Alguna vez de mi puño salió escrito un poemario para la obra poética de un amigo que nunca la publicó. Uno de esos párrafos decía que veneraba a los poetas desde cuando me aferré a la verdad de que Homero, un mendigo ciego que sobrevivió en La Ilíada y La Odisea a todos los varones de Grecia antigua, a quienes tocó la puerta de sus palacios, desharrapado, implorante, laúd en mano, mendigando un mendrugo de pan a trueque de sus versos épicos, pero que hoy fulge con luz propia pese al desdén de los poderosos de su tiempo que ahora yacen en el polvo dormidos en una muerte sin rescate.
El poeta nace con la dote divina de una sensibilidad extraña que lo hace un sutil catador de la belleza y un fino escribano de los acontecimientos humanos que pincelan la amargura, la desdicha, la virtud, el regocijo, el heroísmo, los sentimientos y los sueños fallidos. Los poetas vienen al mundo así, por don de natura.
La poesía está en el alma de las cosas que nos rodean, el poeta las descubre así como el escultor sólo extrae su obra de arte que ya existe en la mole de mármol.











