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Leer es nuestro cuento - 6 agosto, 2019

Ángel de plata

Érase una vez en una provincia muy apartada, una familia de tres hijos, cuyos padres se dedicaban a las labores del campo.

Yelcka Liceth Florián Curvelo

Érase una vez en una provincia muy apartada, una familia de tres hijos, cuyos padres se dedicaban a las labores del campo.

Una mañana como de costumbre Jacinto el hijo mayor de don Ascanio, ordeñaba las vacas, cuando de repente es sorprendido por una mordedura de serpiente que en la región la llaman “boquidorà” quien le inyecto su potente veneno en el pie derecho.

Su corazón latía fuertemente que retumbaba su pecho y se manifestaba externamente con chorros de sangre por la orina, saliva, los poros de la piel y encías; perplejo quede frente a lo que estaba viendo y sorprendido al ver mi corazón que competía con el de él como acompañamiento y solidaridad por su agonía.

Desde la lejanía de la casa en donde se encuentran los establos, se escucha el burro rebuznando, el ladrido de los perros, el cacareo de las gallinas, el gruñir del cerdo, hasta el zumbido de las abejas; que sin ponerse en común acuerdo hacían una hermosa sinfonía que deleitaba los oídos; a medida que esto sucedía Jacinto casi es su última fase de vida se desplomaba sin aliento al suelo.

Todos corrieron para auxiliar a Jacinto, joven trabajador de buenos modales y valores propios de los campesinos de la región e infundados en el lecho del hogar. Desde la cocina, salió primero su madre perpleja de lo que estaba sucediendo y luego en fila, los animales que, con esmero, Jacinto dedicaba todo su tiempo a cuidarlos con amor.

Entre la prisa y la angustia, llamaron al señor Agustín Castro, anciano sabio de la comunidad, conocedor de la magia de las plantas, vestido siempre de blanco, con sus largas barbar blancas parecidas a copos de nieve y en su rostro reflejada la sabiduría de miles de años acumulados.

Al llegar a la casa, se dirigió hacia el aposento del moribundo, todos los saludaban con respeto, y entre el cruce de la mirada se sabía de los milagros que poseía a través de la preparación de bebedizos de hiervas amargas y aromáticas; mezclando entre sus labios un murmullo poco entendible de sus oraciones. 

Un rayo de luz que se dispersó por todo el lugar saliendo también una voz que decía: soy tu  Ángel de Plata, le sonrió y pronto Jacinto le correspondió con una leve sonrisa de felicidad y vida.

Autor: Yelcka Liceth Florián Curvelo – I.E. Virgen del Carmen , La Mesa.

Leer es nuestro cuento
6 agosto, 2019

Ángel de plata

Érase una vez en una provincia muy apartada, una familia de tres hijos, cuyos padres se dedicaban a las labores del campo.


Yelcka Liceth Florián Curvelo

Érase una vez en una provincia muy apartada, una familia de tres hijos, cuyos padres se dedicaban a las labores del campo.

Una mañana como de costumbre Jacinto el hijo mayor de don Ascanio, ordeñaba las vacas, cuando de repente es sorprendido por una mordedura de serpiente que en la región la llaman “boquidorà” quien le inyecto su potente veneno en el pie derecho.

Su corazón latía fuertemente que retumbaba su pecho y se manifestaba externamente con chorros de sangre por la orina, saliva, los poros de la piel y encías; perplejo quede frente a lo que estaba viendo y sorprendido al ver mi corazón que competía con el de él como acompañamiento y solidaridad por su agonía.

Desde la lejanía de la casa en donde se encuentran los establos, se escucha el burro rebuznando, el ladrido de los perros, el cacareo de las gallinas, el gruñir del cerdo, hasta el zumbido de las abejas; que sin ponerse en común acuerdo hacían una hermosa sinfonía que deleitaba los oídos; a medida que esto sucedía Jacinto casi es su última fase de vida se desplomaba sin aliento al suelo.

Todos corrieron para auxiliar a Jacinto, joven trabajador de buenos modales y valores propios de los campesinos de la región e infundados en el lecho del hogar. Desde la cocina, salió primero su madre perpleja de lo que estaba sucediendo y luego en fila, los animales que, con esmero, Jacinto dedicaba todo su tiempo a cuidarlos con amor.

Entre la prisa y la angustia, llamaron al señor Agustín Castro, anciano sabio de la comunidad, conocedor de la magia de las plantas, vestido siempre de blanco, con sus largas barbar blancas parecidas a copos de nieve y en su rostro reflejada la sabiduría de miles de años acumulados.

Al llegar a la casa, se dirigió hacia el aposento del moribundo, todos los saludaban con respeto, y entre el cruce de la mirada se sabía de los milagros que poseía a través de la preparación de bebedizos de hiervas amargas y aromáticas; mezclando entre sus labios un murmullo poco entendible de sus oraciones. 

Un rayo de luz que se dispersó por todo el lugar saliendo también una voz que decía: soy tu  Ángel de Plata, le sonrió y pronto Jacinto le correspondió con una leve sonrisa de felicidad y vida.

Autor: Yelcka Liceth Florián Curvelo – I.E. Virgen del Carmen , La Mesa.