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¿Y por qué no hacer más festivales? Propusimos dos, Oviedo propone cuatro

Lo que entonces parecía una idea disruptiva, hoy, después del cierre del 59° Festival de la Leyenda Vallenata 2026, en homenaje a Rafael Orozco, Israel Romero y el Binomio de Oro de América, se presenta como una conclusión técnicamente verificable y económicamente impostergable.

¿Y por qué no hacer más festivales? Propusimos dos, Oviedo propone cuatro

¿Y por qué no hacer más festivales? Propusimos dos, Oviedo propone cuatro

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Hace un año sostuvimos, desde esta misma tribuna, una tesis que hoy dejó de ser una provocación intelectual para convertirse en una necesidad estructural: Valledupar no puede seguir dependiendo de un solo Festival Vallenato al año. Lo que entonces parecía una idea disruptiva, hoy, después del cierre del 59° Festival de la Leyenda Vallenata 2026, en homenaje a Rafael Orozco, Israel Romero y el Binomio de Oro de América, se presenta como una conclusión técnicamente verificable y económicamente impostergable. La ciudad vivió durante los últimos días una evidencia empírica imposible de ignorar: el vallenato es un movimiento, una expresión cultural, un patrimonio sentimental del Caribe colombiano; es, en términos rigurosos, el principal activo económico de Valledupar. Y como todo activo estratégico, no puede explotarse apenas una vez por año.

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El debate ha sido reactivado por Juan Daniel Oviedo, quien propone no dos, sino cuatro festivales vallenatos anuales. Su planteamiento, que para algunos luce desmesurado, merece una lectura menos emocional y más técnica. No se trata de multiplicar conciertos por entusiasmo romántico ni de convertir la tradición en una franquicia folclórica. Se trata, en esencia, de preguntarnos si Valledupar está preparada para reconocer jurídicamente lo que ya ocurre de facto: que el vallenato es hoy su industria cultural más rentable, más exportable y más sostenible.

El Festival Vallenato 2026 fue, en ese sentido, un peritaje económico en tiempo real, una fiesta multitudinaria, un homenaje engalanado al Binomio de Oro. Fue una demostración de capacidad instalada, una auditoría espontánea de la economía local y un experimento exitoso de activación masiva del consumo. Más de 230.000 visitantes se proyectaron para esta edición, con una ciudad movilizada en todos sus frentes: hotelería, transporte, gastronomía, comercio formal, economía popular, entretenimiento, logística y servicios conexos.

Los datos no mienten. La presión sobre la infraestructura de transporte fue tan intensa que la limitada oferta aérea disparó tarifas de vuelos hasta los 1,9 millones de pesos, mientras el transporte terrestre se convirtió en la principal válvula de acceso a la ciudad. El Aeropuerto Alfonso López, la Terminal de Transportes, el SIVA y la red hotelera operaron al límite de su capacidad. La ciudad, en otras palabras, se llenó, y cuando Valledupar se llena, la economía se alienta. El taxista facturó, el hotelero se recuperó, el vendedor informal vendió, el arrendador temporal ocupó, el músico tocó, el restaurante rotó mesas, el mototaxista hizo más carreras, el artesano vendió; la ciudad, por unos días, dejó de sobrevivir para comenzar a producir.

Ese es el verdadero núcleo del debate. Quienes se oponen a pensar en dos o más festivales parten de una premisa equivocada: creen que el Festival Vallenato es únicamente una celebración cultural. No lo es. Es una plataforma de desarrollo económico con efectos multiplicadores reales. Es, en términos de política pública, una industria naranja con externalidades directas sobre el empleo, el turismo, el comercio y la identidad territorial. El homenaje al Binomio de Oro, además, demostró otra verdad que la administración pública aún no ha querido leer con suficiente inteligencia: el vallenato no es polivalente, tiene nichos, públicos, generaciones y mercados diferenciados. El éxito del enfoque “vallenato romántico” validó una hipótesis que venimos sosteniendo hace tiempo: el género puede segmentarse sin fragmentarse. En términos de mercado cultural, esto significa algo decisivo: sí es posible diseñar festivales temáticos sin canibalizar el festival madre. Así: un festival de raíz y tradición; un festival de vallenato contemporáneo y comercial; un festival internacional de integración musical; un festival académico, literario y patrimonial del Caribe sonoro. Y ellos no son excluyentes, todo lo contrario, se complementan, y allí radica el punto de equilibrio entre nuestra tesis y la propuesta de Oviedo.

Cuatro festivales al año no son una locura conceptual; son una posibilidad de largo plazo. Desde una perspectiva jurídica, administrativa y presupuestal, Valledupar debe empezar por la expansión ordenada, así como por la institucionalización inteligente. Antes que cantidad, se requiere arquitectura institucional. Antes que exuberancia programática, se necesita sostenibilidad. Por eso sigo sosteniendo que dos festivales al año no son una utopía: son el punto exacto de maduración del modelo.

Dos festivales permiten, primero, desconcentrar el poder simbólico y operativo que históricamente ha monopolizado una sola temporada y una sola estructura organizativa; democratizan el escenario, permiten la circulación de nuevos talentos, nuevos formatos, nuevas audiencias y nuevas economías culturales. Segundo, permiten distribuir la presión logística. El Festival 2026 evidenció fortalezas, pero también límites: saturación vial, presión sobre el alojamiento, debilidades en seguridad, sobrecostos, episodios de hurto y congestión operativa. Dos festivales permitirían repartir la carga, corregir errores y profesionalizar la gestión del turismo cultural. Tercero, permiten planificación tributaria y crecimiento sostenido. Una economía que solo se activa intensamente durante una semana al año no es una economía robusta: es una economía estacional. Y las economías estacionales son vulnerables, frágiles y fiscalmente limitadas. Valledupar necesita convertir su principal pico cultural en una curva anual de productividad, y ese es el verdadero debate de fondo. El vallenato ya demostró que puede llenar hoteles, mover aeropuertos, tensionar rutas, atraer inversión, activar empleo y exportar ciudad. Tenemos la experiencia, el mercado; incorporemos la visión. La academia enseña que las ciudades que sobreviven no son las que conservan sus tradiciones como reliquias, sino las que aprenden a convertirlas en sistemas productivos sostenibles. Valledupar tiene en el vallenato no solo su alma cultural, sino su mejor política pública de desarrollo económico.

El Kuncho: Jorge Oñate dejó varios legados musicales, súmele la tradición de acompañar a sus compañeros de fórmula, como fueron Miguel y Álvaro López entre otros; Silvestre parece recoger también ese extraordinario acompañamiento. Al “Morocho” felicitaciones, al nuevo Rey el de mis apellidos invertidos, José Juan Camilo Guerra Mendoza. Propusimos dos festivales. Oviedo propone cuatro; el tiempo dirá.

Por: Luis José Mendoza Guerra.

Abogado, docente investigador y doctor en Ciencias de la Educación

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