Diez millones de colombianos votaron por un candidato que acosó a una periodista en vivo. El escándalo, en vez de restarle votos, se los sumó. Colombia no está sola en esto: algo parecido ya pasó en Brasil, en Argentina, en Estados Unidos. Conviene preguntarnos qué tienen en común estos casos, y si lo que estamos viendo tiene nombre.
A esta forma de hacer política se le llama fascismo. No confundir con el fascismo histórico —Mussolini, Hitler, Franco— que abolía elecciones, tenía partidos de masas y ejercía violencia abierta del Estado. Lo que vemos hoy es distinto en su forma, pero no en su lógica. El filósofo Alberto Toscano lo llama fascismo tardío: una variante que no suprime el voto, lo gana; no prohíbe la prensa, la deslegitima; no declara enemigos del Estado, los llama traidores a la patria. Opera dentro de las instituciones democráticas, erosionándolas desde adentro. La diferencia es el método.
Este no es un fenómeno aislado. Trump, Bolsonaro, Milei, Obrán, Bukele, Noboa: líderes distintos, países distintos, pero una retórica común. Todos se presentan como salvadores de un país al borde del abismo. Todos construyen un enemigo interior. Todos hacen del desprecio a las formas democráticas una prueba de fuerza. No es coincidencia ni contagio: es la respuesta que produce el capitalismo ante la crisis climática, las recesiones económicas y la desinformación. Colombia está a punto de unirse a esa lista.











