25 septiembre, 2020

Peregrinos

“Peregrino soy en la tierra, no escondas de mí tus mandamientos”. Salmos 119,19 (LBLA) Se cuenta la historia de un gran hombre que fue en busca de un sabio ermitaño en la montaña para recibir un consejo determinante. Al llegar se sorprendió que el sabio no tenía muebles, y tan solo lo básico para subsistir, […]

“Peregrino soy en la tierra, no escondas de mí tus mandamientos”. Salmos 119,19 (LBLA)

Se cuenta la historia de un gran hombre que fue en busca de un sabio ermitaño en la montaña para recibir un consejo determinante. Al llegar se sorprendió que el sabio no tenía muebles, y tan solo lo básico para subsistir, a lo que, inquirió por qué vivía en condiciones tan simples. El sabio le contestó con otra pregunta: ¿y dónde están tus maletas, muebles y equipaje? El viajero respondió: Es que yo solamente vine de paso a preguntarte algo. El sabio ripostó: Yo también vivo ligero, porque es que yo también estoy solo de paso.  

Nunca podemos dejar de asombrarnos frente a los conceptos que nos presenta la Palabra. Algunos como este del epígrafe, aunque sencillos, encierran una gran verdad.

El salmista, al presentarse delante de Dios, reconoce su verdadera condición en la tierra: la de un peregrino. Este podría definirse como: forastero, emigrante, turista, andariego, viajero, excursionista. Es decir, se define como alguien que va de paso, o se encuentra temporalmente en un lugar. No es un residente permanente sino temporal. No está donde reside habitualmente, sino que por circunstancias diversas se encuentra fuera de su hogar; y por supuesto, no tiene la intención de permanecer allí más que por un corto tiempo.

Podemos trasladar esas mismas condiciones y descripciones a todos aquellos que han sido llamados a vivir una vida plena en Cristo Jesús: No tienen la intención de quedarse por largo tiempo en la tierra. Como tales, deben viajar livianos y rápido, para que no se les pegue nada ni tengan que cargar con elementos innecesarios. Esto contradice la manera de vivir de muchos, que piensan que no están de paso y que vivirán eternamente en la tierra, se han acomodado para quedarse a vivir por mucho tiempo, acumulando toda clase de bienes para pasarlo lo mejor posible.

Otra característica del peregrino es que, por estar en una tierra que no es la suya, desconoce las costumbres y cultura en la que se encuentra. Cuando somos forasteros, nos sentimos inseguros y necesitamos de alguien que nos acompañe y nos guíe en los comportamientos apropiados para cada ocasión. Si desconocemos el idioma, necesitaremos un traductor aún para las cosas más simples.

Esta necesidad sentida, lleva al salmista a exclamar: “No escondas de mí tus mandamientos”. Porque, si el guía no provee las indicaciones y mapas necesarios, estará totalmente perdido en esta tierra, en la cual es un simple extranjero. Esto también sería una buena ilustración de nuestra situación en Cristo: como cristianos debemos tener la convicción de que no es posible avanzar en este mundo si no recibimos instrucciones precisas de aquel que conoce El Camino. Tal convicción debe llevarnos a una profunda dependencia de Él. Al igual que Moisés en el desierto, debemos exclamar: “si tu presencia no va con nosotros, no nos saques de aquí”.

Finalmente, el salmista al pedirle a Dios que no esconda su Palabra está reconociendo que toda revelación de su voluntad es, en esencia, un acto de pura misericordia hacia nosotros. En esto se afirma esa dependencia santa y buena en la bondad de aquel que es nuestro guía en la tierra extraña y solitaria en la que nos ha correspondido habitar.

Corolario: si amáramos al mundo como Dios lo ama, no lo amaríamos de la manera en que lo amamos. ¡Déjate guiar por aquel que dijo ser el camino, la verdad y la vida!

Un abrazo y muchas bendiciones en Cristo.