VALLEDUPAR

El efecto Wow; transformación de los modos en tiempos vertiginosos

Durante siglos, la historia que caminó y corrió hoy vuela, creando nuevas narrativas con frases como “Siri, crea un ensayo argumentado sobre el efecto Wow en la gente floja”, o “Dola, dame ideas de emprendimiento de venta de jugos de mandarina en leche”.

Imagen generada por Gemini

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El efecto Wow es la capacidad de sorprender, fascinar y emocionar mediante experiencias memorables que generan un impacto duradero o, como lo explicaría un costeño, es cuando una vaina te sorprende tanto que tú dices “¡guaooo!”. La mayor sorpresa de nuestra era es que ya nada nos sorprende y, sin embargo, todo debería hacerlo; lo extraordinario se volvió cotidiano, la ciencia ficción es ficción real, todo llega más rápido, todo cambia antes de que lo entendamos, y lo imposible es habitual. En Asia —especialmente en China—, empresas tecnológicas y manufactureras han reducido significativamente su personal operativo, para transformarlo: capacitación en análisis de datos, supervisión de algoritmos, gestión de sistemas automatizados.  La misión del ser humano, de ahora en más, es la de interpretar, decidir, corregir. Es un fenómeno global; está pasando en Silicon Valley, en el Vaticano y está pasando aquí, en el Caribe colombiano, en Valledupar. Pasa en cada esquina donde alguien paga con el celular, aprende desde YouTube o resuelve un problema con una inteligencia artificial. La realidad, otrora ficción es que el tiempo se aceleró, más rápido que la percepción que de ello teníamos. 

Durante siglos, la historia que caminó y corrió hoy vuela, creando nuevas narrativas con frases como “Siri, crea un ensayo argumentado sobre el efecto Wow en la gente floja”, o “Dola, dame ideas de emprendimiento de venta de jugos de mandarina en leche”. Lo que antes tomaba generaciones —cambios tecnológicos, transformaciones sociales, evolución del conocimiento— hoy ocurre en cuestión de meses, días, minutos. (prontamente a la velocidad del pensamiento, que es más rápida que la velocidad de 300.000 km/s de la luz en el vacío). lo estamos viviendo de forma tangible: La masificación de pagos digitales en cuestión de pocos años , el salto de la educación presencial rígida a modelos híbridos y virtuales, la adopción acelerada de herramientas de inteligencia artificial en empresas, universidades y negocios informales.  Esa tecnología progresiva y hasta exclusiva “tecnología globalizada”, de otros pueblos, hoy es herramienta diaria en barrios, oficinas y universidades, de Valledupar, donde se publicitan cuentos del “Cacique” o de “Oñate” representadas por su imagen residual, o avatares o creaciones con IA que de manera didáctica “cumplen” su objetivo de hacer marketing, viralizar, vender. 

Un ejemplo claro de esta revolución es el ecosistema digital impulsado por iniciativas como el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, que ha promovido conectividad, digitalización y acceso a herramientas tecnológicas incluso en regiones históricamente rezagadas, lo que ha permitido que en la vida diaria: un emprendedor venda por redes sociales sin tener tienda física; un joven edite contenido digital para redes con inteligencia artificial; negocios que nacen en Instagram o WhatsApp y facturan sin infraestructura tradicional. Educación paralela: jóvenes que, además de estudiar, se forman en plataformas digitales, programación, diseño, marketing… sin salir de su casa. Automatización: profesionales que delegan tareas en herramientas digitales. Un campesino consulta precios y clima desde su celular. Lo que era aspiracional hace 10 años ya es un cambio cultural acelerado y transformador de los modos de vida, lo que nos lleva a preguntas incomodas que debemos hacernos, tal como: ¿tiene sentido estudiar 5 o más años para un mundo que cambia ahora más rápido que a lo largo de su historia? El modelo tradicional de educación fue positivo; hoy las novedosas generaciones lo catalogan de lento, rígido, acumulativo y, lógicamente, deja de ser coherente con la velocidad del presente.

El kuncho 

Lo bueno: hace no mucho, hablar con alguien en otro país era un lujo, crear contenido requería equipos profesionales, acceder al conocimiento era un privilegio; hoy todo ello se obtiene al optimizar instrucciones, también denominado “prompts”. 

Lo malo: la tecnología prometía liberarnos, pero nos saturó.  Poseemos más herramientas, más información, pero también más ansiedad, más presión y depresión. 

Ñapita: Los pregrados y posgrados ya están siendo más cortos (máximo 2 años). Si estamos viviendo la mayor transformación de la historia humana en tiempo real, tengamos más tiempo real.

Por: Luis José Mendoza Guerra

Abogado, docente-investigador, doctor en Ciencias de la Educación.

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