OPINIÓN

¿Llegó el fascismo a Colombia?

El escritor y músico vallenato Alex D. Castilla-Tobías reflexiona sobre el auge de liderazgos políticos contemporáneos, el concepto de fascismo tardío y los desafíos que enfrenta la democracia colombiana en medio de la actual coyuntura electoral

Alex D. Castilla-Tobías - Columnista de EL PILÓN

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Diez millones de colombianos votaron por un candidato que acosó a una periodista en vivo. El escándalo, en vez de restarle votos, se los sumó. Colombia no está sola en esto: algo parecido ya pasó en Brasil, en Argentina, en Estados Unidos. Conviene preguntarnos qué tienen en común estos casos, y si lo que estamos viendo tiene nombre.

A esta forma de hacer política se le llama fascismo. No confundir con el fascismo histórico —Mussolini, Hitler, Franco— que abolía elecciones, tenía partidos de masas y ejercía violencia abierta del Estado. Lo que vemos hoy es distinto en su forma, pero no en su lógica. El filósofo Alberto Toscano lo llama fascismo tardío: una variante que no suprime el voto, lo gana; no prohíbe la prensa, la deslegitima; no declara enemigos del Estado, los llama traidores a la patria. Opera dentro de las instituciones democráticas, erosionándolas desde adentro. La diferencia es el método.

Este no es un fenómeno aislado. Trump, Bolsonaro, Milei, Obrán, Bukele, Noboa: líderes distintos, países distintos, pero una retórica común. Todos se presentan como salvadores de un país al borde del abismo. Todos construyen un enemigo interior. Todos hacen del desprecio a las formas democráticas una prueba de fuerza. No es coincidencia ni contagio: es la respuesta que produce el capitalismo ante la crisis climática, las recesiones económicas y la desinformación. Colombia está a punto de unirse a esa lista.

¿Cabe, entonces, De la Espriella en esa lista? Sus propias palabras responden. Primero, la narrativa de salvación nacional: su programa no habla de gobernar sino de “salvar la Patria Milagro” de traidores internos, convirtiendo al adversario político en enemigo moral. Segundo, la militarización del lenguaje: “Bloques de búsqueda”, mano dura, “¡con los criminales no habrá negociación!”. Un lenguaje de guerra permanente que señala cuerpos específicos —el insurgente, el habitante de calle, el campesino— mientras los ilegalismos de arriba, la corrupción y el paramilitarismo, quedan intactos. Tercero, y lo más revelador: el machismo, la homofobia no le restaron votos, le sumaron. En el fascismo tardío, desconocer los derechos conquistados no es un error, es una demostración de que no se le teme al “establecimiento”. Es exactamente lo que sus votantes querían ver.

El fascismo histórico llegó con fuerza armada. Este llega con redes sociales, imágenes generadas con inteligencia artificial y una narrativa que convierte la humillación en virtud. Colombia aún tiene una oportunidad: la segunda vuelta es el 21 de junio. Votar no es suficiente para transformar un país, pero es el mínimo acto de resistencia disponible. El fascismo tardío se combate en las urnas antes de que haya que combatirlo de otras maneras.

Por: Alex D. Castilla-Tobías / Escritor y músico vallenato.

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