“Yo siempre tuve la costumbre de ser amable con la mujer, y cuando me enamoraba me entregaba sin condición”. Ese era Leandro Díaz, el hombre al que la soledad lo hizo grande y fue su compañera permanente, teniendo la virtud de ver con los ojos del alma. De esa manera, en una amplia franja de tierra y conectado al poder de su pensamiento pudo sentir caminar a Matilde Lina, la misma que lo hizo soñar un mediodía sentado a orillas del río Tocaimo.
La sensibilidad de ‘El cantor de Altopino’ fue tan grande que una enorme cantidad de sus versos fueron dedicados a las mujeres, las mismas que dibujaba en su interior y en muchas ocasiones el amor llegó por ese conducto.










