CULTURA

“La literatura y el arte me quitaron el rótulo de delincuente”: Diana Montiel

El libro Antesala de la Puerta 8 fue escrito en la cárcel. La autora abre su historia sin adornos: cuenta la caída, el encierro, el aprendizaje, la escritura y la voluntad de reconstruir su vida. Relato de un acto de resistencia interior.

El libro Antesala de la Puerta 8 fue escrito en la cárcel. La autora abre su historia sin adornos: cuenta la caída, el encierro, el aprendizaje, la escritura y la voluntad de reconstruir su vida. Relato de un acto de resistencia interior.

El libro Antesala de la Puerta 8 fue escrito en la cárcel. La autora abre su historia sin adornos: cuenta la caída, el encierro, el aprendizaje, la escritura y la voluntad de reconstruir su vida. Relato de un acto de resistencia interior.

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Su conciencia le decía que aquello era ilegal y que podía causar daño. Su sobreprotección hacia una persona que quería mucho la llevó a cruzar la línea. Su indecisión la hizo pensar, pero fue débil para decir “no”. Su delito: preparar brownies con estupefacientes. Su pasado: expolicía. Su realidad: una captura y la prisión. Su libro, en el que cuenta su error, el antes y el después de su vida, Antesala de la Puerta 8. Su presente y futuro: un ser humano nuevo, transformado y lleno de esperanza. Su nombre, Diana Elena Montiel.

Después de dos años y seis meses en la cárcel, Diana recuperó la libertad el 8 de mayo de 2025. “No me condenaron, estuve un año sin defensa —afirma—. Mi hijo y yo ahorramos para un buen abogado, y demostramos que los delitos imputados no eran los míos. Reconozco que preparé los brownies, pero no cometí los otros cinco delitos que se me acusaban. Por eso estoy en libertad”.

La vida a Diana, sin pedirle permiso, se le partió en dos. Ella conoció ese quiebre. Un día impartió orden en las calles vistiendo el uniforme de la Policía Nacional, y fue maestra después, y otro día, le tocó aprender a respirar tras las rejas, donde, incluso, planeó su suicidio. Pero allí, tuvo una revelación que le tendió un hilo para sostenerse y escucharse y entenderse y perdonarse, porque su vida, aunque ella no lo viera entonces, tendría un mañana. Su voz, apagada porque ella solo quería castigarse por el error cometido, empezó a volver.

La narración de su historia, nacida en la oscuridad, pero que avanzó hacia la luz, comenzó en el Centro de Rehabilitación Femenino El Buen Pastor de Barranquilla, donde la soledad, el dolor y el ruido ajeno eran parte del aire. Allí, la exagente de la Policía descubrió que escribir podía ser también una forma de vivir. Antesala de la Puerta 8 —escrito a mano, corregido entre pasos de guardias y charlas con otras mujeres privadas de la libertad—, se gestó dentro del proyecto cultural Café con Aroma a Libro y Libertad, liderado por la periodista Juliana Gómez, presidenta de la Fundación Héroes de la Nación.

Antes de que existiera un libro y antes de que tu nombre empezara a escucharse en ferias y encuentros culturales, había una mujer con una historia previa. ¿Quién era Diana Montiel antes de la cárcel?

Diana Elena Montiel es una mujer hija de padres campesinos del departamento de Córdoba, exactamente de Valencia. Fui educada en Montería. Terminé mi bachillerato y me fui a la Escuela Militar de Policía Alfonso López Pumarejo. Allí tomé grado como agente de la Policía Nacional. Fui servidora pública durante ocho años.

Después me retiro de la Policía y comienzo a ejercer como docente. Siempre soñé con un libro, pero lo dejaba para después. Empecé a caminar en el arte: manualidades, creatividad, eso me encanta. Trabajé dictando clases personalizadas y también en empresas, haciendo pausas activas mediante el arte. En Barranquilla trabajé también como profesora. Me incliné por enseñar, por lo creativo.

Fuiste parte de la Policía Nacional, un espacio que demanda disciplina, temple y un sentido profundo del deber. ¿Cómo era tu vida dentro de la Policía y cuáles eran tus responsabilidades o misiones?

