Durante años se repitió que la política se ganaba en la calle. Que había que caminar por los barrios, llenar plazas y escuchar a la gente. Pero la elección del 31 de mayo dejó algo claro: hoy también se gana y a veces se define en el celular. No es un detalle menor. Es un cambio de fondo. La campaña presidencial no solo enfrentó ideas, sino formas distintas de entender el mundo digital. Y en ese terreno, hubo una diferencia evidente: una campaña entendió mejor cómo funciona el algoritmo.
Los datos lo dicen sin rodeos. Abelardo de la Espriella alcanzó picos de interacción de hasta 16%, con crecimientos de hasta 48.000 seguidores en periodos cortos. En redes como Instagram y TikTok, esos niveles son excepcionalmente altos para la política. Su contenido lograba circular, escalar y mantenerse visible durante días. Iván Cepeda, en cambio, se movió en rangos cercanos al 4.9% de engagement, con crecimientos entre 5.000 y 15.000 seguidores. Más estable, más institucional, pero claramente menos explosivo en términos de viralidad.
Y aquí aparece una verdad incómoda: en redes sociales, no siempre gana el que mejor explica, sino el que más logra mover emociones. La campaña de De la Espriella fue, en ese sentido, más efectiva. No necesariamente más profunda, pero sí más visible. Más fácil de consumir. Más diseñada para circular.











