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Columnista - 14 septiembre, 2013

Premio por ventanilla

Nueve meses de labores de parto tuvieron que pasar para que me pagaran el premio del segundo Salón Departamental de Artes Visuales de La Guajira, que recibí por ventanilla y ya me gasté. Y pensar que estuve confiado en embolsármelo puntualmente al finalizar el salón, en el dos mil doce.

Por Jarol Ferreira Acosta

Nueve meses de labores de parto tuvieron que pasar para que me pagaran el premio del segundo Salón Departamental de Artes Visuales de La Guajira, que recibí por ventanilla y ya me gasté. Y pensar que estuve confiado en embolsármelo puntualmente al finalizar el salón, en el dos mil doce.

Porque esta historia empezó el ventipico de diciembre del dos mil doce, cuando luego de una racha sin billetes, la noticia del premio significaba para mí recibir de aguinaldo un salvavidas.

Pero cuando los gobiernos cambian, la burocracia se constriñe; eso, y que los organizadores se gastaron la plata que el Fondo Mixto les había entregado para el desarrollo del evento.

Se enredó tanto el asunto que casi hubo un enfrentamiento entre uno de los representantes de la fundación organizadora y el gerente del fondo, que asumió la cuestión como un malentendido y se comprometió a pagarme lo antes posible. Lo hago por mantener la credibilidad en las instituciones- me dijo-.

Si sumara las monedas que gasté llamando a cobrar, el total daría más. Cada cierto tiempo: un mes, dos semanas, un par de días, media jornada; dependiendo, llamaba con disciplina a quienes me daban razón del proceso en el que estaban los recursos.

Los organizadores de la fundación eran cordiales al teléfono, pero sospechaba que en el momento en el que mi asedio cesara seguramente también lo haría el tema dentro de sus  asuntos pendientes.

Apenas empezaban mis penurias con las enfermedades y la muerte en mi familia, y el galardón en ese momento habría sido  un aliciente para mis calamidades sin la indignidad de no tener ni un peso en una situación de ese calibre.

Además, habría sido la oportunidad perfecta para demostrarle a mi mamá que el arte si paga, que no es un oficio de perdedores, algo que nadie valora. Pero no, nunca se dio; mi mamá murió pensando en lo patética de mi situación, mes y pico antes de que la módica suma y sus alivios llegaran a mi cuenta.

Afortunadamente me pagaron. El mismo gerente llamó a decirme que la cuenta estaba lista, que cuando quisiera podía pasar a recoger el saldo.

Al día siguiente a primera hora estuve en su oficina y luego del papeleo recibí el cheque, posando frente a un iPhone que registró el cuadro como evidencia para evitar futuras confusiones.

Al salir iban entrando los representantes de la fundación organizadora, andaban gestionando capital para el  salón de este año. Nos saludamos y les conté que acababan de pagarme. No nos avisaron, pa venir a tomarnos la foto- dijo con cinismo uno de los tipos. Me despedí, fui al banco y consigné el premio, que duró un par de días más en canje. 

Columnista
14 septiembre, 2013

Premio por ventanilla

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Jarol Ferreira

Nueve meses de labores de parto tuvieron que pasar para que me pagaran el premio del segundo Salón Departamental de Artes Visuales de La Guajira, que recibí por ventanilla y ya me gasté. Y pensar que estuve confiado en embolsármelo puntualmente al finalizar el salón, en el dos mil doce.


Por Jarol Ferreira Acosta

Nueve meses de labores de parto tuvieron que pasar para que me pagaran el premio del segundo Salón Departamental de Artes Visuales de La Guajira, que recibí por ventanilla y ya me gasté. Y pensar que estuve confiado en embolsármelo puntualmente al finalizar el salón, en el dos mil doce.

Porque esta historia empezó el ventipico de diciembre del dos mil doce, cuando luego de una racha sin billetes, la noticia del premio significaba para mí recibir de aguinaldo un salvavidas.

Pero cuando los gobiernos cambian, la burocracia se constriñe; eso, y que los organizadores se gastaron la plata que el Fondo Mixto les había entregado para el desarrollo del evento.

Se enredó tanto el asunto que casi hubo un enfrentamiento entre uno de los representantes de la fundación organizadora y el gerente del fondo, que asumió la cuestión como un malentendido y se comprometió a pagarme lo antes posible. Lo hago por mantener la credibilidad en las instituciones- me dijo-.

Si sumara las monedas que gasté llamando a cobrar, el total daría más. Cada cierto tiempo: un mes, dos semanas, un par de días, media jornada; dependiendo, llamaba con disciplina a quienes me daban razón del proceso en el que estaban los recursos.

Los organizadores de la fundación eran cordiales al teléfono, pero sospechaba que en el momento en el que mi asedio cesara seguramente también lo haría el tema dentro de sus  asuntos pendientes.

Apenas empezaban mis penurias con las enfermedades y la muerte en mi familia, y el galardón en ese momento habría sido  un aliciente para mis calamidades sin la indignidad de no tener ni un peso en una situación de ese calibre.

Además, habría sido la oportunidad perfecta para demostrarle a mi mamá que el arte si paga, que no es un oficio de perdedores, algo que nadie valora. Pero no, nunca se dio; mi mamá murió pensando en lo patética de mi situación, mes y pico antes de que la módica suma y sus alivios llegaran a mi cuenta.

Afortunadamente me pagaron. El mismo gerente llamó a decirme que la cuenta estaba lista, que cuando quisiera podía pasar a recoger el saldo.

Al día siguiente a primera hora estuve en su oficina y luego del papeleo recibí el cheque, posando frente a un iPhone que registró el cuadro como evidencia para evitar futuras confusiones.

Al salir iban entrando los representantes de la fundación organizadora, andaban gestionando capital para el  salón de este año. Nos saludamos y les conté que acababan de pagarme. No nos avisaron, pa venir a tomarnos la foto- dijo con cinismo uno de los tipos. Me despedí, fui al banco y consigné el premio, que duró un par de días más en canje.