OPINIÓN

Ruge el neofascismo

El autor reflexiona sobre las características históricas y contemporáneas del fascismo, su presencia en distintos escenarios políticos y sociales, y advierte sobre lo que considera el avance de expresiones neofascistas en Colombia y el mundo, en medio de un contexto de alta polarización política

Luis Napoleón de Armas - Columnista de EL PILÓN

Luis Napoleón de Armas - Columnista de EL PILÓN

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El fascismo es una concepción metafísica de la realidad; sus características básicas consisten en no tolerar las diferencias, la fuerza es su dialéctica; desinforma, miente, amenaza y la institucionalidad no es su guía. El fascista utiliza símbolos que convierte en fetiches de sus procesos; es supremacista, desconoce las etnias, las negritudes y grupos diferenciales de la población; convierte en apátrida al que no comparta sus ideales y disfruta del dolor ajeno; se esconde en el patriotismo.

El concepto de patria, que es otro símbolo, es falangista, chovinista y excluyente, niega la historia y la esconde; para el fascista el concepto de Nación es muy amplio, el mundo es solo para los individuos. El fascismo engaña a las democracias, así como los felinos distraen a su víctima con su rabo.

Surgió en Italia bajo la rúbrica de Mussolini cuyo símbolo era la camisa negra, la etiqueta para matar comunistas, esa misma que utilizaban nuestros paramilitares cuando hacían sus masacres, pero que también lucen los cuerpos de seguridad del Estado en ciertas operaciones de sangre. Para los nazis el símbolo fue la esvástica, una especie de aspa trituradora, la que los inspiraba para quemar judíos y minorías en nombre de la superioridad racial.

El símbolo de Milei es la motosierra, concepto que, quizás, importó del uribismo que ahora cambió por la bandera de Colombia que antes era de todos. Los neofascistas de los EE. UU. ya ni siquiera toleran que hablemos español, nuestro idioma, les parece basura. El neofascista no aporta, destruye y genera guerras. Hoy ya no es de un solo país, es internacional y quiere apropiarse de todos los recursos del planeta.

¿Quiénes los acompañan? En Colombia se han valido de los entes territoriales y gremios que tienen capacidad de constreñimiento electoral, de los amorfos y personas sin criterio, de las iglesias cristianas cuyo símbolo es un Cristo secuestrado. Sus promotores locales vienen de ciertas universidades que hacen de centros de pensamiento. Desde Duque, la Universidad Sergio Arboleda tiene esta misión; sus egresados son los que orientan las políticas públicas desde el Congreso, las altas cortes, la Procuraduría, la Registraduría y demás “ías”.

El nombre de su epónimo, Sergio Arboleda, es su ideólogo; Sergio fue un gran esclavista, se opuso a que José Hilario López los liberara; hasta mezquino fue, no le otorgó su apellido a sus esclavos como muchos lo hicieron. No conozco el primer negro Arboleda.

Dentro de sus aliados está la mafia que entra a lavar sus fortunas; también son proclives muchas organizaciones musicales, en especial las “vallenatas”, algunas de las cuales comparten palco con mafiosos, se comenta en los corrillos del folclor y muchos más que aún mantienen en sus cerebros el sonido del latigazo del amo.

Aquí he visto a algunos amigos que yo consideraba demócratas y críticos, pero se quitaron el disfraz. Los aparentes resultados electorales de Abelardo de la Espriella, un candidato de laboratorio, precedido de un mundo de conjeturas non santas, que disfruta explotando gatos, enemigo de la naturaleza y con propuestas de terror para gobernar, no tiene buenas explicaciones. Su símbolo de campaña es un tótem, extraño a nuestra fauna como los hipopótamos de Pablo Escobar, el mismo tipo de excentricidades, pero tendrá que vencer en forma transparente a nuestro jaguar.

Qué alianzas tan funestas: dime con quien andas…. Yo conozco el origen de todas las familias vallenatas que han vivido del Estado, que han tenido presos en tres generaciones seguidas porque son delincuentes atávicos y se visten de tigre para que no les vean el uniforme de reclusos que también es de rayas. También sé de otros que no tienen esa estirpe, pero padecen el síndrome de la curiosa cabra que oye el rugido del tigre y se devuelve para ver quién rugió. Claro, la cabra no razona, mis amigos sí.

Por: Luis Napoleón de Armas P.

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