Después de un mes de haberse enterado la sociedad colombiana y la comunidad internacional de la tragedia que habita el Catatumbo (por momentos la tragedia humana se devela en sus profundidades), notificando con muertos la precariedad de vida que allá se padece, es necesario se entienda lo que sigue en el vecindario a pesar de los anuncios recibidos, que terminaron en lo de siempre.
La dimensión del conflicto armado en el entorno del Catatumbo es un espiral demoledor de arrasamiento. Desde estas latitudes también se decide la suerte de quienes estamos asentados en el sur y centro del Cesar por unos determinantes geopolíticos, muchos desconocidos por los agentes de gobiernos y la institucionalidad en su conjunto.
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Los derivados de la intervención del Gobierno y la fuerza pública desde el Norte de Santander, con los soldados de batallones desmontados de nuestra región (especialmente el BAEEV 3 de Ayacucho), la presión venezolana desde el corredor fronterizo y las medidas de control de los gobiernos locales en el Catatumbo, han generado el desfogue del ELN, las disidentes del frente 33 de la Farc y los otros actores armados, por el corredor de Altos de Bobalí, que conecta la parte mas empinada de los municipios de El Carmen (Norte de Santander), La Gloria, Pelaya, Chimichagua y Curumaní (Cesar).











