ANÁLISIS

Mitología vallenata

EL PILÓN publica la primera parte de este texto escrito por el escritor vallenato Alonso Sánchez Baute, leído en la celebración de los 20 años del Centro de Estudios Económicos Regionales, en Cartagena, y publicado en la Revista Arcadia. Es un recorrido por la historia de un género colombiano que dejó de ser la música de una región para convertirse en la música de la Nación (lo que sí nunca ha sido es una música de las élites): el vallenato.

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Seguramente son innecesarias estas dos precisiones históricas sobre la música de acordeones, pero no está de más hacerlas. La primera corresponde al hecho de que al menos cinco de los siete departamentos del Caribe continental se disputan actualmente el origen de esta música, y lo más probable es que los cinco tengan la razón.

Más allá de las múltiples leyendas que hablan de la llegada de este instrumento a Colombia -que van desde el carguero que naufragó frente a las playas de La Guajira hasta la no menos fantasiosa que trae García Márquez en ‘Cien años de soledad’ al decir que el primer acordeón fue el regalo que le hizo a Francisco el Hombre sir Walter Raleigh- se sabe que ingresó al país desde varios puertos y no solo por el de La Guajira, como algunos repiten, pues a finales del siglo XIX ya se escuchaba en la zona bananera. No está confirmado, eso sí, ni la fecha exacta en que sucedió, ni quién lo trajo ni cómo aprendieron a interpretarlo.

Es probable que haya entrado en el pecho de un dominicano atraído por alguna fiesta patronal en Riohacha o Santa Marta o de la mano de algún marino que lo interpretaba en altamar al tratarse de un instrumento que no deja ahogar sus sonidos con el viento. Las primeras noticias datan de la segunda mitad del siglo XIX, más exactamente entre 1860 y 1885, es decir, cuando el país se llamaba Estados Unidos de Colombia y era regido por la Constitución de 1863 según la cual éramos una federación compuesta por nueve estados. Dos de ellos, descontando Panamá, correspondían a nuestra costa Caribe: Magdalena y Bolívar. Esos dos departamentos se convirtieron un siglo después en los cinco que casualmente hoy se disputan el origen del vallenato. Por tanto, no es exagerado afirmar que quizás ninguno de ellos esté equivocado.

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