metros bajo tierra no deja de sé uno complicación, y eso que es paraíso, no se sabe, yo no he visto eso (el cielo)”; de inmediato soltó un gesto reacio, esos característicos de él, miró al cielo y cantó una obra inédita que dice “… si tú te quieres ir anda vete, yo me quedo aquí onde vivo, y deseas llevarte mis hijos, porque papá es un hombre honorable a donde estén son bien recibidos, orgullo y protección de su padre… porque Diomedes es un hombre muy querido por las mujeres que lo respetan”.
El hijo de la vieja Elvira y de Rafael María Díaz era un ser indescifrable, dicho por su propia familia, amigos e hijos. Diomedes se transformaba de un momento a otro, sin pensarlo; dormía de buen genio y se levantaba disgustado, nunca anunció por qué lo hizo, del mismo modo que pasó con su muerte. (El paradigma de esta historia se centra entre el 22 y 24 de diciembre, no resalto el 25 porque es inolvidable, y sin palabras).
En 1996, Diomedes presentó el álbum ‘Muchas gracias’, ese disco y consultándolo con Iván Zuleta, acordeonero en el momento, fue la última ocasión en la que Díaz se paseó por Valledupar abordo de un vehículo de las autoridades, en medio de una romería de seguidores. Pasaron cerca de 17 años, y su frase “el día que se acabe mi vida, les dejo mi canto y mi fama” retomó el eco en todos los amantes de la música vallenata… aquí no se sabe si fue el destino o casualidad, porque Rafael Santos a sólo unas horas de la muerte de su padre, habló en exclusiva para EL PILÓN. Estaba tan dolido que creo, el dolor no lo dejaba reaccionar al trance, pero hablaba claro y apretaba mis manos.






