Son tantas cosas, y de gran significación, las que enmarcan ese periodo comprendido entre el 26 de mayo de 1927 hasta la fecha y que hoy constituyen el centenario del natalicio del reconocido maestro de la canción vallenata Rafael Calixto Escalona Martínez.
Sin duda es una fecha relevante para la cultura regional. El mundo del vallenato conmemora el nacimiento de un hombre ilustre que enseñó a valorar las narrativas del canto vallenato dentro y fuera de Colombia. Cien años después el nombre de Escalona sigue vigente y se ha convertido en sinónimo de identidad y tradición.
Es el momento propicio para reconocer que todos los amantes del vallenato nos vemos representados en Escalona, quien no fue únicamente un compositor. Solo basta sumergirse en su biografía, relatada con lujos de detalles por su hija, la periodista Taryn Escalona, para comprender la dimensión de su talante como cronista, poeta popular y narrador de una región que encontró en sus canciones el espejo de su cotidianidad.
De manera acertada Taryn resalta el hecho de que mientras otros escribían la historia en libros y documentos oficiales, él la convirtió en melodías capaces de atravesar generaciones. Es innegable que sus canciones retrataron alegrías y tragedias, amores y desamores, amistades eternas y anécdotas aparentemente simples que terminaron convertidas en patrimonio cultural de un país.
Cuando el vallenato era visto como música de provincia, Escalona tuvo la sensibilidad y la visión de elevarlo a la categoría de arte universal. “Le puso frac al vallenato”, como tantas veces se ha dicho, sin despojarlo nunca de su autenticidad campesina. Su genialidad consistió en transformar lo cotidiano en poesía y hacer de cada personaje un símbolo de la cultura popular que ha logrado trascender en el tiempo.
Podría decirse que al igual que el nobel Gabriel García Márquez, el maestro Escalona, a través de obras inmortales como ‘La Casa en el Aire’, ‘El Testamento’, ‘Jaime Molina’, ‘La Custodia de Badillo’ o ‘La Patillalera’, entre otras, construyó un mundo con identidad propia, en donde tuvieron cabida el humor, la nostalgia, la picardía y la sensibilidad humana.
Se caracterizó por producir canciones que cuentan historias y ayudan a preservar la memoria y la idiosincrasia de una región que dejó de ser provincia para convertirse en el “país vallenato”. Gracias a esas composiciones, el viejo Valledupar de calles polvorientas, parrandas interminables y amistades entrañables permanece vivo en la memoria de antiguas y nuevas generaciones.
Razón suficiente tuvo García Márquez para afirmar que “Cien años de soledad no era más que un vallenato de 350 páginas”. Tanto él como Escalona supieron comprender que el Caribe colombiano posee una manera única de narrar el mundo, donde se mezclan la realidad y la fantasía. No es exagerado decir que Escalona hizo con la música lo que García Márquez logró con la literatura al convertir las costumbres de un pueblo en patrimonio universal. Gracias a hombres como Escalona, el vallenato logró consolidarse hasta ser reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial.
A Escalona también hay que reconocerle que fue uno de los grandes gestores culturales de Colombia y pieza clave en la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, junto a Consuelo Araujonoguera y el expresidente Alfonso López, entre otros importantes personajes de la región.
Su obra musical se considera inmortal. Sus canciones siguen sonando en las plazas, en las parrandas, en las emisoras y en la memoria de millones de colombianos.
Nos unimos a ese homenaje que hoy le rinde Valledupar como un compromiso con la memoria cultural del Caribe y de Colombia. Es nuestra obligación defender el valor de la tradición, de la palabra sencilla y de la música hecha desde el alma y solo para el alma de los pueblos, sin pensar en casas disqueras y sellos comerciales.
