Publicidad
Categorías
Categorías
Editorial - 16 abril, 2010

Tino y prudencia en las relaciones con Venezuela

En los últimos meses se han presentado múltiples y diversos roces entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, algunas veces por iniciativa de Caracas y otras por incomprensiones desde Bogotá. El comercio binacional, por ejemplo, se encuentra prácticamente paralizado por la terquedad del Presidente Chávez quien ha politizado el tema económico y ha preferido comprar […]

En los últimos meses se han presentado múltiples y diversos roces entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, algunas veces por iniciativa de Caracas y otras por incomprensiones desde Bogotá. El comercio binacional, por ejemplo, se encuentra prácticamente paralizado por la terquedad del Presidente Chávez quien ha politizado el tema económico y ha preferido comprar a Argentina y Brasil productos que antes importaba desde Colombia.
Adicionalmente, se han presentado casos de masacres, detenciones aparentemente arbitrarias y declaraciones disonantes a lado y lado de funcionarios de ambos gobiernos; una de estas fue la desafortunada declaración del canciller del vecino país, Nicolás Maduro, quien dijo hace pocos días que su gobierno esperaba que hubiera el cambio de Presidente en Colombia, antes de normalizar las relaciones.
Ante todo lo anterior, algunos funcionarios del gobierno de Colombia en lugar de buscar un manejo prudente a la situación, se dedican a “echarle más leña al fuego”, como el comunicado expedido por el Ministerio de Relaciones Exteriores en el cual se hacen advertencias tremendistas a los colombianos, en caso de viajar a Venezuela. Por supuesto, el comunicado generó reacciones de rechazo en los dos países y afectó el ingreso diario de los nacionales al vecino país.
Este comunicado es, sin lugar a dudas, una salida en falso del canciller, Jaime Bermúdez, quien se había caracterizado por ser un funcionario prudente y conciliador en ocasiones anteriores. En lugar de haber expedido el comunicado se hubiera podido instruir a los funcionarios de inmigración para sugerirles a los colombianos algunas precauciones en caso de viajar; es decir, hacer las recomendaciones con mayor discreción.
Y para rematar, el vicepresidente Francisco Santos Calderón, quien no se ha caracterizado –precisamente- por la prudencia en las declaraciones durante su gestión consideró una imbecilidad de gobierno no haber hecho antes estas advertencias. Peor todavía.
Por supuesto que Colombia debe velar por el respeto a los derechos de sus nacionales, en cualquier parte del mundo, pero de allí a exagerar los problemas y a manejarlos por la diplomacia de los micrófonos, como se dice hay mucho trecho.
El gobierno nacional podría llamar a consultas a su embajadora, María Luisa Chiape, que es una economista brillante y cautelosa funcionaria, con el fin de analizar detenidamente la situación, teniendo en cuenta los intereses de los colombianos hoy afectados por detenciones y eventuales atropellos por parte del gobierno de Venezuela, pero lo más importante es volver a tratar de restablecer unas relaciones normales, principalmente desde el punto de vista económico y comercial, en lugar de estar creando más alarmismo y afectando la vida en la amplia frontera común que comprende muy bien, y en su vida cotidiana, que estos dos países se necesitan.
La política de las relaciones exteriores del país se deben manejar con cabeza fría, insistimos, con prudencia y con tino; y no con declaraciones a la ligera que lo que terminan por producir son más complicaciones a los problemas existentes. Para nadie es un secreto, la animadversión de Chávez hacia Juan Manuel Santos y viceversa, dejar que las relaciones se agraven en pleno proceso político sería un grave error y esto, tarde o temprano, terminarán pagándolo los empresarios y los consumidores, el pueblo-pueblo de acá y de allá.
Los casos concretos de violaciones de los derechos consulares y humanos de los colombianos allá, se deben llevar a las instancias internacionales que correspondan, pero no es sano que se les diga a los colombianos, en la práctica, que se abstengan de viajar al vecino país. Y ayer en las últimas horas, el canciller Bermúdez trató de rectificar lo que había dicho, pero ya era demasiado tarde y el daño ya estaba hecho. Insistimos, se requiere mucha cabeza fría, una visión integral y de largo plazo y mucho tino y prudencia en el manejo de las relaciones entre Colombia y Venezuela, como se dice popularmente “el palo no está para cucharas”.

