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Columnista
5 agosto, 2022

Permanecer en Cristo

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Valerio Mejía Araújo

Nuestras oraciones acompañan al nuevo gobierno con la esperanza de que los cambios sean para bien.


“Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguireis”. San Juan 15,7

Creo que, a partir de este próximo domingo, para bien o para mal, nuestras vidas no volverán a ser las mismas. Nuestras oraciones acompañan al nuevo gobierno con la esperanza de que los cambios sean para bien. 

Entre tanto, frente a la incertidumbre y la duda acerca del futuro, me pregunto: ¿Cómo permanezco en Cristo? Muchos, sentimos como si nuestra relación con Cristo fuera una montaña rusa de sentimientos de cercanía, y lejanía. Fuimos creados para una intimidad constante y cualquier relación menor que eso nos desequilibra interiormente.

La manera como cada uno llega a permanecer en Cristo será distinta de la de los demás. Permanecemos de modo diferente porque somos diferentes, somos únicos. El sendero para una relación de permanencia en Cristo está acompañado de presión. En ocasiones, ocurren circunstancias de adversidad o incomodidad que nos impele a buscar con determinación a Dios. En general, no nos entregaríamos a buscar una relación de permanencia, a menos que el Señor, en su bondad, permita calamidades o luchas en nuestras vidas que eleven el nivel de nuestro dolor al punto de la desesperación.

Una historia que puede ilustrar este concepto es la vida del patriarca José: con tan solo diecisiete años fue vendido por sus hermanos como esclavo, acusado falsamente en casa de Potifar y juzgado injustamente fue llevado a prisión. Estando allí, comprendió que, a menos que hubiera una intervención divina, se pudriría en esa cárcel egipcia. Ninguno de sus recursos personales le servirían. No importaba que tuviera dones, capacidades y talentos, todo aquello que había cultivado era inservible ahora. 

Fue entonces cuando comenzó a clamar a Dios y a permanecer en la intimidad, hasta encontrar esa dimensión que sobrepasa nuestros propios recursos y nos catapulta para encontrar el río de Dios. Existe una dimensión más allá de nuestras fuerzas y poder que nos permite salir de la prisión en que nos encontremos. No fue su carisma o inteligencia lo que sacó a José de la cárcel; fue su capacidad para abrevarse de la vida de Dios, fue su vida en el espíritu, su permanencia en Dios. Luego, entonces: ¡Ocurrió el milagro!  Faraón lo llamó a interpretar su sueño. ¡En un día pasó de la prisión al palacio!

Queridos amigos: Es una relación de permanencia en Cristo la que nos lanza a la zona de Dios. A la dimensión donde Dios obra soberana y poderosamente en nuestros particulares asuntos. 

No se desanime por las pruebas y contratiempos que repentinamente le pueden sobrevenir. Persista en Dios como nunca antes. Permita que la desesperación de su alma lo ayude a buscar a Dios con una entrega genuina. Si permanecemos en Cristo él nos guiará a ese río de revelación. Si lo buscamos con diligencia, él nos llevará a la fuente de la vida divina; y cuando la vida de Dios comience a fluir dentro de su mundo de imposibilidades y limitaciones… Comenzarán a manar los milagros que transforman y cambian las circunstancias. ¡La vida de Dios fluyendo no podrá ser detenida! Ante la oleada del poder de Dios desatado, como con José, todo lo concerniente a su prisión será cambiado. ¡Entonces, si podremos vivir sabroso! ¡Aprendamos a permanecer en Cristo! Fuerte abrazo.