Los libros tienen un gran competidor en la actualidad: los aparatos tecnológicos que no solo hacen que estos pasen a un segundo y tercer plano, sino que desintegran los diálogos entre la familia y los amigos. La costumbre de regalar un libro pasó de moda y la lucha titánica que hace algunas instituciones educativas para rescatar la afición y la pasión por la lectura, se convierte en una gota que cae en medio del desierto.
Latinoamérica tiene un promedio de lectura de cuatro libros por habitante, especialmente en los países del cono sur. Según la Encuesta de Consumo Cultural que realiza el Dane, el 48% de los colombianos mayores de 12 años leyó algún libro en el último año. Mientras que un 50 % leyó revistas y el 63 % leyó periódicos. Colombia no se destaca por su lecturabilidad, por eso es interesante ponerlo frente al grupo de países con altos niveles de escolaridad y urbanización temprana, que tienen promedios de libros leídos al año de cinco por habitante, entre los que se cuentan Argentina, Chile y Uruguay. Brasil, México y Colombia alcanzan niveles entre dos y tres libros por habitante al año.
En el Cesar han iniciado varias estrategias para aumentar la lecturabilidad entre sus habitantes. El programa que presentó la Gobernación del Cesar a comienzos de este año, llamado ‘Mi barrio es una biblioteca’, que llevaba los libros a los hogares para motivar el hábito por la lectura entre todos los miembros de la familia y generar una dinámica social entre vecinos, tuvo un buen comienzo, pero perdió fuerza. Hoy no se sabe cuál ha sido el final de las más de cinco mil obras que fueron donadas por firmas privadas, en cuáles municipios están leyéndolos. Si esta estrategia dio resultados en los ocho meses que lleva de implementada, debe fortalecerse y dar a conocer sus impactos. Si no ha sido exitosa, la administración departamental no debe darse por vencida, sino por el contrario insistir en ella.
