Al iniciar, hay que aclarar algo que es muy cierto: existen líderes buenos, malos y regulares; hay algunos que de verdad han dedicado parte de su vida a trabajar por las comunidades, pero la mayoría han distorsionado la figura del liderazgo y simplemente son la parte operativa del comercio de votos en cada temporada electoral. Sí, existen líderes populares de barrio en la política colombiana, quienes juegan un papel fundamental como puente entre las necesidades de las comunidades vulnerables y la administración pública. Estos líderes, a menudo vinculados a movimientos sociales y de base, se enfocan en temas de vivienda, servicios públicos y derechos locales.
Para entender el tema, hay que entender la nomenclatura de esta figura popular en las campañas electorales de Colombia, Hay varias clases de líderes. Hay líderes permanentes, o sea, unos profesionales, que están en un grupo político y sostienen a otros líderes más pequeños todo el año con sus negocios con los jefes políticos y el uso de las llamadas fundaciones usadas para contratar.
Y están los líderes ocasionales, sin técnica, sin radiografía del candidato; son unos loros gritando para pedir votos y más nada. Esos desaparecen después de las elecciones. La mayoría se inician metidos en acciones comunales y comités en mi barrio. La clave, cuando uno empieza, es hacerse visible en el barrio, liderando cosas, y así los políticos lo van identificando. Porque los políticos tienen su gente que va a los barrios y los van probando a cada líder nuevo. Le comentan al político: “Fulanito” hizo una reunión y llevó 10 personas, y otro día regresan y dicen: ‘Vea, este hizo otra reunión y ahora llevó 50’, y así uno va ganando la confianza de los políticos y sus amigos en cada barrio.
Cada elección o en tiempos electorales, se ponen de moda, en todos los eventos políticos, sean de Congreso, alcaldías o gobernaciones, aparecen como por arte de magia, cada campaña y cada candidato se ufana de tener el mayor número de líderes; usted ve en boletines de prensa que tal o cual candidato se reunió con cien, doscientos o quinientos líderes.
Arrastran un desgaste acumulado de años de mentiras, engaños y falta de coherencia política, por ir de un grupo a otro. No son precisamente los encargados de la publicidad ni los asesores de las propuestas de los candidatos. Son los profesionales de tramar o engañar a la mayoría de las campañas; en algunos casos y en algunos departamentos, se encargan de la parte operativa de la compra y venta de votos, barrio a barrio, casa a casa, determinantes en la perpetuación de una clase política tradicional y tramposa que no concibe apostarle al voto de opinión. En año de elecciones regionales, son reyes. Así funcionan.
Usted los identifica fácil, porque hablan con desparpajo de elecciones, de cifras y de campañas, han recorrido todos los grupos políticos, dando saltos y haciendo malabares de un lado a otro. Los llaman “líderes” (es la forma más común de referirse a ellos), pero les tienen otros nombres según la zona. Por ejemplo, en el Magdalena los conocen también como “mayores” o “tenientes” y en Cartagena algunos les llaman “mochileros”. Ahora en tiempos de IA se hacen llamar líderes multiplicadores. Como sea, son los protagonistas de las elecciones, que no salen en la foto cuando la prensa anuncia los ganadores, a pesar de que tienen todo que ver en buena parte de esos triunfos.
Los llamados líderes tienen varios roles a través de la duración de cada campaña. Su labor tiene que ver con bastante más que entregar plata el día de las votaciones, pues en la gran empresa del clientelismo electoral los apoyos se empiezan a amarrar desde mucho antes. De hecho, en los meses de inscripción de cédulas son claves porque son los encargados de procurar el cambio de lugar de votación de sus clientes para controlar mejor que el voto que compran efectivamente vaya para el candidato-jefe. “En este momento ya se están ganando las elecciones”, como nos dijo una fuente que conoce esta movida de cerca.
Usted los ve visitando cada sede política, unos con la intención de trabajar ayudando a crecer un proyecto político, otros son comerciantes de la política de oficio, Son ‘puya ojos’ porque la primera regla de este ‘negocio’ es que siempre hay un 50 por ciento de pérdida, pues para comprar 10 votos hay que pagar 20.
Es que un buen líder tiene que mostrar que trabaja, tiene que mostrar beligerancia, que es bueno. El que vine detrás va desplazando al anterior, cada líder trata de avanzar en los anillos que tiene cada político; los más cercanos están en el primer anillo y así sucesivamente; se basa en el desplazamiento. El líder secundario de hoy, si hace bien la tarea, sube y desplaza al siguiente.
Los políticos van identificando y van reclutando a nuevos líderes, o sea, es como el mercado de pases de los futbolistas; los políticos tienen su propio mercado de pases de líderes. Los buenos deben trabajar todo el año; el político sostiene al primer anillo y ellos sostiene el segundo, y así funciona, gracias a las llamadas OPS (órdenes de prestación de servicios). El titular debe sacar el dinero para sostener mensualmente a otro círculo de líderes asignado.
Cada líder, a su vez, trabaja en sus cosas aparte; tienen sus negocios y emprendimientos, y trabajan haciendo bingos y rifas para sostener mientras llega la otra temporada electoral. Los líderes pueden ser vendedores ambulantes, profesores, al político no le interesa si el líder es “chirrete”, lo único que le importa es que consigna votos. Vea, porque eso es lo más importante en esto: conseguir votos.
Al final, si el político gana, celebra, y si no, de todas formas, siempre hay una elección que viene para empezar a trabajar. Porque político que se respete nunca cierra sus sedes o comandos después de las elecciones. Dejan uno principal abierto y ahí atienden a su gente una vez por semana, todo el año. El político que cierra su comando se muere.
Por: Miguel Maldonado Martínez









