Las municiones de su arma no se agotan, por lo menos no mientras la mantiene empuñada; no hay roce de gatillo, solo clavijas ajustadas con toques suaves de las yemas de los dedos sobre las cuerdas de un instrumento del que brotan rápidas, lentas y cadenciosas ráfagas de sentimiento que tienen el poder de alegrar o entristecer almas, de enamorar y despertar emociones escondidas.
De los conciertos en plazas públicas pasó a los cambuches y campamentos guerrilleros. Desde hace más de tres décadas su público es diferente, pero las letras de sus canciones no han cambiado mucho, pues desde que era un muchacho cantor mostró que era un revolucionario, que al sentirse perseguido por el Estado recurrió a las armas.
“Este es mi fusil de toda la vida”, dijo el guerrillero mientras golpeteaba el madero de su guitarra en una jornada pedagógica con universitarios en Tierra Grata, vereda del corregimiento de San José de Oriente, jurisdicción del municipio de La Paz, Cesar, ubicada a 45 minutos por carretera de la capital mundial del vallenato, Valledupar.











