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Columnista - 14 mayo, 2010

PREFERIR LA FE AL MIEDO

Por: Valerio Mejía Araújo “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” San Juan 14:27 Escuché de Hermann Rodríguez, sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, esta historia […]

Por: Valerio Mejía Araújo
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” San Juan 14:27

Escuché de Hermann Rodríguez, sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, esta historia que me vino a la mente al leer estas palabras de Jesús:
“Había una vez un niño que se llamaba Jesulín. Su padre era mago. Todas las mañanas, Jesulín se levantaba, se lavaba y se vestía a toda carrera, porque sus padres lo despedían en la puerta de la casa. El papá mago se acercaba a Jesulín y le decía al oído unas palabras mágicas que éste escuchaba lleno de emoción. Jesulín guardaba las palabras mágicas en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón, y de vez en cuando se detenía, sacaba sus palabras mágicas, las escuchaba de nuevo y seguía su camino lleno de alegría.
Jesulín tenía la costumbre de recoger a algunos amigos y amigas antes de llegar a la escuela; primero que todo iba a la casa de Miguelito, que era hijo de un policía de tránsito. El papá de Miguelito le decía a su hijo al despedirlo: «Ten cuidado al cruzar las calles… espera siempre a que el hombrecito del semáforo esté en verde. Cruza siempre las calles por el paso de cebra y no corras. Espera a que los carros se hayan detenido y ten cuidado con las bicicletas y las motos…» Y Miguelito salía siempre con una cara de ‘semáforo en rojo’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Luego iban caminando a casa de Conchita, que era hija de una dentista. Su madre la despedía todos los días con estas palabras: «Hija mía, no comas chucherías, ni golosinas, ni chicles… Lávate los dientes cada vez que comas algo; no mastiques muy rápido y ten cuidado con las cosas duras…», y le daba un cepillo de dientes, seda dental y un tubo de crema. Y la pobre Conchita salía con una cara de ‘dolor de muelas’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…
Después los tres iban corriendo a casa de Campeón, que era hijo del dueño de un banco. A Campeón siempre lo despedía su papá en la puerta diciéndole: «Tienes que ser el primero, el mejor en todos los deportes y en todas las clases; a mí no me vengas con segundos puestos; siempre hay que ganar; ser el mejor de todos en todo… Ánimo; hay que vencer a los demás en todo». Y su padre le colocaba una medalla que decía por un lado “Soy el mejor” y por el otro decía “Soy el primero”… Y Campeón, salía siempre con una cara de ‘partido perdido’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Por último, pasaban a recoger a Tesorito; una niña muy bonita y muy bien puesta, hija de una familia muy rica; tenían una casa enorme, con una gran escalera a la entrada y un jardín muy bonito; todas las mañanas los padres de Tesorito salían a la puerta y le decían a su hija: «Tienes todo lo que necesitas; llevas dinero, comida, libros, cuadernos, lapiceros, lápices, colores, plastilina… Llevas de todo y no te falta nada; te hemos dado todo para que no tengas problemas en tu vida… Por eso no hace falta que te digamos nada más». Y así la despedían sin decir más… Y la pobre Tesorito salía con una cara de ‘felicidad fingida’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…
Al llegar al colegio, sus amigos le preguntaron a Jesulín por las palabras mágicas; pero Jesulín no quiso revelarlas porque su padre se las decía sólo a él; y si las escuchaba otro, perderían su efecto mágico… De modo que los cuatro fueron una mañana, muy temprano, a la casa de Jesulín; esperaron escondidos, cerca de la puerta, a que llegara la hora en que salieran Jesulín y su papá mago; querían escuchar las palabras mágicas que le decían a Jesulín; pasó un rato y por fin salieron Jesulín y su papá mago… prestaron mucha atención y por fin escucharon las palabras mágicas: El papá mago le decía a Jesulín: «Hijo mío, te quiero mucho… ¡que tengas un día muy feliz!»”.
Amados amigos lectores: Cuando hemos sentido una experiencia de amor incondicional, no podemos tener miedo ante los problemas que nos presenta la vida. Sentirnos amados por Dios, como Jesulín se sintió amado por su papá mago, es lo que Jesús quiso comunicarnos desde la experiencia de su resurrección.
Tanto la fe como el miedo nos piden creer en algo que no podemos ver. El miedo dice: cree en lo negativo. Los negocios andan mal, vas a quebrar. Has soportado demasiado, nunca serás feliz. Mientras que la fe dice: cree en lo positivo. Dios está supliendo todas nuestras necesidades. Los mejores días están por llegar.
Hoy, te invito a que optemos por la fe y no por el miedo. De cara al futuro de nuestra nación y nuestra región,  te invito a concentrarnos en la fe y a permitir que Dios maneje nuestros miedos.
Se requiere invertir la misma energía para creer que para preocuparnos; cuando nos detenemos y solamente reflexionamos en nuestros miedos estamos usando la fe a la inversa.
Esperemos el favor de Dios cada día, esperemos que el futuro sea el mejor tiempo de nuestras vidas, esperemos que Dios nos haga prosperar en el desierto, esperemos que toda situación negativa cambie para bien; porque las grandes esperanzas forjan grandes vidas.
Mantengamos un corazón alegre y no permitamos que las circunstancias o las personas nos convenzan de llevar una vida derrotista. Llenemos cada día nuestra mente con pensamientos de triunfo y desechemos toda conversación e imagen negativa. Rodeémonos de personas de fe que nos hablen de triunfo, practiquemos las disciplinas espirituales de la Biblia, la Oración, el Compañerismo, la Evangelización y la Obediencia,  Tomemos el control de nuestros pensamientos y decidámonos cada día a optar por la fe y no por el miedo.
Dile conmigo: “Gracias Dios porque tu presencia me llena de fuerza y alimenta mi confianza. Ayúdame a conocerte mejor cada día. Amén”
Te mando un confiado abrazo en Cristo.

