Los recicladores viven y dependen de lo que otros botan. La basura de unos es el tesoro de otros, dice el reconocido refrán. Y en medio de la coyuntura económica de Valledupar, definida por el desempleo, reciclar es la oportunidad para ganarse la vida.
De forma directa, solo en la recicladora El Progreso de Valledupar trabajan 18 personas, pero de forma indirecta, aquellos que se ganan la vida recorriendo la ciudad acompañados de una carretilla, generan ingresos más de una centena de personas. Como esta, hay casi una veintena de empresas recicladoras en Valledupar. En el país, son más de 300 organizaciones de recicladores formalizadas.
Antes de que el fragor de la ciudad despierte, el ruido no hace pausa en las amplias bodegas de El Progreso. En el ambiente se entrecruza el estallido del aluminio y el hierro que cargan en las mulas, los sacos llenos de plásticos que tiran sobre la báscula, el cartón que revisan antes de pesarlo, los residuos que venden por pedazos y los diálogos de quienes reciben el pago de varios kilómetros de caminatas. Es el mercado público de la basura comercial.










