Mientras Gustavo Gutiérrez escurre gota a gota sus hirientes ‘suspiros del alma’, su primo Freddy Molina, a su diestra, invoca las fuerzas de un ‘amor sensible’, sin saber lo que canta, sin saber lo que piensa, sin sospechar siquiera que, a muy pocos metros, después de un campo florido y un molino de viento, lo espera la muerte.
Patillal es entonces un pueblo casi ilusorio, bordeado por fabulosas montañas y salpicado por cándidos arroyuelos que cantan. Al tiempo que sus mujeres sueñan amores en el bordado, los poetas y los tulipanes gimen al viento, como suplicando al cielo la rima que la razón no alcanza.
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