Mayo, mes de las madres, suele reducirse a homenajes simbólicos que poco dialogan con la realidad cotidiana de millones de mujeres. En Valledupar, una lectura más fina, basada en la Encuesta de Percepción Ciudadana 2025, permite ir más allá de la celebración para entender las tensiones sociales que atraviesan a quienes, en la práctica, sostienen la vida urbana.
El análisis de los datos revela dos perfiles claramente diferenciados. De un lado, la mujer joven, entre 18 y 25 años, perteneciente a los estratos 1 y 2, que expresa una percepción mayoritariamente positiva sobre el rumbo de la ciudad. Del otro, la mujer mayor de 55 años, ubicada en estratos medios y altos, cuya lectura es más crítica y menos complaciente frente al desempeño urbano e institucional. Esta brecha estructural dice mucho sobre cómo se experimenta la ciudad desde posiciones sociales distintas.
El optimismo que nace desde abajo
En el primer perfil está la mujer joven, entre 18 y 25 años, resiliente, no es ingenua, pero sí profundamente adaptativa, el 64% de las mujeres encuestadas con percepción positiva del rumbo de la ciudad provienen de los estratos 1 y 2. Su percepción favorable no necesariamente refleja condiciones objetivas óptimas, sino una lectura comparativa: pequeñas mejoras en servicios, acceso a programas sociales o expectativas de movilidad educativa y laboral son suficientes para sostener una narrativa de progreso.
Encuesta de percepción ciudadana.
Aquí aparece un dato clave que suele pasar desapercibido: el 78% de las mujeres jóvenes ya están asumiendo una carga significativa de tareas de cuidado no remunerado, muy por encima del 23,6% de sus pares masculinos. Es decir, estudian o trabajan – muchas veces en condiciones informales – y, al mismo tiempo, cuidan, gestionan el hogar y sostienen redes familiares. Su optimismo, entonces, no es liviano, convive con una sobrecarga estructural que se viene acumulando desde temprana edad.
La mirada crítica desde la experiencia
El segundo perfil corresponde a una mujer mayor de 54 años, de estrato medio-alto, que difiere de la mujer joven ya descrita. El 49,6% de las mujeres encuestadas, con respuestas positivas, pertenecen a los estratos 4 al 6. Su percepción menos favorable del rumbo de la ciudad se explica por una combinación de factores: mayor exposición a servicios formales (y, por tanto, a sus fallas), estándares más altos de calidad urbana y una perspectiva histórica que permite identificar estancamientos o retrocesos.
Pero hay un elemento común con el primer grupo que merece subrayarse: también aquí el 70,7% de las mujeres asumen una carga desproporcionada de cuidado no remunerado frente al 29,1% de los hombres. Aunque en contextos económicos más estables. Esto muestra que la desigualdad en la distribución del tiempo no desaparece con el ingreso, cambia de forma, pero se mantiene.
La diferencia es que, mientras las mujeres jóvenes normalizan la precariedad y mantienen el optimismo sobre el rumbo de la ciudad, las mayores, con experiencia vivida en los avances y retrocesos de Valledupar, exteriorizan la insuficiencia institucional.
Más allá de estos dos perfiles emerge el grupo de las madres cabeza de hogar, que no siempre aparece con claridad en las estadísticas, pero que es fundamental para entender la dinámica urbana porque concentra las mayores tensiones entre el grupo familiar y la institucionalidad que no la protege.
En Valledupar, como en muchas ciudades intermedias del país, este grupo se concentra en los estratos 1 y 2, con edades entre los 30 y 50 años, ingresos inestables y alta inserción en la economía informal. Tienen entre 1 y 3 hijos, combinan tres jornadas simultáneas: generación de ingresos, trabajo doméstico y cuidado de dependientes. Su situación presenta rasgos estructurales persistentes: sobrecarga de roles, porque son proveedoras, también hacen el trabajo doméstico y son cuidadoras en contextos de baja corresponsabilidad; vulnerabilidad laboral, tiene ingresos volátiles en medio de una alta informalidad y carecen de una seguridad social efectiva; acceso limitado a servicios urbanos, se presenta déficit en cuidado infantil y barreras en salud y educación. Debido a la baja cobertura del SIVA, este grupo de mujeres debe acudir al mototaxi, lo cual para sus ingresos resulta costoso.
Además: redes de apoyo débiles, que las obliga a depender de soluciones informales como familia y vecinos, lo que hace invisible el problema ante la administración municipal; y carga de cuidado de hijos, hijas, adultos mayores o enfermos les resta oportunidades de movilidad social.
En conclusión, independientemente de su edad o estrato, las mujeres sostienen una carga desproporcionada de trabajo no remunerado que subsidia el funcionamiento de la ciudad. El optimismo de unas y la crítica de otras tienen un punto en común, ambas experiencias están atravesadas por una distribución desigual del cuidado.
Hablar de las madres en Valledupar no es solo hablar de afecto o reconocimiento. Es hablar de estructura social, de economía invisible y de desigualdad persistente.
Si Valledupar quiere mejorar sus indicadores, y no solo sus percepciones, necesita intervenir donde hoy descansa su equilibrio más frágil: el trabajo no remunerado de las mujeres. Porque una ciudad no se define únicamente por cómo crece, sino por cómo distribuye el esfuerzo de sostener la vida cotidiana y son las mujeres, y en particular las madres, quienes absorben las fallas del sistema urbano.
Recomendaciones
Desde Valledupar Cómo Vamos, presentamos algunas sugerencias a la institucionalidad municipal que van dirigidas a visibilizar los problemas y a atenderlos con diligencia en el inmediato plazo:
Revisar el alcance de los Hogares infantiles y Centros de Desarrollo Integral así como la posibilidad de contar con horarios extendidos; mejorar la cobertura y frecuencia de las rutas del SIVA; estudiar la posibilidad legal de integral el transporte público a la existente oferta de mototaxis; desarrollar estrategias sociales para involucrar a hombres en tareas de cuidado; apoyar a organizaciones locales que ya cumplen la función de cuidado de adultos mayores y personas enfermas.
POR VALLEDUPAR CÓMO VAMOS*
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