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Gisèle Pelicot en FELVA 2026: cuerpos, patriarcado y pedagogías de la crueldad

En FELVA 2026, el caso de Gisèle Pelicot abre un debate sobre cuerpos, pedagogías de la crueldad y la revictimización de las mujeres.

Asistentes llenaron el auditorio de la Cámara de Comercio durante el conversatorio sobre Un himno a la vida en el marco de la FELVA 2026. Foto: Said Armenta.

Asistentes llenaron el auditorio de la Cámara de Comercio durante el conversatorio sobre Un himno a la vida en el marco de la FELVA 2026. Foto: Said Armenta.

Por: Periodista

@Katlin Navarro Luna

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El libro “Un himno a la vida”, de Gisèle Pelicot, se convirtió en uno de los puntos más impactantes de FELVA 2026, donde un conversatorio en el auditorio de la Cámara de Comercio reunió a Mercedes Posada, Mariana Orozco y Aurora Montes para reflexionar sobre violencia sexual, pedagogías de la crueldad y la urgencia de “cambiar de bando” la vergüenza que históricamente ha recaído sobre las víctimas. La moderación estuvo a cargo de la docente Laura Gómez, quien hiló las intervenciones y llevó la discusión desde el caso de Pelicot hasta el contexto del Caribe colombiano y el conflicto armado.

Un crimen íntimo que desborda la categoría de “monstruo”

Durante el conversatorio, las invitadas insistieron en que el caso de Gisèle Pelicot interpela de manera radical la idea de que los agresores son “monstruos” fácilmente identificables. Pelicot fue drogada y violada sistemáticamente por su esposo, Dominique, quien además ofrecía su cuerpo a otros hombres mientras ella permanecía inconsciente, todo ello al interior de un matrimonio que ella percibía como amoroso y estable.

“Lo particular de este caso es la forma en la que ella se entera”, señaló una de las panelistas, al recordar que Pelicot descubre la verdad al ver una fotografía en la que aparece una mujer dormida, vestida con lencería que no es suya, mientras es violada por un hombre. Ese quiebre revela que el agresor no es un extraño en un callejón, sino “la persona que has amado, con quien has tenido hijos, has construido una familia, un futuro”, lo que desestabiliza las imágenes tradicionales del victimario.

“No hay un gen de la violencia”: pedagogías de la crueldad

Las panelistas retomaron a la antropóloga Rita Segato para insistir en que la violencia sexual no proviene de una supuesta naturaleza masculina, sino de estructuras y pedagogías sociales que enseñan a ejercer poder a través del cuerpo de las mujeres. “No hay un gen de la violencia”, recordaron, subrayando que la excusa de la “incapacidad de contener los impulsos” funciona como coartada patriarcal y desvía la atención de la responsabilidad política y cultural.

En esa línea, se mencionó cómo en contextos como el conflicto armado colombiano los cuerpos de las mujeres han sido usados como botín de guerra por guerrillas, paramilitares e incluso agentes del Estado. La violencia sexual aparece entonces como un mensaje de dominio y disciplinamiento, no como un desbordamiento individual aislado. En palabras de una de las participantes, el caso Pelicot “nos recuerda la importancia de despatriarcalizar el mundo; el patriarcado no le hace bien a nadie, no le sirve a nadie”.

Comunidades de violadores y “escuelas de la violación”

El conversatorio también aludió a investigaciones recientes sobre comunidades de hombres que se organizan en línea para compartir manuales, dosificaciones de drogas y estrategias para drogar y violar a mujeres. Se habló de listas de reproducción, contenidos con millones de visualizaciones y foros donde se formulan deseos como “necesito violar a mi esposa” o “quiero violar a mi hermana”, lo que da cuenta de una red de socialización de la violencia mucho más extendida de lo que suele admitirse.

“Es la escuela de la violación”, se dijo, para enfatizar que estos espacios no son accidentes marginales, sino dispositivos que normalizan la agresión, exploran formas de eludir la responsabilidad legal y reafirman un mandato de masculinidad violenta. Estas prácticas dialogan de manera inquietante con casos como el de Pelicot y con crónicas de violencia sexual en Colombia, como las compiladas en “Expropiar el cuerpo” del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Cuando la víctima no encaja en el guion esperado

Uno de los ejes más fuertes de la conversación fue la revictimización. A partir del testimonio de Pelicot, las panelistas analizaron las expectativas sociales sobre cómo “debería” comportarse una víctima de violencia sexual: llorar, mostrarse destruida, renunciar al amor y al deseo, expresar odio absoluto hacia su agresor y romper cualquier vínculo con su historia previa.

En el libro, sin embargo, Pelicot se resiste a ese molde. Se niega a definirse solo como víctima, defiende la complejidad de su relación con Dominique y reconoce que no quiere borrar todo lo vivido antes de conocer la verdad. “El libro es un desespero de ella por no perder lo que fue antes de que se enterara”, explicó una de las invitadas, subrayando que el dolor más profundo de la autora no es solo lo que le hicieron, sino la soledad y la ruptura de sentido que deja la traición.

Esa postura hace que su comportamiento sea leído como sospechoso por abogados, jueces, incluso por personas cercanas. “¿Cómo así que está destrozada pero viene al juicio y no llora? ¿Cómo así que está destrozada pero sonríe en las fotos?”, cuestionan quienes esperan una performance específica del dolor para reconocer la legitimidad de la denuncia. La misma lógica afectó a la joven del caso de “la manada” en España, criticada por publicar una foto en redes tiempo después de la agresión.

Nombrar “monstruos” para no mirar la estructura

A partir de Hannah Arendt y la “banalidad del mal”, el conversatorio problematizó el uso del término “monstruo” para referirse a los agresores. Si se les coloca en una categoría excepcional, ajena a la normalidad social, se pierde de vista la continuidad entre el agresor y el entorno que lo habilita, lo protege o mira para otro lado.

“El riesgo de insistir en llamarlos monstruos es que se vuelve reduccionista”, apuntó una de las panelistas. Se tiende a pensar al agresor como un “pobre enfermo que no controla sus impulsos”, lo que desplaza la discusión de las estructuras patriarcales, las complicidades institucionales y las prácticas cotidianas que sostienen la violencia. Además, si el agresor es un monstruo fácilmente identificable, la culpa se desplaza a la mujer: “¿cómo no se dio cuenta de que vivía con un monstruo?”.

Entre el amor, la dignidad y la venganza

Hacia el cierre, las invitadas destacaron que “Un himno a la vida” no es solo un relato de horror, sino también una afirmación radical de dignidad. Pelicot reivindica la capacidad de seguir confiando en el amor, de rehacer la vida y de transformar su historia en bandera para otras mujeres que despiertan sin recordar qué les sucedió la noche anterior.

El conversatorio en FELVA 2026 insistió en que esa decisión de no reducirse al papel de víctima, de no abrazar el odio como único horizonte posible, incomoda ciertas expectativas militantes pero abre una discusión necesaria sobre las múltiples formas de resistir. En palabras de las panelistas, la historia de Pelicot recuerda que la lucha contra la violencia sexual pasa tanto por desmantelar el patriarcado como por defender el derecho de cada mujer a narrarse a sí misma, incluso cuando esa narración no encaja en el guion previsto.

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