En Colombia, la política ha perdido rigor y sensatez. Lo que antes era un ejercicio de gobierno hoy se asemeja, cada vez más, a un escenario donde pesa más el gesto que la gestión. Las elecciones no siempre dan como triunfador al más capaz o al más ilustrado, sino a quien, en su primer avistamiento, sonríe de manera bondadosa, abraza cálidamente o se sienta a compartir un plato de comida con sus electores. La capacidad real de gobernar quedó relegada y sustituida por simpatías momentáneas que poco o nada tienen que ver con el ejercicio del poder.
Germán Vargas Lleras encarna como pocos esta cultura política. Nieto del expresidente, y quizá el mayor estadista que haya tenido Colombia, Carlos Lleras Restrepo, de quien no solo heredó el sentido de disciplina estatal que lo caracterizaba, sino también su actitud dura y poco complaciente. A lo largo de los años, Vargas ha encabezado ministerios de vivienda, justicia, y la Vicepresidencia de la República, lo que construye una de las carreras públicas más técnicas y prolongadas de la historia reciente del país. Aun así, parte del electorado insiste en juzgarlo por su carácter y etiqueta de amargado, cuando, en definitiva, han de medirse resultados.
Un caso similar se ve reflejado en el penalista Abelardo de la Espriella. Desde el sector privado ha demostrado capacidad para ejecutar, consolidar empresas y generar empleo. Posicionó su firma de abogados, impulsó su ron Defensor y abrió camino en la industria textil. Tras manifestar aspiraciones políticas, decidió adentrarse en la carrera presidencial. Pese a una trayectoria empresarial sólida que hoy lo respalda, muchos prefieren opacarla, rotulándolo de elitista y, en algunos extremos, de aristocrático. Estos juicios superficiales son los que hacen dudar a más de uno al momento de marcar al “tigre” en el tarjetón.
Cerrando, resalta también el papel del dos veces alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Arquitecto, urbanista y, sin duda, uno de los gerentes públicos más eficientes que ha tenido el país. Durante su segunda administración, la capital registró inversiones superiores a los 90 billones de pesos en infraestructura, parques, ciclorrutas y planificación urbana. Sin embargo, la opinión pública insiste en una imagen de gestor áspero, distante y visiblemente antipático, cuando sus resultados están lejos de esa percepción simplista.
El futuro de Colombia exige una democracia madura, donde se prioricen los resultados, las obras concretas y la capacidad de ejecución. Seguir eligiendo la improvisación desde las urnas solo perpetúa gobiernos débiles y una sociedad cada vez más frustrada. En 2026, cada voto debería responder a un criterio sencillo pero fundamental: la capacidad real de gobernar; y esa, pertenece a quienes creen en el orden, la autoridad, y el respeto por las reglas como base del desarrollo.
Por: Felipe Andrés Pineda Vergel









