Aunque sea difícil de creer, la forma en como se resuelvan los problemas en nuestro núcleo familiar en la infancia determinará la forma en como enfrentemos los problemas al llegar a la adultez, si no sanamos a tiempo.
Lo que leerás a continuación, para algunos, sonará ilógico e irracional, pero para otros, aunque triste, será bastante familiar. Si un niño, por tropezar y caer al ir caminando por la calle, recibe un golpe o un insulto que denigre su autoestima por parte del cuidador; de adulto, si es seguro y desarrolla competencias intelectuales, será una persona que, cuando alguien cometa un error en el trabajo, en lugar de orientarlo y apoyarlo, lo insultará y tratará mal. Por el contrario, si la persona es insegura y con dificultades para el aprendizaje, cada vez que se equivoque, en lugar de pedir ayuda, se sentirá insuficiente.
Si en la infancia no fuimos escuchados y por hablar nos castigaron, al crecer, en lugar de hablar y dialogar, siempre gritaremos y nos enfadaremos, porque en la mente aún nos seguimos sintiendo ignorados y maltratados. Si fuimos víctimas de abuso sexual por parte de un familiar, y en lugar de ser protegidos y recibir atención psicológica recibimos el rechazo de nuestra familia —o peor aún, maltrato físico o psicológico por parte del propio abusador—, la madurez emocional quedará bloqueada, congelada. Una persona víctima de cualquier tipo de abuso buscará siempre el apoyo y la protección que su familia le negó, y cada vez que viva una situación amenazante, en lugar de enfrentarla, saldrá corriendo, toda vez que en su mente sigue creyendo que es culpable, que es débil, que los demás tienen el derecho de abusar de ella y, así como en la infancia, sigue callando, soportando y huyendo.