valeriomejia@etb.net.co

Columnista
14 mayo, 2010

PREFERIR LA FE AL MIEDO

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Valerio Mejía Araújo

Por: Valerio Mejía Araújo “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” San Juan 14:27 Escuché de Hermann Rodríguez, sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, esta historia […]


Por: Valerio Mejía Araújo
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” San Juan 14:27

Escuché de Hermann Rodríguez, sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, esta historia que me vino a la mente al leer estas palabras de Jesús:
“Había una vez un niño que se llamaba Jesulín. Su padre era mago. Todas las mañanas, Jesulín se levantaba, se lavaba y se vestía a toda carrera, porque sus padres lo despedían en la puerta de la casa. El papá mago se acercaba a Jesulín y le decía al oído unas palabras mágicas que éste escuchaba lleno de emoción. Jesulín guardaba las palabras mágicas en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón, y de vez en cuando se detenía, sacaba sus palabras mágicas, las escuchaba de nuevo y seguía su camino lleno de alegría.
Jesulín tenía la costumbre de recoger a algunos amigos y amigas antes de llegar a la escuela; primero que todo iba a la casa de Miguelito, que era hijo de un policía de tránsito. El papá de Miguelito le decía a su hijo al despedirlo: «Ten cuidado al cruzar las calles… espera siempre a que el hombrecito del semáforo esté en verde. Cruza siempre las calles por el paso de cebra y no corras. Espera a que los carros se hayan detenido y ten cuidado con las bicicletas y las motos…» Y Miguelito salía siempre con una cara de ‘semáforo en rojo’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Luego iban caminando a casa de Conchita, que era hija de una dentista. Su madre la despedía todos los días con estas palabras: «Hija mía, no comas chucherías, ni golosinas, ni chicles… Lávate los dientes cada vez que comas algo; no mastiques muy rápido y ten cuidado con las cosas duras…», y le daba un cepillo de dientes, seda dental y un tubo de crema. Y la pobre Conchita salía con una cara de ‘dolor de muelas’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…
Después los tres iban corriendo a casa de Campeón, que era hijo del dueño de un banco. A Campeón siempre lo despedía su papá en la puerta diciéndole: «Tienes que ser el primero, el mejor en todos los deportes y en todas las clases; a mí no me vengas con segundos puestos; siempre hay que ganar; ser el mejor de todos en todo… Ánimo; hay que vencer a los demás en todo». Y su padre le colocaba una medalla que decía por un lado “Soy el mejor” y por el otro decía “Soy el primero”… Y Campeón, salía siempre con una cara de ‘partido perdido’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Por último, pasaban a recoger a Tesorito; una niña muy bonita y muy bien puesta, hija de una familia muy rica; tenían una casa enorme, con una gran escalera a la entrada y un jardín muy bonito; todas las mañanas los padres de Tesorito salían a la puerta y le decían a su hija: «Tienes todo lo que necesitas; llevas dinero, comida, libros, cuadernos, lapiceros, lápices, colores, plastilina… Llevas de todo y no te falta nada; te hemos dado todo para que no tengas problemas en tu vida… Por eso no hace falta que te digamos nada más». Y así la despedían sin decir más… Y la pobre Tesorito salía con una cara de ‘felicidad fingida’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…
