En una sociedad donde el que se esfuerza por hacer lo correcto es considerado pendejo y el que es indulgente consigo mismo se percibe como astuto, ¿cómo ayudar a una persona con discapacidad psicosocial?
Existen personas que, debido a su extrema sensibilidad, sienten y sufren demasiado, pero no saben cómo expresar sus sentimientos, ya que nunca lo han hecho. Otras, con una historia familiar de padres tan autoritarios e inflexibles, crecieron con la idea de que nunca se podía estar cansado o hacer valer un deseo personal, toda vez que siempre se debía ser obediente. También existen historias de adultos que dicen siempre la verdad, así los perjudique a ellos mismos, ignorando que no todo el mundo se siente cómodo frente a ella. Y los casos más lamentables reúnen todos los anteriores, y un poquito más. Como dicen de los carnavales: quien lo vive, es quien lo goza.
Resulta a veces fácil ayudar a una persona con dificultad para ver, caminar o desplazarse, pero ¿cómo ayudar a una persona con ansiedad, dificultad para poner límites o ser sociable? Aunque parezca increíble de creer, algunas personas crecieron en entornos familiares donde, en lugar de recibir amor, recibieron órdenes, y en lugar de expresarse emociones, reprimieron sentimientos y se ahogaron en medio de la lógica y la razón, anulando con ello una infancia y la oportunidad para abrirse a otras relaciones en el futuro. Cuando los padres no le brindan a los hijos la oportunidad de expresarse, de salir a jugar, de descanso o de recibir afecto, al llegar a la adultez, ¿cómo hace esa persona para relacionarse desde sus carencias, limitaciones y discapacidad? Un niño que ve a su familia como un enemigo al acecho, ¿cómo hace para relacionarse de forma sana al llegar a la edad adulta? Un niño que no fue escuchado, apoyado y aceptado por su propia familia, ¿cómo va a creer que será escuchado, apoyado y aceptado por extraños? Mientras unos sienten alegría por asistir a una fiesta o reunión social, otros sienten angustia y ansiedad.
Tratemos de imaginar a una persona con dificultad para relacionarse dentro de una empresa. Todos ven a la persona muy juiciosa, responsable y cumplida, pero no socializa con sus compañeros, no comparte durante las onces, no asiste a invitaciones extralaborales y se desenvuelve siendo seria, formal y distante. Por obvias razones, la persona será considerada “objetivo militar”, por sapa y regalada con los jefes, antisocial e insensible. Lo que nadie sabe es que dicha persona, ante las burlas y el rechazo, fruto de no comprender la discapacidad, revive nuevamente el trauma experimentado en la infancia. Existen muchas campañas de inclusión frente a la discapacidad, pero de nada sirve implementar nuevos términos y convenios si en el corazón no existe bondad.
Resulta complejo entender una vida que no ha sido sentida en carne propia o ayudar a alguien que no pide ayuda y tampoco sabe que la necesita. Lo importante es empezar a abrir los ojos ante las necesidades invisibles de las demás personas, escuchar sus historias de vida, ya que a través de ellas, de seguro, comprenderemos actitudes y conductas ajenas a nuestra propia historia. Así como la Bella logró que la Bestia se convirtiera en un príncipe, gracias a su capacidad para entender, aceptar y abrazar el dolor ajeno, todos podemos poner un granito de arena para ayudar a alguien a sanar una herida emocional.
María Angélica Vega Aroca
Psicóloga






