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Columnista - 30 marzo, 2010

Un respiro, pero el viacrucis continúa

BITÁCORA Por: Oscar Ariza Daza Este país de infinitos verdes y cantos alados se escurre en rojo y negro frente al dolor de las familias de los secuestrados. De sur a norte vuelven a rugir los disparos sobre el clamor por la vida y la súplica de las madres que hoy tienen algo de consolación […]

BITÁCORA

Por: Oscar Ariza Daza

Este país de infinitos verdes y cantos alados se escurre en rojo y negro frente al dolor de las familias de los secuestrados. De sur a norte vuelven a rugir los disparos sobre el clamor por la vida y la súplica de las madres que hoy tienen algo de consolación en la esperanza de tener los restos de sus hijos muertos en cautiverio,  vuelve a surgir con la liberación del soldado Calvo y la promesa de libertad para Moncayo.  Gestos como éstos, se convierten en una buena posibilidad de reconciliación nacional y de paliativo, aunque absurdo, al menos tranquilizante para los familiares de los investigadores del CTI y la mamá del coronel Guevara.

El proyecto de seguridad democrática aunque exitoso, también  produjo miles de muertos frente al acoso por resultados inmediatos que condujeron A falsos positivos, deteriorando la imagen de Colombia y su política de defensa de los derechos humanos. Aún así, los heraldos negros de la muerte siguen indiferentes ante tanto clamor de vida que se agolpa en lágrimas de quienes esperan ver en televisión el arribo de sus familiares liberados de o por  las manos de  asesinos, cobardes e indolentes, que juegan con el destino de hombres que tienen derecho a ser felices, a jugar con sus  niños,  a cultivar sus tierras, a abrazar a sus seres queridos e incluso a enterrar  sus muertos.

Para hoy está anunciada la liberación del sargento Moncayo; acto apenas justo frente a tanta plegaria que su padre ha hecho después de convertirse en el más famoso trotamundos de la paz en Colombia. Sin embargo, siguen secuestrados muchos vivos y muertos; por eso, desde este espacio exigimos a todos los violentos enemigos del pueblo que regresen a esos compatriotas que se están pudriendo en la selva, pues a pesar de su sordera, la fe sigue puesta en Dios, como una forma de no sucumbir ante la barbarie.

Es imperativo que los miles de colombianos secuestrados regresen  vivos, para que puedan verlos, tocarlos, olerlos y sentir que vale la pena tener esperanza y fe en Colombia. Los familiares los quieren vivos para contarles como ha sido todo en su ausencia, para gozar juntos un plato de comida  al calor de familia y mostrarles cómo la vida persistió en cada rincón de la casa a pesar del suplicio de la espera.

La exigencia es también para que devuelvan a los muertos, porque sus familiares tienen derecho a llorar frente a sus restos, a convivir con la certeza que supere la incertidumbre, a invocarlos en el amor, ponerles el vaso de agua para su sed de vida truncada, llevarles flores a sus tumbas, para pedirles algún favor o fortaleza en la crisis, porque los muertos hacen parte de sus vidas.

Frente a tanto clamor nacional, muchos siguen indiferentes y prefirieren el silencio, tal vez como respuesta a los mismos fenómenos de violencia y corrupción que han padecido, hasta el preocupante estado de que ya nada afecta. Indiferencia convertida en una marca profunda, arraigada al devenir histórico del país, en la medida en que las mismas irregularidades del proceso socio histórico se explican por el modo cómo la razón en su forma ilustrada e instrumental se mezcló con esquemas religiosos y premodernos que sentaron los primeros gérmenes de la discriminación, corrupción y violencia.

La  indiferencia de la que tanto he insistido, surge del hecho de que las instituciones y los procesos sociales han marginado los valores ilustrados, dando pie a prácticas corruptas, injustas y de exclusión, pero que en contrasentido, está suscitando la respuesta de sectores que ya no resisten más la ignominia con la que se actúa sin ponderación alguna, pues ya es tiempo de vencer los miedos y proponer la vida como único fundamento de progreso.

Frente al secuestro, nuestra respuesta debe seguir siendo el vivir,  soñar un país mejor, con el respeto y la libertad  refundando el orden, para que brille por encima del caos, con un verde esperanza que supere los árboles, los ríos y el viento, para que más allá de las balas y los asesinos miserables de la patria, que se ocultan tras un arma para sentirse fuertes y valientes, aún nos quede la posibilidad de perdón y reconciliación, la búsqueda de Dios vuelta norma, junto con el gozo por la libertad y el respeto hacia los demás.

¡Bienvenidos a la libertad Soldado Calvo y Sargento Moncayo!