Al llegar al colegio, sus amigos le preguntaron a Jesulín por las palabras mágicas; pero Jesulín no quiso revelarlas porque su padre se las decía sólo a él; y si las escuchaba otro, perderían su efecto mágico… De modo que los cuatro fueron una mañana, muy temprano, a la casa de Jesulín; esperaron escondidos, cerca de la puerta, a que llegara la hora en que salieran Jesulín y su papá mago; querían escuchar las palabras mágicas que le decían a Jesulín; pasó un rato y por fin salieron Jesulín y su papá mago… prestaron mucha atención y por fin escucharon las palabras mágicas: El papá mago le decía a Jesulín: «Hijo mío, te quiero mucho… ¡que tengas un día muy feliz!»”.
Amados amigos lectores: Cuando hemos sentido una experiencia de amor incondicional, no podemos tener miedo ante los problemas que nos presenta la vida. Sentirnos amados por Dios, como Jesulín se sintió amado por su papá mago, es lo que Jesús quiso comunicarnos desde la experiencia de su resurrección.
Tanto la fe como el miedo nos piden creer en algo que no podemos ver. El miedo dice: cree en lo negativo. Los negocios andan mal, vas a quebrar. Has soportado demasiado, nunca serás feliz. Mientras que la fe dice: cree en lo positivo. Dios está supliendo todas nuestras necesidades. Los mejores días están por llegar.
Hoy, te invito a que optemos por la fe y no por el miedo. De cara al futuro de nuestra nación y nuestra región,  te invito a concentrarnos en la fe y a permitir que Dios maneje nuestros miedos.
Se requiere invertir la misma energía para creer que para preocuparnos; cuando nos detenemos y solamente reflexionamos en nuestros miedos estamos usando la fe a la inversa.
Esperemos el favor de Dios cada día, esperemos que el futuro sea el mejor tiempo de nuestras vidas, esperemos que Dios nos haga prosperar en el desierto, esperemos que toda situación negativa cambie para bien; porque las grandes esperanzas forjan grandes vidas.
Mantengamos un corazón alegre y no permitamos que las circunstancias o las personas nos convenzan de llevar una vida derrotista. Llenemos cada día nuestra mente con pensamientos de triunfo y desechemos toda conversación e imagen negativa. Rodeémonos de personas de fe que nos hablen de triunfo, practiquemos las disciplinas espirituales de la Biblia, la Oración, el Compañerismo, la Evangelización y la Obediencia,  Tomemos el control de nuestros pensamientos y decidámonos cada día a optar por la fe y no por el miedo.
Dile conmigo: “Gracias Dios porque tu presencia me llena de fuerza y alimenta mi confianza. Ayúdame a conocerte mejor cada día. Amén”
Te mando un confiado abrazo en Cristo.

valeriomejia@etb.net.co