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Los cuatro episodios de la serie, filmados en una sola toma con la técnica del steadycam, nos sumergen en una historia cruda y real, donde los silencios pesan tanto como las palabras no dichas.
Los adolescentes de hoy han desarrollado un lenguaje propio, un código de comunicación que los adultos a duras penas podemos entender. No se trata solo de palabras abreviadas o frases tomadas de tendencias en redes sociales; es un sistema complejo de emojis y símbolos que esconde significados profundos y, en ocasiones, alarmantes.
Este fenómeno no es simplemente una curiosidad generacional, sino una brecha de comunicación que puede tener consecuencias graves. La serie Adolescencia lo expone con brutal claridad: un niño de 14 años, que podría ser el mío o el tuyo, atrapado en un mundo donde las palabras no se dicen en voz alta, pero se gritan en pantallas. Bullying, acoso, discriminación, presión social… todo en un código que los padres no entendemos y que muchas veces ignoramos hasta que es demasiado tarde.
Los cuatro episodios de la serie, filmados en una sola toma con la técnica del steadycam, nos sumergen en una historia cruda y real, donde los silencios pesan tanto como las palabras no dichas. Su protagonista, un joven actor debutante, nos recuerda que detrás de cada emoji, cada mensaje cifrado, hay un adolescente que busca ser entendido y aceptado.
Los adultos vivimos en la ilusión de que nuestros hijos nos contarán todo lo que les ocurre. Pero la realidad es que, en la era digital, muchas de sus angustias, miedos y desesperaciones se esconden en la pantalla de su teléfono. Ellos tienen su propio idioma y, si no aprendemos a leerlo, podríamos perdernos señales de alerta cruciales.
Está en nuestras manos, no se trata de espiar, sino de comprender. No de imponer, sino de acompañar. Porque Adolescencia no es solo una serie: es un espejo en el que deberíamos mirarnos como sociedad. ¿Estamos listos para entender lo que nuestros hijos nos dicen?
Por Viviana Altahona Castro
Los cuatro episodios de la serie, filmados en una sola toma con la técnica del steadycam, nos sumergen en una historia cruda y real, donde los silencios pesan tanto como las palabras no dichas.
Los adolescentes de hoy han desarrollado un lenguaje propio, un código de comunicación que los adultos a duras penas podemos entender. No se trata solo de palabras abreviadas o frases tomadas de tendencias en redes sociales; es un sistema complejo de emojis y símbolos que esconde significados profundos y, en ocasiones, alarmantes.
Este fenómeno no es simplemente una curiosidad generacional, sino una brecha de comunicación que puede tener consecuencias graves. La serie Adolescencia lo expone con brutal claridad: un niño de 14 años, que podría ser el mío o el tuyo, atrapado en un mundo donde las palabras no se dicen en voz alta, pero se gritan en pantallas. Bullying, acoso, discriminación, presión social… todo en un código que los padres no entendemos y que muchas veces ignoramos hasta que es demasiado tarde.
Los cuatro episodios de la serie, filmados en una sola toma con la técnica del steadycam, nos sumergen en una historia cruda y real, donde los silencios pesan tanto como las palabras no dichas. Su protagonista, un joven actor debutante, nos recuerda que detrás de cada emoji, cada mensaje cifrado, hay un adolescente que busca ser entendido y aceptado.
Los adultos vivimos en la ilusión de que nuestros hijos nos contarán todo lo que les ocurre. Pero la realidad es que, en la era digital, muchas de sus angustias, miedos y desesperaciones se esconden en la pantalla de su teléfono. Ellos tienen su propio idioma y, si no aprendemos a leerlo, podríamos perdernos señales de alerta cruciales.
Está en nuestras manos, no se trata de espiar, sino de comprender. No de imponer, sino de acompañar. Porque Adolescencia no es solo una serie: es un espejo en el que deberíamos mirarnos como sociedad. ¿Estamos listos para entender lo que nuestros hijos nos dicen?
Por Viviana Altahona Castro