9 enero, 2021

Alejandro Durán en Altos del Rosario

Durán, cultivador de amores, durante su estancia en Altos del Rosario conquistó el corazón de Isidora Castro a la que le compuso una canción, y de la que tomó el nombre con el que la identificaban, Chola, para denominar a uno de sus acordeones.

El juglar Alejo Durán. 

FOTO/CORTESÍA.

Hace más de sesenta años el juglar Alejandro Durán Díaz grabó el son ‘La despedida del Alto’, hoy conocido como Altos del Rosario. En él narra su relación con este lugar, que inició en el segundo semestre de 1951, cuando se movilizaba por el brazuelo del río Magdalena llamado El Pelao, en compañía de su cuñado Santos Ospino.

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Lo hacían en la embarcación Berta Elena, la que sufrió un percance en inmediaciones al cerro La Unión que obligó a Durán a trasladarse a una población cercana que recibe el mismo nombre de este accidente geográfico. Luego, guiado por la familia Alvarino, se movilizó a La Rufina donde se conoció con Faustino Santana.

Fue a este a quien abordé en Altos del Rosario para conocer algunos detalles de la estancia del juglar en esta zona del departamento de Bolívar. Por él supe que cuando el acordeonista llegó a La Rufina debió interpretar la canción ‘Jardín de Arabia’ para comprobar que no era un impostor. También que su estadía fue corta pero suficiente para entrelazarse sentimentalmente con Catalina, a la que le cantó:

Mi corazón tiene un dolor
Dime Cata si me quieres
Esas son las cosas del amor
Enguayabador de las mujeres

Después se fue de correduría por Puerto Rico, CocoTiquisio, Río Nuevo. También a la región de Guacamayo donde se ubica la vereda de Palmaesteral, en la que aseguran que se enamoró de Roquelina a la que le cantó:

Roquelina
Roquelina la de Palmaesteral
Aquí te quedó esperando
El pobre Alejo Duran.

De regreso a La Rufina, Catalina le dio la noticia de que estaba embarazada. Fue después de permanecer unos días en ese lugar cuando se dirigió a Altos del Rosario. En esta oportunidad lo acompañaron Faustino, Wilfrido Rodríguez y Carlos Chacón. Recordaba el primero que llegaron como a las cuatro y media de la tarde de un sábado monótono de pueblo lejano y olvidado, y se dirigieron a la vivienda de Martín Rodríguez Payares.

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De ese hecho me contó Faustino: “Martín nos recibió con una mirada de desconfianza. Yo intenté presentarlos, pero él se me adelantó y preguntó: ¡Quién es el negro! Yo le respondí con una sonrisa nerviosa: ‘Martín, es el músico Alejo Durán’. Entonces Rodríguez cambió de semblante, sonrió amistosamente y como para entrar en confianza le ofreció una cerveza. El negro con su cara seria, pero cariñosa, le dijo: ‘Ombre Martín, gracias, pero yo no bebo’. De inmediato le pidió que tocara el acordeón”.

Para entones Rodríguez era dueño de numerosas propiedades rurales y de ganado vacuno que fueron acumulando desde 1916, cuando una fuerte avenida del río los hizo mudar desde Pinillos hacia la región de Altos del Rosario. Según las cuentas más optimistas se cree que con el paso del tiempo acumularon más de tres mil cabezas de ganado vacuno.

Al escuchar el sonido del acordeón la mayoría de los alteños se volcaron a la casa de Martín y supieron quien la interpretaba. En la noche la parranda se trasladó a la vivienda del comerciante Manuel Avendaño Pérez, ubicada en el marco de la plaza. En el tiempo en el que permaneció en esta población lo acompañaron, como músicos, Francisco Cogollo y Máximo Trespalacios. De la vereda Morrocoyal, cercana a esa localidad, llegó a conocerlo Jaime Manjarrez, quien hizo las veces de guacharaquero.

LA PERMANENCIA EN ESE LUGAR

Durán, cultivador de amores, durante su estancia en Altos del Rosario conquistó el corazón de Isidora Castro a la que le compuso una canción, y de la que tomó el nombre con el que la identificaban, Chola, para denominar a uno de sus acordeones. También se enamoró de la cantadora Agripina ‘La cachaca’ Echeverri, quien fue una emblemática cantadora de tambora en el brazo de Loba.

Alejo, de su estadía en este lugar, le dijo a David Sánchez Juliao que creía que este había sido el pueblo que más lo quiso. Mientras que a Rito Llerena Villalobos le manifestó que el día que se quería ir decía: “Me voy mañana o me voy tal día. Se reunían y me iba tranquilo”. Entre quienes los hacían estaban Martín, y Martincito Rodríguez, Manuel Avendaño, Manuel H. Zabaleta Gutiérrez, ‘El doctor Polo’, Gerardo Martínez y Manuel Rocha. Los que, aseguraba, le daban hasta diez mil pesos.

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Pero no solo ellos lo hacían, el pescador le llevaba pescado, el matarife la carne de vaca y de cerdo, el cultivador la yuca, el plátano, cuatro filos, las mujeres el bollo de distintos sabores, en fin. Eran tantas las atenciones que recibía que este juraba que en ese lugar comía a barba alzada.

LA PARTIDA

De la partida del juglar de esa población quien daba testimonio era Martincito Rodríguez: “Estando nosotros en la fiesta de diciembre, de pascua, era 25 de diciembre de 1951, papá, el amigo Manuel, el amigo Zabaleta, y el maestro Durán. En El Sudan, un pueblo vecino, estaba el padre Díaz, de Pinillo, celebrando la fiesta. Ese padre se agravó y vinieron urgentemente a buscarme a Altos del Rosario, a buscarme a mí para traerlo a Pinillos. Yo no quería hacer el viaje, pero me convencieron. Cuando estábamos convencidos, decía papá: ‘Si Alejo Duran no se va, la fiesta sigue’.
Decía Martín Rodríguez (bis)

Y lo mismo su papá
Que la fiesta sigue (bis)
Durán si no se va.

Él era el dueño de la lancha Argelia María, como se llamaba su hija, en la que iban a transportar al sacerdote. El acordeonero arregló su maleta y esa misma noche se fue en ella. Este recordaba este hecho: “Casi todo el pueblo fue a embarcarme, como eso queda a la orilla del río. Total, que entonces hice la pieza ‘Altos del Rosario llama: lloraban los muchachos’.
Su regreso se produjo a instancia del primer alcalde popular de Barranco de Loba, Álvaro Linares Herazo, y de otras personas. Eso fue en 1989, seis meses antes de que el juglar muriera.

Al segundo día de estar siendo homenajeado fue abordado por miembros de una célula guerrillera perteneciente a las FARC, le pidieron que hiciera una presentación en la plaza pública, a lo que el maestro respondió: “Como no muchachos, si a eso vine, a tocar para todo el pueblo”.

Por Álvaro de Jesús Rojano Osorio.