Editorial
16 abril, 2010

Tino y prudencia en las relaciones con Venezuela

En los últimos meses se han presentado múltiples y diversos roces entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, algunas veces por iniciativa de Caracas y otras por incomprensiones desde Bogotá. El comercio binacional, por ejemplo, se encuentra prácticamente paralizado por la terquedad del Presidente Chávez quien ha politizado el tema económico y ha preferido comprar […]


En los últimos meses se han presentado múltiples y diversos roces entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, algunas veces por iniciativa de Caracas y otras por incomprensiones desde Bogotá. El comercio binacional, por ejemplo, se encuentra prácticamente paralizado por la terquedad del Presidente Chávez quien ha politizado el tema económico y ha preferido comprar a Argentina y Brasil productos que antes importaba desde Colombia.
Adicionalmente, se han presentado casos de masacres, detenciones aparentemente arbitrarias y declaraciones disonantes a lado y lado de funcionarios de ambos gobiernos; una de estas fue la desafortunada declaración del canciller del vecino país, Nicolás Maduro, quien dijo hace pocos días que su gobierno esperaba que hubiera el cambio de Presidente en Colombia, antes de normalizar las relaciones.
Ante todo lo anterior, algunos funcionarios del gobierno de Colombia en lugar de buscar un manejo prudente a la situación, se dedican a “echarle más leña al fuego”, como el comunicado expedido por el Ministerio de Relaciones Exteriores en el cual se hacen advertencias tremendistas a los colombianos, en caso de viajar a Venezuela. Por supuesto, el comunicado generó reacciones de rechazo en los dos países y afectó el ingreso diario de los nacionales al vecino país.
Este comunicado es, sin lugar a dudas, una salida en falso del canciller, Jaime Bermúdez, quien se había caracterizado por ser un funcionario prudente y conciliador en ocasiones anteriores. En lugar de haber expedido el comunicado se hubiera podido instruir a los funcionarios de inmigración para sugerirles a los colombianos algunas precauciones en caso de viajar; es decir, hacer las recomendaciones con mayor discreción.
Y para rematar, el vicepresidente Francisco Santos Calderón, quien no se ha caracterizado –precisamente- por la prudencia en las declaraciones durante su gestión consideró una imbecilidad de gobierno no haber hecho antes estas advertencias. Peor todavía.
Por supuesto que Colombia debe velar por el respeto a los derechos de sus nacionales, en cualquier parte del mundo, pero de allí a exagerar los problemas y a manejarlos por la diplomacia de los micrófonos, como se dice hay mucho trecho.
El gobierno nacional podría llamar a consultas a su embajadora, María Luisa Chiape, que es una economista brillante y cautelosa funcionaria, con el fin de analizar detenidamente la situación, teniendo en cuenta los intereses de los colombianos hoy afectados por detenciones y eventuales atropellos por parte del gobierno de Venezuela, pero lo más importante es volver a tratar de restablecer unas relaciones normales, principalmente desde el punto de vista económico y comercial, en lugar de estar creando más alarmismo y afectando la vida en la amplia frontera común que comprende muy bien, y en su vida cotidiana, que estos dos países se necesitan.
La política de las relaciones exteriores del país se deben manejar con cabeza fría, insistimos, con prudencia y con tino; y no con declaraciones a la ligera que lo que terminan por producir son más complicaciones a los problemas existentes. Para nadie es un secreto, la animadversión de Chávez hacia Juan Manuel Santos y viceversa, dejar que las relaciones se agraven en pleno proceso político sería un grave error y esto, tarde o temprano, terminarán pagándolo los empresarios y los consumidores, el pueblo-pueblo de acá y de allá.
Los casos concretos de violaciones de los derechos consulares y humanos de los colombianos allá, se deben llevar a las instancias internacionales que correspondan, pero no es sano que se les diga a los colombianos, en la práctica, que se abstengan de viajar al vecino país. Y ayer en las últimas horas, el canciller Bermúdez trató de rectificar lo que había dicho, pero ya era demasiado tarde y el daño ya estaba hecho. Insistimos, se requiere mucha cabeza fría, una visión integral y de largo plazo y mucho tino y prudencia en el manejo de las relaciones entre Colombia y Venezuela, como se dice popularmente “el palo no está para cucharas”.