Hace un año sostuvimos, desde esta misma tribuna, una tesis que hoy dejó de ser una provocación intelectual para convertirse en una necesidad estructural: Valledupar no puede seguir dependiendo de un solo Festival Vallenato al año. Lo que entonces parecía una idea disruptiva, hoy, después del cierre del 59° Festival de la Leyenda Vallenata 2026, en homenaje a Rafael Orozco, Israel Romero y el Binomio de Oro de América, se presenta como una conclusión técnicamente verificable y económicamente impostergable. La ciudad vivió durante los últimos días una evidencia empírica imposible de ignorar: el vallenato es un movimiento, una expresión cultural, un patrimonio sentimental del Caribe colombiano; es, en términos rigurosos, el principal activo económico de Valledupar. Y como todo activo estratégico, no puede explotarse apenas una vez por año.
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El debate ha sido reactivado por Juan Daniel Oviedo, quien propone no dos, sino cuatro festivales vallenatos anuales. Su planteamiento, que para algunos luce desmesurado, merece una lectura menos emocional y más técnica. No se trata de multiplicar conciertos por entusiasmo romántico ni de convertir la tradición en una franquicia folclórica. Se trata, en esencia, de preguntarnos si Valledupar está preparada para reconocer jurídicamente lo que ya ocurre de facto: que el vallenato es hoy su industria cultural más rentable, más exportable y más sostenible.






