En junio pasado, por primera vez en su historia, Valledupar fue sede de la Jornada Regional de Competitividad del Cesar. Universidades, gremios, Gobernación y Alcaldía se sentaron en una misma mesa a mirar de frente una cifra incómoda: en el Índice de Competitividad de Ciudades 2025, elaborado por el Consejo Privado de Competitividad y la Universidad del Rosario, Valledupar ocupó el puesto 21 entre 32 capitales, y el Cesar el 22 entre 33 departamentos. Muy lejos de Bogotá, Medellín o Tunja, que lideran el ranking nacional.
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La reacción natural ante esa cifra suele ser la misma de siempre: más vías, más incentivos tributarios, más infraestructura. No está mal, pero es una respuesta incompleta. Hace más de veinte años, el urbanista estadounidense Richard Florida propuso una idea que sigue siendo incómoda para quienes piensan el desarrollo solo en cemento: las ciudades que prosperan en la economía del conocimiento no son las más baratas, sino las que logran atraer y, sobre todo, retener talento. Su fórmula es simple de nombrar y difícil de construir: Talento, Tecnología y Tolerancia.
Valledupar tiene, hoy, un problema de fuga de talento más que de falta de infraestructura. Cada año nuestras universidades gradúan cientos de profesionales que, si no encuentran aquí un entorno laboral, cultural y social que los retenga, terminan construyendo su vida en Bogotá, Barranquilla o el exterior. Y esa fuga no aparece en ningún índice de pavimentación, pero es, probablemente, la variable que más está frenando nuestra competitividad.










