En Colombia se han implementado normas que regulan el proceso de producción, insumos y calidad de los productos ecológicos, por lo que el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural ha creado el sello “Alimento ecológico”, con un manejo de estas prácticas que deben ser sostenibles hasta el consumidor final. Sin embargo, muchas veces no se cumplen.
Hoy en día, la humanidad está azotada por modernas calamidades que surgen de la industria alimentaria y de las economías familiares que, tal vez por ignorancia, consumen el “combustible interno” sin reflexionar sobre el impacto que este tiene sobre sus cuerpos. Todo inicia con el consumo incorrecto de grasas de aceites desnaturalizados (refinados), procedentes de cultivos genéticamente modificados como algodón, girasol, maíz y soya, resistentes a plagas por contener moléculas de una bacteria que controla larvas de lepidópteros. Así mismo, contienen moléculas de glifosato, herbicida que ha sido polémico por su efecto cancerígeno. De estos cultivos se extraen aceites con solventes químicos derivados del petróleo como el hexano o gasolina, además de blanqueadores y desodorizadores que eliminan al final los ácidos grasos esenciales, volviéndolos grasas trans y destruyendo enzimas, vitaminas y minerales.
El resultado final es un aceite muerto, con nefastas consecuencias para la salud del organismo humano. Peor aún sucede con las margarinas, que se obtienen calentando por segunda vez el aceite vegetal hasta los 180 grados centígrados, aplicando átomos de hidrógeno y níquel hasta endurecerlo. Es un producto cuya incidencia es más elevada en enfermedades coronarias y cáncer que otras grasas trans. En contraste, las grasas animales de cerdo o de res se consideran menos nocivas, razón por la cual han vuelto a comercializarse en los mercados.