La Policía me dio mucha formación. Soy una mujer de mucho carácter forjado. Yo venía de un ambiente de niña sobreprotegida y me enfrenté a la realidad de la escuela de formación. Allí se formó mi carácter: tomar buenas decisiones, hacer lo correcto, impartir el orden. Fue una época muy bonita para mí. Ahí me eduqué y viví un proceso fuerte que me sirvió para crecer como persona y como profesional. Llegué al grado de agente y luego ascendí a suboficial. Conocí mucha gente y trabajé en Bogotá, en lugares de orden público fuerte. Siempre fui operativa, nunca de oficina. Me gustaba la calle: trabajar en grupos de reacción inmediata, desmantelar cosas que no estaban dentro de la ley, trabajar en la noche, correr, actuar. La Policía me cambió la vida para bien. Después, dentro de la cárcel, esa formación me dio valentía y respeto. Estoy muy agradecida con la institución.

Pasaste de capturar a ser capturada…

Me impactó demasiado porque tengo las dos caras de la moneda. Al haber sido agente, impartí orden, combatí la delincuencia, envié gente a la cárcel. Y, posteriormente, me veo inmersa en un problema donde ya no me ven como mujer correcta para la sociedad, sino como un peligro para la sociedad. Viví el verdadero proceso del dolor: fallarme a mí misma y a mis hijos. Ese fue mi castigo más duro. Me dio mucha pena con mi familia, una familia tradicional de Montería. Me dolió mucho. Cuando llego a la cárcel estaba destruida.

Me castigaba a mí misma. Durante casi tres años solo recibí tres visitas. No quería ver ni a mis hijos. La directora de la cárcel me decía que no fuera tan dura conmigo, pero yo sentía que debía pagar mi error sola. Tuve mucha prensa: noticieros, periódicos nacionales. Verme allí me partió el alma. Pensé que se me acababa la vida. Pero bueno, ya eso es pasado.

Las cárceles de mujeres en Colombia son mundos llenos de dureza, silencios, rutinas impuestas. Desde allí nace tu libro. ¿Cómo describirías la vida en prisión?

La vida en prisión es durísima. Uno se siente abandonado por todo el mundo. Mucha gente se me retiró. Y escuchar a un juez decir: “Diana Montiel, usted es un peligro para la sociedad” me destruyó. A los tres meses intenté suicidarme. Me daba pena verme en los noticieros, en todas partes. Estábamos hacinadas: una celda para 15 mujeres con 50 adentro, sin baño, ratas, sucio. Un infierno. Allí consumen mucha droga. Yo nunca he consumido nada.

Una madrugada sentí una voz que me dijo: “Escribe”. Pensé que me estaba volviendo loca, pero la voz insistió: “Escribe”. Le pedí al guardia una hoja y un lapicero, aunque eso allá es considerado un arma. Y empecé.

La cárcel puede convertirse en un espacio de quiebre o en un inesperado lugar de transformación. ¿Qué aprendizajes te dejó la prisión?

Me di cuenta de que soy una mujer muy fuerte, pero no de fuerza bruta, sino mental. Muchas veces intentaron apuñalarme, pero jamás reaccioné con violencia. Les hablaba, las calmaba. Eso es fruto de mi formación y, sobre todo, de Dios. Dialogaba con ellas: “Somos mujeres, pensemos. No nos matemos”. Aprendí que la peor droga es el odio y el resentimiento. Allá adentro todo el mundo tiene un dolor grande. Muchas se sienten indignas de recibir algo bueno. El encierro te recuerda tu condición. Yo no podía ni mirar el candado. Me generaba un dolor profundo.

Antesala de la Puerta 8 fue escritura bajo encierro después de escuchar una voz. ¿Cómo fue el proceso?

El primer texto que escribí fue un glosario de la jerga carcelaria, porque no entendía lo que ellas hablaban. Les decía: “Vamos a hacer una dinámica: díganme qué significa esto y lo otro”. Y así empecé. Muchos policías me conocían y me ayudaron. Cuando cumplí tres meses, me trasladaron al Buen Pastor y me asignaron la biblioteca. Para mí eso fue Dios. Tenía cinco mil libros. Se volvió un centro de oración, lectura y escritura. Además, me dieron el liderazgo del proceso de justicia restaurativa y el de Café con Aroma a Libro y Libertad. Me levantaba a las 4 de la mañana, me arreglaba como si saliera a una oficina y trabajaba todo el día. Mis compañeras decían: “Diana ahora sí se enloqueció”. Alfabeticé a varias internas y eso me dio un nuevo aire.