[email protected]

Columnista
30 marzo, 2010

Un respiro, pero el viacrucis continúa

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Oscar Ariza Daza

BITÁCORA Por: Oscar Ariza Daza Este país de infinitos verdes y cantos alados se escurre en rojo y negro frente al dolor de las familias de los secuestrados. De sur a norte vuelven a rugir los disparos sobre el clamor por la vida y la súplica de las madres que hoy tienen algo de consolación […]


BITÁCORA

Por: Oscar Ariza Daza

Este país de infinitos verdes y cantos alados se escurre en rojo y negro frente al dolor de las familias de los secuestrados. De sur a norte vuelven a rugir los disparos sobre el clamor por la vida y la súplica de las madres que hoy tienen algo de consolación en la esperanza de tener los restos de sus hijos muertos en cautiverio,  vuelve a surgir con la liberación del soldado Calvo y la promesa de libertad para Moncayo.  Gestos como éstos, se convierten en una buena posibilidad de reconciliación nacional y de paliativo, aunque absurdo, al menos tranquilizante para los familiares de los investigadores del CTI y la mamá del coronel Guevara.

El proyecto de seguridad democrática aunque exitoso, también  produjo miles de muertos frente al acoso por resultados inmediatos que condujeron A falsos positivos, deteriorando la imagen de Colombia y su política de defensa de los derechos humanos. Aún así, los heraldos negros de la muerte siguen indiferentes ante tanto clamor de vida que se agolpa en lágrimas de quienes esperan ver en televisión el arribo de sus familiares liberados de o por  las manos de  asesinos, cobardes e indolentes, que juegan con el destino de hombres que tienen derecho a ser felices, a jugar con sus  niños,  a cultivar sus tierras, a abrazar a sus seres queridos e incluso a enterrar  sus muertos.

Para hoy está anunciada la liberación del sargento Moncayo; acto apenas justo frente a tanta plegaria que su padre ha hecho después de convertirse en el más famoso trotamundos de la paz en Colombia. Sin embargo, siguen secuestrados muchos vivos y muertos; por eso, desde este espacio exigimos a todos los violentos enemigos del pueblo que regresen a esos compatriotas que se están pudriendo en la selva, pues a pesar de su sordera, la fe sigue puesta en Dios, como una forma de no sucumbir ante la barbarie.

Es imperativo que los miles de colombianos secuestrados regresen  vivos, para que puedan verlos, tocarlos, olerlos y sentir que vale la pena tener esperanza y fe en Colombia. Los familiares los quieren vivos para contarles como ha sido todo en su ausencia, para gozar juntos un plato de comida  al calor de familia y mostrarles cómo la vida persistió en cada rincón de la casa a pesar del suplicio de la espera.

La exigencia es también para que devuelvan a los muertos, porque sus familiares tienen derecho a llorar frente a sus restos, a convivir con la certeza que supere la incertidumbre, a invocarlos en el amor, ponerles el vaso de agua para su sed de vida truncada, llevarles flores a sus tumbas, para pedirles algún favor o fortaleza en la crisis, porque los muertos hacen parte de sus vidas.

Frente a tanto clamor nacional, muchos siguen indiferentes y prefirieren el silencio, tal vez como respuesta a los mismos fenómenos de violencia y corrupción que han padecido, hasta el preocupante estado de que ya nada afecta. Indiferencia convertida en una marca profunda, arraigada al devenir histórico del país, en la medida en que las mismas irregularidades del proceso socio histórico se explican por el modo cómo la razón en su forma ilustrada e instrumental se mezcló con esquemas religiosos y premodernos que sentaron los primeros gérmenes de la discriminación, corrupción y violencia.

La  indiferencia de la que tanto he insistido, surge del hecho de que las instituciones y los procesos sociales han marginado los valores ilustrados, dando pie a prácticas corruptas, injustas y de exclusión, pero que en contrasentido, está suscitando la respuesta de sectores que ya no resisten más la ignominia con la que se actúa sin ponderación alguna, pues ya es tiempo de vencer los miedos y proponer la vida como único fundamento de progreso.

Frente al secuestro, nuestra respuesta debe seguir siendo el vivir,  soñar un país mejor, con el respeto y la libertad  refundando el orden, para que brille por encima del caos, con un verde esperanza que supere los árboles, los ríos y el viento, para que más allá de las balas y los asesinos miserables de la patria, que se ocultan tras un arma para sentirse fuertes y valientes, aún nos quede la posibilidad de perdón y reconciliación, la búsqueda de Dios vuelta norma, junto con el gozo por la libertad y el respeto hacia los demás.

¡Bienvenidos a la libertad Soldado Calvo y Sargento Moncayo!

[email protected]