Tu obra fue presentada en FILBo 2025 (incluso antes de que pudieras estar físicamente allí) y en Un Río de Libros – 10.ª Feria de la Lectura de Montería, donde ofreciste una charla. ¿Qué ha significado para ti Antesala de la Puerta 8, tanto en lo emocional como en lo profesional?

Me siento realizada. Siempre quise tener un libro. Nunca pensé que sería dentro de una cárcel. Pero el dolor, la soledad y la crueldad de ese lugar los transformé en arte para salir diferente. Yo no soy la misma Diana que entró. La cárcel me quitó el ego y me enseñó a ser humana. Allá entendí que no podía juzgar a nadie. Sus historias eran terribles: violaciones, maltratos, niñas vendiendo droga desde los 8 años. Eso me hizo bajar a mí, entender y ser humilde.

Escribir sobre el dolor exige valor. Y escribir sobre los errores, aún más. ¿Qué fue lo más difícil de poner en palabras mientras escribías el libro?

Narrar el desarraigo y la soledad del privado de libertad. Ese vacío lo llené con Dios, la oración y la literatura. Escribía en el piso mojado, con lapiceros que sacaba de la basura. Muchas veces había peleas y yo tenía que parar. Era demasiado fuerte. Creo que las drogas allá se usan para no sentir el dolor acumulado desde la niñez. Una de mis compañeras fue violada por su propio hijo. Ese dolor la consumía. El encierro psicológico es tremendo. Yo no podía mirar el candado. Me recordaba mi error.

¿Qué significa reconstruirse después del error? ¿Qué papel juegan el perdón y la familia?

Para perdonar hay un proceso: culpa, arrepentimiento y luego perdón. La culpa me duró seis meses y casi me lleva al suicidio. Después vino el arrepentimiento: reconocer que lo hice, que fallé, que ya no podía regresar el tiempo. Llamé a mis hijos y a mi familia. Lloré como nunca. Pedí perdón a las internas, a la directora. Pedí perdón a mi hermana que no me hablaba. “No me cuelgues, dame solo un minuto”, le dije el día que la llamé. Nos descargamos; fue muy duro pero liberador. Cuando uno se perdona y pide perdón, siente paz. La cárcel es dura: si haces algo, es malo; si no haces, también. Muchas mujeres renuncian a una nueva oportunidad. Viven del delito. No creen merecer nada.

¿Qué viste allá adentro que no olvidas?

Escuché frases muy duras. Una mujer me dijo: “Yo nací bandida y muero bandida”. Otra me decía: “Mi hijo no me ama, afuera no tengo nada; aquí tengo comida y cama”. Muchas renuncian a la vida afuera. De 150, pocas quieren cambiar. Para muchas delinquir se vuelve su modo de producción. Aun así, yo las acompañaba, les daba amor. Les hacía moñitos, las peinaba. Inventé el “cepillo del amor”. Lloraban. Nunca habían recibido cariño. Eso a mí me transformó profundamente.

Hay jóvenes —muchos— que, desde la presión, la ingenuidad o el impulso, pueden cometer errores que cambian una vida entera. ¿Qué mensaje les darías?

Que el delito no paga. Ser delincuente no paga. Hay que aprender a decir “no” y siempre hacer lo correcto. Uno puede equivocarse, pero luego debe ver qué hará con su vida. Hay que levantarse con esa fuerza interior que todos tenemos. Yo no sabía que tenía tanta fuerza. La encontré sirviendo a las demás. Servir es una de las cosas más maravillosas que existen. La literatura y el arte me quitaron el rótulo de delincuente. Ese proceso fue de redención.

Diana Montiel escribió el libro Antesala de la Puerta 8 en la cárcel El Buen Pastor de Barranquilla. En la obra narra las razones que la llevaron a prisión y también su regreso a la vida.

Diana Montiel fue agente de la Policía Nacional y profesora. Un error la llevó a la cárcel, donde vivió una experiencia de caída y resiliencia que contó en su obra.
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